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jueves, 8 de marzo de 2012

Las hilanderas de Can Bonet

Sus hilos conservan la precisión y la maestría de una tela de araña. La perfección de sus telas, habla de un tiempo en el que el bordado cruzó la frontera entre la artesanía y el arte. La galería Lluc Fluxà exhibe ahora los vestigios de Can Bonet, un taller histórico que cuidó la calidad tanto como el diseño hasta hacer de la tienda su propio museo. Una propuesta poco frecuente en un espacio expositivo que combina una mirada hacia el patrimonio mallorquín con un nuevo punto de vista sobre qué puede ser arte.

Apenas un primer vistazo basta para convencer al espectador incrédulo. Acostumbrado a performances y vídeoarte, una exposición de grabados supone casi un viaje en el tiempo. Ya lo adelantaba Maria Lluc Fluxà tras el anuncio de su regreso al mundo de las galerías. Volvía sin intención comercial, entre asustada y decepcionada con "el desmadre del comercio artístico". La belleza y la blancura impoluta de los grabados de Can Bonet atrapan la mirada mientras el cerebro se divide entre la sorpresa y la duda de ver convertido en pieza artística lo que antes se creía doméstico. Lluc Fluxà expone 35 joyas históricas de la época dorada del taller. Una selección que va de finales del siglo XIX a mediados del XX y que permite hablar también de la incorporación de la mujer al trabajo y de los inicios del turismo en Mallorca.

Antes de ser Can Bonet a secas, Manuel Bonet Codina debutó en el mundo textil de la mano del empresario mallorquín Joan Pons. Juntos pusieron en marcha la antigua Casa Pons i Bonet fundada en 1862. Pero Bonet, catalán de nacimiento y el más pequeño de 17 hermanos, optó por emanciparse y establecerse en solitario casi cuatro décadas después.


^ FEMINISMO Y ARTE

Eran los años del impulso textil. Del trasiego de fábricas como un motor de la industria española. Una de las primeras puertas, también, a la incorporación de la mujer al trabajo. Primero, el bordado se convirtió en un elemento clave para la emancipación de mujeres solteras o de clase media que en aquella época estaban excluidas de muchas actividades industriales y comerciales. Después, su introducción paulatina en las fábricas corroboró su entrada en el mercado laboral.

Mantelerías, pañuelos, sábanas desfilaban por los talleres de Can Bonet. Pero Manuel, -"que siempre fue un visionario", como recuerda aún hoy su nieto, Alfredo Bonet- ya pensaba en algo más que el negocio. La utilidad del producto y las ventas comenzaron a compartir espacio con una nueva vertiente: la artística. Él mismo se encargó de proclamarlo y defenderlo en las páginas de la revista Mercurio: "Eduquemos, pues, a la mujer mallorquina para convertirla en verdadera artista, ya que tiene condiciones especiales para ello y esforcémonos sin descanso hasta lograr que sus trabajos obtengan artísticamente igual consideración que la pintura y la escultura".

"Manuel consideraba el bordado como un arte, y pronto empezó a guardar algunas piezas que no se vendían o que destacaban por su belleza. Su intención era crear un pequeño museo que pronto puso en marcha en la propia tienda", recuerda su nieto. Hubo, incluso, cuando mandó tejer expresamente para la exposición. "Y entonces, obligaba a coser en la propia tienda para vigilar el trabajo de cerca".

Los nombres de Ana Canaves, Coloma Capellà, Esperanza Cladera, Maria Solivellas o Catalina Sastre se pierden hoy en el entramado de hilos de sus bordados. "Esta exposición es también una manera de rendir homenaje a todas aquellas manos anónimas", afirma Maria Lluc. Sólo una de las piezas, una reproducción en nipis de 'Los comuneros' de A. Gisbert cuenta con la firma de Catalina Prats. La misma que fue premiada con la Medalla de Bronce en la Exposición Universal de Barcelona de 1888. Una técnica litográfica tan exacta que cuesta imaginársela trazada con aguja.

Pero sería en la Exposición Universal de París de 1900 en la que cosecharían mayores triunfos, con el Gran Premio y la Medalla de Oro por cuatro alegorías bordadas alusivas al comercio, las artes, la agricultura y la industria. Bordados a mano sobre seda o lino que se exponen como las joyas de la muestra Fil a fil. El tren, el barco y la balanza de pago dibujados con un detallismo asombrante para hablar del comercio. Las representaciones de la pintura, la poesía o la música para hablar de las Artes.


 ^ DE LAS CAMISAS A TEMPLE FIELDING

La ropa interior y la camisería siempre fueron la otra faceta de Can Bonet. Una vertiente que también les valió reconocimientos fuera de la Isla como la Medalla de Oro que obtuvo en la Exposición Internacional de Higiene, Artes y Oficios y Manufacturas de Madrid en 1907. Desde tres años antes, el taller se había convertido, además, en el proveedor de la Real Casa. A partir de entonces confeccionó para la Familia Real numerosas mantelerías, pañuelos y juegos de cama. 

Durante los años de la Guerra Civil fue su experiencia en la llamada roba blanca la que les ayudó a subsistir gracias a los encargos que recibían del Ejército para confeccionar ropa militar y de tropa en general.

Los años 50 supusieron un gran cambio para Can Bonet. La que hasta entonces había sido una tienda histórica y de tradición ubicada en la palmesana calle de Sant Nicolau, comenzó a tejer para un mercado de escala mundial. Eran los años en que Temple H. Fielding recorría Mallorca elaborando sus famosas guías turísticas. Afincado en la Isla -donde había comprado una casa en Formentor- promocionó el turismo en el archipiélago hasta conseguir que 130.000 norteamericanos visitaran anualmente Mallorca durante la década de los 60.

"En una ocasión le ofreció a mi abuelo contar la historia del taller en una de aquellas Guías Fielding. La primera pregunta fue '¿cuánto me va a costar?'", recuerda entre risas Alfredo Bonet. Y no sólo no le costó nada resumir la trayectoria del taller sino que multiplicó los clientes que llegaban a él. "Los días que había barco era terrible, la tienda se quedaba casi vacía. Los americanos encargaban camisas a medida por docenas y luego se les enviaban a su país", continúa. Fue el inicio de una exportación que continuó a Alemania, Francia, Inglaterra, Puerto Rico o Argentina.

De aquella fama proceden, también, las dedicatorias que artistas de renombre escribieron para Can Bonet en sus viajes y que Lluc Fluxà incluye en la muestra. Desde Pau Casals a Joan Alcover pasando por Joan Fontaine o Luis Millet. Depsués de coleccionarlas como una suerte de libro de visitas, comenzaron, también, a bordarse para la posteridad.

Los nuevos planes urbanísticos de Palma acabaron con el histórico establecimiento a finales de los 70. La familia Bonet pleiteó, en balde, con el Ayuntamiento. "Se intentó continuar con el negocio, pero un taller como aquél no tendría sentido ahora. Podían pasarse un año para bordar un pañuelo, y ahora eso es algo impensable", reconoce Alfredo. Dicen que sus famosas cristaleras lucen hoy en un restaurante neoyorquino, símbolo de aquel sueño dorado tejido a mano que un día logró cruzar a otro continente.

Fotos de los grabados: Miguel Czernikowski




lunes, 3 de octubre de 2011

Agnès Llobet y la 'Prova' superada

Tiene el cuerpo menudo, la cara redondeada y los ojos profundos y oscuros. Como de ángel atormentado. Y dudo, desde el atrevimiento que da la ignorancia, que Agnès Llobet hubiera tenido antes la oportunidad de enfrentarse a un personaje de este calibre. Un texto de David Auburn -con Premio Pulitzer y Tony- no es garantía suficiente a la hora de que Prova se estrene en los escenarios mallorquines. Una débil estructura y todo el peso de ese gran texto caería sobre los hombros de su reparto como un castillo de naipes. En manos de Agnès Llobet, Catherine se convierte en el pilar de una obra que crece a cada minuto. Que desgarra en el drama para aterrizar después en la leve comedia. Que finge ser tan actual y natural como el vecino de cualquiera para luego instaurarse con toda la gravedad de un personaje histórico. Con tantos matices y riquezas como este montaje que va de las cuestiones más pequeñas a las eternas dudas de siempre.

Caía el telón y Agnès Llobet seguía llorando. Hacía rato que los focos habían revelado que la actriz mallorquina se había esfumado del escenario. Que ya sólo había personaje. Un personaje capaz, incluso, de enfrentarse a un flashback teatral. ¿Y cómo hacerlo con la única herramienta del propio cuerpo? Cuando la obra comienza en el borde mismo del abismo y lo que sigue no parece más que una caída. Recomponerse, desde el fondo del drama, para salir a la superficie y contar cómo comenzó la historia.

A apenas un kilómetro del centro de souvenirs y restaurantes de quinta categoría, el Auditori de Peguera acoge el estreno del nuevo montaje de TIC Teatre. No son compañía. Sólo una productora que confía en actores y directores cada nuevo proyecto que presenta. Es Emilià Carilla quien afronta la dirección del texto de Auburn. El argumento parece, tal vez, sencillo. Catherine y Claire tienen que enterrar a su padre, un eminente matemático, después de una agonía mental. Hall, discípulo ejemplar del padre, busca cualquier material que pueda iluminar su reputación académica. Pero eso es solo el resorte del resto.

Prova es una enorme madeja de la que no dejan de salir hilos. La delgada línea entre el talento, la capacidad intelectual y la locura. Esa mente maravillosa que, de repente, se desconecta y desvaría. Esa caída en picado otorga a Miquel Gelabert los mejores momentos de una interpretación que, en la primera escena y embutido en un traje, se antoja encorsetada. La escena de su escritura obsesiva a la intermperie y tapado únicamente por una sábana es simplemente brillante. Ese momento en que un gran hombre no es nada más que un enfermo indefenso. La verdad y la mentira serán terreno resbaladizo en su poder. Habrá un momento en el que nos haga creer que tras su relevancia se esconde un tirano que sólo aparece cuando cruza la puerta de su casa.

El otro vértice masculino será Hall, el discípulo que estudia ese legado loco del maestro a la búsqueda de algo brillante. ¿Por el agradecimiento debido o por la gloria propia? Pedro Mas encarna a este personaje que se mueve entre la constante desconfianza del público. Su nerviosismo y su dulzura le hacen ganar el favor de un espectador que después recula y le ve capaz de cualquier cosa con tal de lograr el triunfo profesional. El éxito. Un lugar en la posteridad de las matemáticas aunque sea a costa de dejar la ética enterrada en un cajón. A costa del engaño y de la seducción.

Agnès Llobet y Caterina Alorda componen el otro gran grueso de Prova. Las hermanas Catherine y Claire analizadas desde la muerte de su padre hacia el pasado. Hacia ese momento de prioridades y sacrificios en el que alguien optó por situar los intereses propios en primer lugar. Una decisión que, con la muerte del padre, toma el color de un reproche enquistado. Excelente la interpretación de Caterina que puede llevarnos del prejuicio a la realidad como un mazazo en la nuca. Envuelta en esa aura de superficialidad parece haber nacido con el personaje escrito desde la cuna.

Por último, toda la grandeza de Llobet. La que comienza como una criatura rota, con el horror a la posibilidad de una locura heredada, se transforma en una Hipatia en la sombra. En la hermana de Shakespeare que narró Virginia Woolf.  El hallazgo de una prueba matemática en el despacho del célebre matemático será el desencadenante de un nuevo juego de mentiras, de intereses de sentimientos en duda. Catherine es el eje central pero olvidado. Relegado a un papel secundario casi de observador paciente. Todo parece volar por encima de su cabeza. Y la angustia crece, se agarra, se desborda. Y Llobet, entre aplausos, silbidos y ramos de flores, sigue llorando.

Fotos: Fan Teatre

Vea el vídeo de IB3

sábado, 13 de agosto de 2011

La derecha no es de cultura


El día que Russian Red confesó que era de derechas -algo que según Quico Alsedo (ese hombre que resulta encantador hasta que te toca el grupo que te gusta) no hacía falta que dijera porque, Alsedo dixit, "mientras la gente sale a la calle hasta los huevos de todo, ella se sube al sofá y se pone a tomar té"- la derecha perdió su gran oportunidad. Debería haberse levantado al grito de "¡Lourdes, nosotros también somos de ti!". De la música -indie o pijoindie-, de la cultura. Pero no. El PP arrasaba en las urnas y en las Islas entraba por la puerta grande en el Govern, el Consell mallorquín y el Ayuntamiento de Palma. Sus majorettes, rodeadas de votos voladores, encabezaban un desfile en el que, incluso, tenían más candidatos elegidos que preparados. Un contingente en el que, ¡ostias!, no había nadie que supiera de cultura.

No pasa nada. No importa. Hagamos de nuestra capa un sayo y tiremos del pensamiento catetil de que la cultura es para los ricos. Y que no está nuestro horno para esos bollos. Olvidemos que también es negocio, creación de empleo, formación, inquietud intelectual, y recordemos a aquellos titiriteros del cine español chupasubvenciones, con Pilar Bardem a la cabeza. Pero un puesto ganado era demasiado goloso como para renunciar a él, así que el reparto de las carteras culturales empezó como cuando en una obra de teatro escolar se rifa el papel de árbol. Todos tenían los dedos cruzados. Para que no les tocara.

El primer nombre desvelado fue el de Fernando Gilet, concejal de Cultura y Deportes y al que Cort no se atrevió a añadir un "y ocios varios". Ex empleado de Barclays y ex director general de Megaesport. En lo político, se confiesa seguidor de Winston Churchill y Aznar. En lo musical, de Chico Buarque y Vinicius de Moraes. Un Felipe de Borbón a la mallorquina que se siente como un elefante en una charrarería y cuyos comentarios con los expertos del sector cultural -del estilo de distinguir dos libros por el diseño de su portada- dejaban claro una de las máximas de los nuevos nombramientos: la ignorancia puede, si quiere, ser atrevida. El otro, el mismo que el PP ha demostrado con el carril bici y el catalán: a falta de un proyecto, demos un golpe en la mesa para que se note que estamos aquí. Si dijimos, hasta la extenuación, "sacaremos la cultura a la calle", creemos un Thursday Night que fracase estrepitosamente semana tras semana. Pero lo dijimos y lo hemos hecho.

Rafael Bosch -demasiados tocayos para encontrarle en Facebook pero que fue profesor del propio Bauzà- fue el siguiente. Conseller de Educación y Universidades -será que no es lo mismo- a quien alguien en el último momento añadió "y Cultura". En su pandilla dirían que lo suyo es potra. Que con Bartomeu Llinàs como predecesor no vale. Que así cualquiera. Y que ni siquiera importa si su conselleria pierde los informes de las Converses de Formentor o si un día dice que se va del Ramon Llull y al día siguiente replica "¿quién ha dicho eso?". Con el panorama que tiene por delante y el dilema de pagar o no pagar las nóminas veraniegas de los profesores, ¿quién puede pensar en cultura? Por el momento, la conselleria de Turismo -otrora, alcaldía de Calvià- está cumpliendo el papel de ser el frente de todas las críticas con su nuevo, dudoso y lento sistema de subvenciones.

Después llegó el Consell. Y a alguien se le fue la mano y contentó al sector cultural con el clásico una de cal y otra de arena. El PP se encontró, de repente, con una señora doctorada en Historia y que escribía libros. ¡Y de griegos! ¡Y le gustaba el patrimonio! Un éxtasis que convirtió a la gran Gari Duran en directora insular de Cultura y Patrimonio. Habrá que esperar a ver sus decisiones y proyectos para valorarla, pero su sentido común en su concepción del futuro de la Serra de Tramuntana ya dice mucho a su favor. Por encima de ella, el vicepresidente de Cultura -aún le doy vueltas a qué mola más si una vicepresidencia o una conselleria-, Joan Rotger. Un personaje que desconcierta. Si bien se ha mostrado solícito y ha respondido a todas las preguntas sobre el escandaloso embargo del Teatre Principal, nadie entiende que aún no haya hecho oficial la denuncia de las deficiencias en la reforma. Lo mismo que tampoco se comprende que nadie de su partido conociera la situación antes. Cosme Bonet se pilló un cabreo tal que amenazó hasta con denunciarle por calumnias. A lo Sálvame.

Y aquí llegamos al plato fuerte. Quienes se rieron de los fans de Guillem Roman, están ahora temblando con el relevo 'generacional': Margalida Moner. Una señora -que no una mujer, que podría ser exactamente mi madre- a la que le hacía "ilusión" el cargo por aquello de dar un impulso a sus años de teatro amateur, de creación de corales y del ciclo de cine a la fresca en el Andratx del que fue alcaldesa. Si los primeros contactos y conversaciones con ella hacían sospechar, las entrevistas publicadas hoy ya llaman a la preocupación. "Margalida Moner aún no había visto la platea del Teatre Principal del que se hizo cargo a primeros de agosto. 'Tengo mucho papeleo', dice", escribe Héctor Rubio en Diario de Mallorca.

Lo peor de esta Ebehard Grosske de las artes escénicas, no es el agujero negro de deuda con el que va a tener que enfrentarse, sino las máximas que, desde su nombramiento, se ha empeñado en repetir. Dos principales: "abrir" el teatro y llevar a su escenario "todo aquello digno de ser visto por el público". Después de convenios con espacios de Cataluña, grandes producciones propias o montajes del TNC -con una casi total imposición del catalán, eso sí-, Moner considera que su compañía amateur Agara es tan digna como otra cualquiera. "¿No pueden tener una oportunidad? ¿Por qué no se puede dar el gusto a esta gente, que también tiene su público?", le reprocha en una entrevista de la grandísima Maria Llull. Con una Isla en la que casi cada pueblo tiene su feria de teatro aficionado, y Palma tiene un par de teatros públicos -sino todos- bostezando de aburrimiento, a la andritxola se le ha metido entre ceja y ceja y no hay quien la saque.

"No te preocupes. En cuanto programe un par de montajes amateur y le salga mal, recapacitará. Tendrá que darse cuenta",-y esto no es un off the record violado- intentan consolarme. Pero no me convence. De nuevo, lo peor de la ignorancia es su atrevimiento. De cualquier otra ex consellera de Agricultura cabría esperar que no hiciera declaraciones de este tipo sin pensar antes. Que se dejara aconsejar por un equipo directivo y artístico al que aún ni conoce. Con tanto cargo elegido por su calidad como "gestor", la cultura se nos va a convertir en un banco. Si Russian Red leyera esto, igual prefería unirse al 15-M.



jueves, 9 de junio de 2011

La no-obra de Jérôme Leuba

Imagine que durante media hora intentara venderle las virtudes de una nueva bebida. Que le hablara de su frescura, de su sabor sorprendente, de su textura burbujeante y que, cuando ya se hubiera decidido a probarla, le diera una botella vacía. No es un error. Mi objetivo es simplemente romper sus expectativas como consumidor. Un propósito que, en versión artística, persigue el suizo Jérôme Leuba. Su Battlefields llega ahora al Casal Solleric.

Tenía un amigo en la universidad que juraba huir de cualquier libro cuya recensión incluyera la expresión "analiza cómo la  sociedad...", casi una muletilla en todo producto de la era postmoderna que vivimos. Y Leuba tampoco escapa de él. Hace años que bautiza sus proyectos bajo el lema Battlefields. "Vivimos en una sociedad en la que hay una permanente batalla por lo visual, una tensión por la mirada. Si no eres visible, no existes", corrobora. Una ¿realidad? que traduce en su trayectoria con el espacio artístico como escenario de la pugna entre la obra, el espectador y el propio espacio. Características que venían que ni pintadas a la Zona Zero del Casal Solleric comisariada por Pau Waelder y Gómez de la Cuesta.

Una cortina azul cierra la sala. Bajo ella, se intuyen luces y movimientos. Una sutil invitación para el espectador que acabará perdido en la búsqueda de lo inexistente. La tela no es más que un opaco traje nuevo del emperador que rodea el cubículo. El espectador encontrará un estrecho pasillo que acaba y empieza en el mismo punto. Si osa atravesar el telón, sólo la nada iluminada. Pero detrás de su no-obra sí hay un concepto: "Es la crítica estética y no política a las estructuras de poder. A una mirada cada vez más guiada y encuadrada", explica. Y su táctica es marcar un sendero y convertirnos en un caballo con anteojeras.

"Leuba juega a negarnos el papel del espectador. Un observador ante el que coloca una cortina para que reflexione sobre qué espera encontrar del otro lado", narra Waelder. Su única sorpresa es la ruptura de expectativas. La no-obra. La nada.

"Los impresionistas tienen la culpa", me dicen. Leuba es el colmo de una de las críticas triunfantes y best seller paradójico de Duchamp. En una complicidad como la de un escritor oculto tras pseudónimo, los críticos piden a los periodistas que no desvelen el truco por completo. Temen plantas rodadoras en la inauguración.

Hay que echar la vista atrás y tirar de dossier para conocer la trayectoria anterior del suizo y analizar si esto es timo o arte. Junto a la ruptura de expectativas, los miedos de la sociedad actual y el extraño consumo de la cultura se convierten en sus otros dos temas. Focus y Lovers son dos de sus experimentos con performers. En su crítica contra la sociedad actual, Leuba le da una vuelta de tuerca a una realidad surrealista. Como en la inauguración del Solleric, un repentino grupo de personas mira a la nada de una pared en blanco. Un tumulto al que se añaden espontáneos buscando algo que jamás encuentran. Si juega a Lovers pondrá a prueba los límites del espectador ante las caricias y besos apasionados -y fingidos- de una pareja.

Durante la Noche de los Museos de Berna de 2010, creó una cola ficticia frente a la entrada del Banco de Crédito Suizo. El principio y el final era la calle. En medio, de nuevo, la nada. "Era una performance que hablaba del consumo de la cultura. De cómo nos dejamos manipular y guiar, y en esto me incluyo", señala. Como en el traje nuevo del emperador hubo quien, incluso, vio algo. Y quien repitió la cola pensando que se había perdido algo en el camino.

En 2005, If you see something, say something, ponía de relieve ese miedo inculcado desde el poder a un terrorismo perpetuo encarnado en una maleta abandonada. Y eso mismo hizo Leuba dentro de una sala de exposiciones. Colocó puntos de láser -como si de la mirilla de un arma se tratara- sobre retratos aparentemente inocentes. Diseñó la réplica de un fusil que colocó junto a un hombre sin que nunca llegaran a tocarse. La prensa publicó entonces que el hombre había llegado a encañonarles.

Una vez más Leuba vuelve a marcar y a hacer dudar de esa frontera que separa el arte del todo vale. ¿Quién es más absurdo: la sociedad que crítica o la nada de sus obras?

Dossier de la exposición de Leuba en el Solleric

sábado, 28 de mayo de 2011

Llucia Ramis: mamá, ¿por qué papá mató al pregonero?

Abro el correo de Cultura y me asalta un email de Emilio Bejarano. El que en otro tiempo fuera mi profesor de Historia en el instituto -el mismo que recordaba con nostalgia sus clases a Chenoa- ha resultado ser un aclamado y prolífico investigador que ha convertido a Jovellanos en la principal diana de sus estudios. Catedrático con Premios a la Investigación y entrada en Wikipedia. Pero ha sido pensar en él y recordar aquel chiste que, junto a su imitación de los bailes de charlestón para hablar de los felices años 20, no se cansó de repetir durante todo el curso. Hacía más grave su voz de acento gallego y gritaba aquello de "Mamáaaa, por quéeee papáaaa mató al pregoneroooo".

Unos kilómetros más allá de mi ordenador, Llucia Ramis se convierte en pregonera oficial de la XXIX Fira del Llibre. La primera edición que se retransmite a través de internet -por lo que veo sólo en directo, guardar los archivos es tontería en esta era postmoderna- y que ha tenido que ver tres décadas para, por fin, hacer una estadística de los libros más vendidos. Así que la escritora del Egosurfing y de las teorías facebooksianas se pone frente al atril de la edición más tecnológica.

Es la segunda vez que la literata se mete en el papel de pregonera en lo que va de año. Homenaje de profeta-en-su-tierra para la ganadora del Josep Pla de 2010. El primero llegó con la Festa de Estendard. Lo que se esperaba como una intervención reivindicativa -la fiesta es lo que tiene, que no es el pregón de Sant Sebastià- se convirtió en un paseo literario por su Palma al más puro estilo José Carlos Llop. Por eso parece que ayer Llucia Ramis quiso enmendar la cosa.

No, no eligió el mejor momento. Las elecciones se han pasado y con ellas una campaña electoral plagada de eslóganes que llaman al miedo o al fervor. Estábamos acostumbrados a los políticos capaces de empañar cualquier acto cultural con sus proclamas. A la tergiversación de discursos que querían defender la literatura y que acabaron por reivindicar su programa. Pero pensábamos que los escritores hablaban de otras cosas.

"Vist el resultat de les darreres eleccions, potser aquest serà el darrer pregó de la Fira del Llibre que podrà fer-se a Mallorca en llengua catalana sense que això sigue considerat un mèrit", inicia la autora su pregón. ¿Perdón? ¿He leído bien? En apenas un segundo mi mente repasa las tres citas literarias palmesanas: Sant Jordi, la Setmana del Llibre en Català y la Fira del Llibre. Y el castellano hace tiempo que no suena en ninguna de ellas. Como tampoco en ninguno de los galardones literarios -ni Ciutats de Palma ni Premis Mallorca- que pagan las instituciones, ergo todos nosotros. Sueño con un día en el que leer el pregón en castellano, en una comunidad bilingüe, no sea considerado pecado.

Menos de una semana después del paso por las urnas, los ánimos siguen caldeados. Cuentan que en el concierto de Las Migas en el Teatre Principal se intercambiaron proclamas de "Un sol país, una sola llengua" contra unos "Feixista, feixista" de receptores varios. Como cerraba mi jefe su columna esta semana: "Qué cansinos. Todos".

Texto del pregón
http://www.caib.es/pidip/annexes//2011/5/26/1588580.pdf

miércoles, 25 de mayo de 2011

El foro de Osborne

Antes de que el toro de Osborne se convirtiera en el foro público de la Isla, el morlaco negro de la carretera de Manacor era poco más que un tema recurrente en las páginas de Tolo Payeras. Cada cierto tiempo, las asociaciones de aficionados de "la Fiesta", los Polillas, guardiaciviles  y algún que otro político del PP se reunían para borrar del azabache animal pintadas como "asesinos" o "no más muerte". Paradójicamente, y pese a lo lucido de las fotos ante un toro de nuevo enlutado, la virulencia del movimiento antitaurino desvió la atención hacia las manifestaciones frente a las plazas.

Hace unos meses, el toro se transformó en ágora pública a través del graffiti. El primer atentado pictórico -cuya autoría sigue sin haber sido reivindicada- lo pintó de izquierda a derecha con la bandera gay. La imagen copaba los medios a nivel nacional. Polillas, taurinos y guarda civiles cerraban diarios y apagaban televisores enfurecidos.

Para ellos hacía tiempo que el morlaco hacía dejado de ser el último superviviente mallorquínn de Osborne -el de Santa Maria fue derribado hace años- para enarbolarlo como icono de su afición. Cuando volvieron a reunirse para pintarlo, hicieron gala de un surtido de despropósitos dignos del mayor catetismo. De un extremismo caduco y maloliente contra el que ellos mismos -vía Vargas Llosa o Pere Gimferrer- juegan a desmentir. "Nos lo pintaron de marica y le quitaron los huevos. ¿Desde cuándo un toro bravo no tiene huevos?", exclamaba el presidente de la Federación Taurina de Mallorca, Antonio Gutiérrez.

Tras un breve intento de convertirlo en hippie y las denuncias del dueño de la finca donde pasta el morlaco -temiendo también la declaración BIC de la escultura-, su cuerpo se convirtió el pasado domingo en pizarra de la paradoja. Sus rayas eran esta vez las blanquinegras de un traje de presidiario sobre el que se había escrito J. Matas. Más o menos al mismo tiempo Baleares se echaba a las urnas para otorgar mayoría absoluta y completa al PP. Un barrido que va de Cort al Govern pasando por los consells insulares salvo el de Formentera. Un día después, su cuerpo luce blanco plagado de gaviotas y con el lema Antich, pa casa. El tsunami popular del 22-M al que se había resistido el astado, acabo por doblegarle.

A la espera de que el movimiento 15-M y los indignados también hagan suyo el toro por un día, se suceden las reflexiones ante la debacle electoral. Bauzá, Isern y Salom siguen, inmortalizados en la memoria, sonriendo mientras posan en un balcón. En Baleares la victoria del PP se achaca al castigo a los partidos bisagra y los escándalos de UM -Aina Calvo ha sido la única en reconocer que algo habrán hecho mal los que hasta ahora gobernaban-. Algo habrá, quizá, de la limpieza de imputados que Bauzá hizo en las listas. En Andalucía llega la conversión, lo nunca visto. Mientras, en la comunidad valenciana se repite lo incomprensible. Dicen en Facebook que si los valencianos fueran judíos, votarían a los nazis.
Instalados en el stand by postelectoral, asistimos a la agonía de lo hasta ahora establecido mientras surgen las dudas y los topicazos sobre una derecha capaz, en broma, de privatizar el Castillo de Bellver. En el periodismo se suceden las ruedas de prensa plagadas de mensajes que anhelan la continuidad de sus programas. ¿Cómo será ahora la programación del Teatre Principal? ¿Volverá el castellano a los premios literarios de las instituciones? ¿Quién inaugurará La Lonja? ¿Quién será el cabeza de cartel de la próxima Revetla? ¿Hacia dónde irá ahora el Archivo del Reino?

miércoles, 27 de abril de 2011

Las mariconadas de Antònia Font

La dimisión de Joan Arrom como director del Teatre Principal -por motivos políticos, presupuestarios, lingüísticos y/o laborales- situó en primera fila a un hombre que, hasta entonces, estaba más acostumbrado a las bambalinas. Aquel Guillem Roman que saltó a la palestra teatral de la noche a la mañana había estado siempre detrás de las cámaras. Un gerente, en otro tiempo del mismo hipódromo de Son Pardo, más habituado a echar cuentas que a las ruedas de prensa. Y, en medio de una vorágine en la que los únicos números que salían eran los rojos, llegó casi como un mesías.


Bastaron un par de encuentros con la prensa para comprobar que Roman no es hombre de pleitesías ni protocolos. Que en la propia presentación de la que sería su nueva temporada, recuperó cierta cordura lingüística en el Principal como una de las pocas tablas de salvación de la cordura económica. Al servicio público hacía tiempo que la pretendida calidad no le salía a cuenta. "¿Y por qué programar en castellano en el Principal, feudo del PSM, símbolo del catalanismo y el nacionalismo de Mallorca?", bromeó entonces -casi en palabras textuales- como una autoparodia a lo que, hasta entonces, había sido la tónica habitual.


El que definiera a Juan Luis Galiardo como "tsunami humano", se convirtió la semana pasada en el protagonista de una polémica que demuestra en qué clase de país vivimos. Junto a él, Pau Riba: cantautor rockero con años de trayectoria, hippie confeso y trasnochado visible al que algunos recuerdan anunciando Bankinter y que defiende el 'paz y amor' con camisas de Desigual y timando a los teatros mallorquines, como bien cuenta M. Elena Vallés.

"Esto es rock 'n' roll y no esas mariconadas de Antònia Font y Manel...", fue la frase con la que Roman firmó su sentencia de vapuleo. Mientras unos periódicos se muestran cansados de su tendencia al chiste fácil y a su vocabulario más propio de salir de copas que de teatro público, la bola no hacía más que crecer. Él abre mucho los ojos, encoge los hombros y alucina. "Yo no entiendo nada, es todo una comedia. Luego veo a los medios de comunicación que no hacen más que hacerse eco de las tonterías de los políticos. Pero bueno, que ejerzan su cuarto poder, que den caña", dice.

Para cuando los medios se cansaron de magnificar lo ocurrido, Ben Amics -asociación de Gays, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales- pidió a través de un comunicado que se retractara de las "manifestaciones homófobas lanzadas". Sí, amigos. Por 'homófoba' la asociación entiende el uso de la palabra "mariconada" para definir una corriente musical. Y no sólo se quedó ahí. Ben Amics aseguraba que se trata de "manifestaciones totalmente inconstitucionales, y más en un Estado que reconoce los derechos de las personas LGTB". 

A alguien se le ha ido, sin duda, la cabeza. Más incluso que al propio Guillem Roman. Sus ojos son platos de vajilla impoluta de Ikea. "Lo políticamente correcto está de moda", decían el otro día los actores de La Impaciència. Debería existir una expresión opuesta al 'no hay más sordo que el que no quiere oír' que hablara sobre los que se dan constantemente por aludidos sin motivo. Sólo faltó que si el director hubiera utilizado un "tontitos" en lugar de "mariconadas" las protestas llegaran de las asociaciones de afectados por síndrome de Down.

El pecado de Guillem Roman fue, además, otro. Ya lo apuntaba Ben Amics: "un menosprecio hacia el trabajo de un grupo musical más que consolidado". El hombre de cuentas se había ido a meter con uno de los mayores iconos de la mallorquinidad, de esa extraña Isla que intenta labrarse un nombre a través del de otros a los que, como Daniel Monzón o Agustí Villaronga, utiliza como pañuelo de usar y tirar. Que nos cueste una fortuna digna de revisión por Hacienda las promociones que Rafa Nadal hace de "sus Islas" es algo que, por mucha ópera infantil que dirija su abuelo, no me entra en la cabeza.

Hace tiempo que Antònia Font dejó de ser un grupo para convertirse en un símbolo, un tótem de adoración que llena teatros en su regreso -tras cinco años de silencio- pese a no haber presentado una canción nueva. Capaces de colocar sus Lamparetes en el tercer puesto de la lista de ventas, un disco con apenas dos semanas de vida en la calle. Si Cataluña tiene a Manel, nosotros tenemos al quinteto de Joan Miquel Oliver que ya tenía un par de álbumes en la calle cuando los otros aún pensaban cómo bautizarse. ¿Los convierte eso en una vaca sagrada a la que uno no puede criticar? ¿No se puede tildar de "mariconada" o cualquier otro calificativo, esta ola de pop descafeinado, que a veces no acaba de arrancar del todo y que defiende la yuxtaposición como virtud de sus letras? Nunca he sido amiga de los fanatismos.

"¡Es un cargo público! ¡Está en un teatro público!", le recriminan. El problema es que Guillem Roman haga suya la libertad que, en principio, tenemos todos. "Me han estirado de las orejas y me las han puesto así", bromea él mientras indica las enormes proporciones con las manos. ¿Qué maldad podía haber en sus palabras si, menos de una semana después, Antònia Font tenía el 'sold out' colgado durante dos días en su teatro?

Para acabar de rizar el rizo, cuentan que cuando fue a disculparse al quinteto por si acaso, le recibieron con caras largas y un "ja xerrarem". "Es que es como si un conseller dijera 'los escritores de Mallorca escriben mariconadas'", me insisten. No, no habló de un colectivo, sino de un grupo. Pero en este debate absurdo yo me planto. No le encuentro más pies al gato.

viernes, 25 de marzo de 2011

Donde dije bici digo 'vici'

Indalecio Ribelles tira de background. Los 100 euros de multa que Aina Calvo anuncia para quienes circulen en bici por las aceras -500 si, además, es conducción temeraria- no son nuevos. Lo avisó en febrero: su ¿impulso? a la bicicleta concluiría al final de la legislatura con la aprobación de una ordenanza para regular su uso. Reglamento que ahora lleva al Pleno deprisa y corriendo sin informes de la Policía Local y sin modificar las enmiendas que pactaron con el PP. A la alcaldesa le ha entrado la urgencia. No la de los 4 días que faltan para la inauguración del sistema Bicipalma, sino la de las elecciones del 22 de mayo.

El pasado mes de enero llovían las advertencias: se prohíbe ir en bicicleta por parques y jardines, también por aceras. Si no hay carril bici, se usará la calzada. La velocidad máxima -aún espero que alguien me diga cómo mide un ciclista su velocidad- será de 20km/h en calzada y 15 a nivel de acera. Eso sí, hacerlo en sentido contrario se considerará falta grave y se sancionará con 200 euros. Las bicicletas tendrán que llevar timbre, luces y elementos reflectores. El casco no será obligatorio pero el uso de auriculares estará prohibido. Y así una larga lista ante la que cualquiera diría que el uso de la bicicleta está extendido en Palma. Que se ha convertido en un caos circulatorio al que hay que poner freno cuanto antes. Y, sinceramente, creo que Aina Calvo no ha estado en Amsterdam en su puñetera vida.
"Lo que quieren es un carril bici dominguero", decía ayer Chema López Espejo. Y creo que tiene toda la razón. Mientras busco la manera de llegar a la Plaza Mayor siguiendo a rajatabla el reglamento me pregunto si es necesaria tanta norma cuando la alcaldesa aún intenta justificar -tirando de estadísticas de usuarios- los 3 millones de euros que ha invertido en la que se ha llamado la Legislatura de la Bicicleta. Y que mil ciclistas diarios demuestran lo acertado del polémico carril bici de Avenidas ante el que protestaron los taxistas -¡¡¡los taxistas!!!- y que el PP planea eliminar de un plumazo según salga de las urnas.

Para los incrédulos, las medidas prohibitivas de Aina Calvo -que suman y siguen como un brainstorming para adornar un árbol de Navidad- son sólo dos cosas: una intención recaudatoria -si es que llegan a desarrollar la ordenanza sin apoyos y si la policía (a la que no han pedido opinión oficial) se pone dura- y el último intento por captar el voto desesperado de todos aquellos a los que levantó ampollas por el dichoso caminito de color teja. No, no hay regulación para los patines. Tampoco para los que aparcan encima del carril bici. Ni para las motos que aparcan en la acera. Ni para los que conducen con la música a toda tralla y las ventanillas subidas. Y lo que la alcaldesa de Palma parece practicar es un "donde dije bici digo vici". Lo que antes os vendí como la salvación medioambiental y de movilidad para Ciutat hoy es el caprichoso de unos pocos a los que hay que poner barreras. Y cuantas más, mejor.

"Nos hemos pasado cincuenta años fomentando la cultura y la política del coche. Supongo que tardaremos otros cincuenta en conseguir lo mismo con la bicicleta, pero hay que hacerlo", me decía un día el sabio Pep Vicens. Y es cierto. Probablemente Palma viva ahora la polémica y el debate que surgieron en Amsterdam en los años 60, cuando la proliferación de automóviles menguó la de ciclistas hasta que el Estado decidió darle la vuelta a la tortilla con un plan de inversión del que Calvo no ha olido ni los entrantes. El problema es que parece que Cort no tiene muy claro si aquello del Mou-te per ciutat que promocionaban iba en serio y realmente quieren que la bici sea algo más que el paseíto dominicial para tomarse una caña en El Molinar. Quiere ser, como mucho, una Barcelona de aburguesamiento hippie en la que ir en bicicleta sea moderno y ecologista.

Dice Luis Calbarro que Palma nunca podrá ser -ciclísticamente- Amsterdam. Nos lo impiden nuestras cuestas y un clima que garantiza llegar al trabajo oliendo a choto. Tiene parte de razón. Y, mientras nos sigan prohibiendo cruzar los parques, nada se parecerá a Vondelpark. Pero el esfuerzo y los cercos de la camiseta deberían ser algo a elección del ciudadano.

No nos parecemos a Amsterdam por muchas razones. Porque los 3 millones de euros invertidos por Calvo están muy lejos de los 70 millones destinados por la capital holandesa al Plan Director de 2007-2010. Y porque la BiciPalma que nosotros estrenaremos en 4 días -y con el que que Hila, regidor de Movilidad, espera alcanzar el millón de usuarios-, allí llegó en 1986. Porque nuestros 50 polémicos kilómetros de carril parecen un chiste al lado de sus 500. El parking para 12.000 bicis construido en Centraal Station le causaría un infarto a la señora Calvo. Porque en la escuela se examinan de bicicleta, porque son el único país del mundo con más bicis que habitantes, porque aparcar el coche en el centro cuesta 5 euros la hora... Hay caos, por supuesto. Pero con el 38% de los desplazamientos de los amsterdameses realizados en bicicleta reina, desde luego, la convivencia.

Sí, habrá que regular ese nuevo universo de las dos ruedas. Pero tal vez habría que esperar que le haya dado tiempo a asentarse mínimamente antes de que las trabas nos devuelvan a ese punto en el que hacía falta justificar el camino de color teja.