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sábado, 10 de marzo de 2012

'La cara oculta', regreso voyeur a Manderlay

En el cine hay pocas cosas comparables a la primera vez que ves Rebeca. Si Elena Vallés decía que Io sono l'amore era como una gran ópera, la cinta de Hitchcock es como si una ópera se encerrara en una mansión. Tantos elementos y tantos matices que, cuando el The end se dibuja en la pantalla, debería guardarse el luto por lo menos un mes.

Confieso que he dado al play de La cara oculta con la certeza, que no sensación, de que no me iba a gustar. Cuando uno tiene poco tiempo para ver cine, el síndrome Boyero de  "para esto no pierdo el tiempo" se acrecenta. Error. El film de Andi Baiz es un guantazo en la cara por enteradilla. Si pensaba que era de esas cintas en las que el tráiler -además de destrozarte la historia- es mejor que la película, disfruta del gustazo de haberte equivocado.

Hace sólo unos meses que el film se estrenaba en España. Quim Gutiérrez y Clara Lago como protagonistas de lo que, en principio, era una oscura y tortuosa historia de amor. Pero La cara oculta si no es ópera, por lo menos es opereta. Un camino entre el thriller, el terror e incluso ciertos toques de comedia para descongestionar una tensión que va in crescendo y que atrapa al espectador más revenido. Más de hora y media después, me reconcilio con la cosecha del cine español de 2011.

Más de tres años de trabajo están detrás de esta coproducción hispano-colombiana con la Fox como productora. Hatem Khraiche Ruiz-Zorrilla es el autor del guión original que cayó en manos de Baiz después del estreno de su opera prima, Satanás. A una historia plagada de casualidades y del destino como explica el colombiano, le aplicó un giro de 180 grados para transformarla en un relato de personajes movidos por la pasión, la obsesión y la inseguridad. Al resultado lo bautiza como "una fábula siniestra".

La historia es la siguiente. Una chica, Belén (Clara Lago) decide poner a prueba a su novio, Adrián (Quim Gutiérrez) después de que sospeche que le es infiel. Su idea es fingir que le deja y desaparece; y encerrarse durante un tiempo en una habitación oculta en la casa en la que viven. La mansión, propiedad de un ex dirigente nazi, tenía un búnker en el que preveía refugiarse si alguien quería darle caza. "A veces me pregunto cómo reaccionaría Adrián si... no sé, me muriera", cuenta Belén inocente. Pero un error la dejara encerrada en su propia trampa.

Si fuera por la primera media hora -ésa en la que cualquier película debe de presentar todos sus elementos para intentar atrapar al espectador-, pocos aguantarían. Si de algo, lo único, peca la cinta es de hacer una introducción demasiado larga. Una sensación que aumenta después de un tráiler que prometía tensión. Adrián pasa más que rápido la depresión de la huida de su novia y se quita las penas en compañía de un nuevo ligue Fabiana, encarnada por Martina García. Y es que incluso la estructura del film mantiene la jerarquía de la historia. Las dos mujeres se convierten en los personajes principales. De manera que el arranque coincide con el primer encuentro de Fabiana y Adrián y seguirá su relación hasta que Belén haga aparición a través de la investigación de la policía por su desaparición. Será entonces cuando Clara Lago tome el relevo para contar su pasado.

En mitad de todo eso, Adrián es sólo una excusa argumental para contarlo todo. Un papel cómodo para Quim Gutiérrez que no acaba muy bien de encontrarse en el personaje. Tanto que a veces se le va totalmente y parece que estemos en Primos. De la frialdad pasa a un tono de comedia casi ridículo.

Pero La cara oculta es más que una habitación del pánico. Es la cara oculta que todos tenemos. Es la famosa sentencia de "cuidado con lo que deseas porque puedes conseguirlo". La de una Belén llevando al extremo sus celos o la de un Adrián que puede ser tan frío que resulte sospechoso. Con ella atrapada en su trampa será cuando resucite el espíritu de Rebeca. Se convertirá en un fantasma condenado a ver lo que antes era su propia vida, a través de un espejo. A la satisfacción inicial del objetivo conseguido (las lágrimas de su novio por su desaparición) le seguirá una desesperación absoluta por no poder salir de su escondite. Sobre todo cuando una nueva mujer llegue para usurpar su puesto. Entonces el fantasma cobrará más fuerza que nunca. Un Manderlay voyeur exquisito. La escena del sexo es, sencillamente, brutal.  

Si hace sólo unos días debatía sobre los papeles femeninos en el cine español y la insoportable Marta Etura, Clara Lago me demuestra que hay actrices que además de lucir saben interpretar. La gran pantalla ha visto crecer a esta jovencita que sabe escoger sus papeles cada vez mejor. Andi Baiz cuenta que para La cara oculta apenas planteó ensayos para Clara. Quería que su interpretación fuera visceral, espontánea. Y vaya si lo es. Desgarradora, angustiosa, brillante. Incluso los guiños del tipo "no sonrías puta, que no estoy muerta". Cuanto más lo pienso, más me gusta.

Sin caer en el spoiler, el desarrollo de la cinta es mejor cuantos más minutos pasan. Había mil formas de encarar un guión como éste. Y de cagarla. Pero Baiz sale más que airoso. Una vuelta de tuerca a cada momento. Una historia de fantasmas que se comunican a través del agua. Otro giro para que Adrián se convierta en el monstruo. Y otra vez los celos, la inseguridad, el miedo. El terror. Y la venganza. El último aplauso va para un final que deja satisfecho al espectador. Con cualquier otro el colombiano habría corrido el riesgo de romper la magia y caer en el ridículo. Boyero, no se lo digas a Laura pero a veces vale la pena robarle horas (con cine) al sueño.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Malick: ¿poesía del árbol caído?

Ha nacido un genio. Pero no se llama Terrence Malick, sino Luis Martínez. Un par de búsquedas a la actualidad cinematográfica bastan para descubrir a este compañero de medio que llega al Festival de San Sebastián después de pasar por Cannes y otros tantos. Un cronista de esos que sigue creyendo en hacer literatura desde el periodismo, pero no que no duda a la hora de afilar el lápiz cuando la crítica lo requiere. Su estoque literario apuntaba el lunes a Los pasos dobles, el documental bifronte de Isaki Lacuesta con/de/desde/sobre (como escribía él mismo) Miquel Barceló. El gesto torcido de los espectadores sólo empezaba a recomponerse cuando en la rueda de prensa sus autores explicaban lo exhibido. Mal asunto cuando el cine necesita manual de instrucciones. Así que cuando a mitad de película de El árbol de la vida uno no piensa más que en teclear el título en Google de vuelta a casa, algo falla.

Los triunfos de Celda 211 o REC lo confirman. A la sala hay que llegar virgen. Con un ligero boca-boca que aliente el visionado, poco más. Porque después las declaraciones leídas martillean la sién como el clásico "te lo dije" maternal. Las palabras de José Luis Alcaine sobrevolaban mi butaca ahora sí y luego también cuando el cine comenzó a desalojarse como en un concierto del Metal Machine Trio de Lou Reed. "Se entra en la historia por sus aspectos visuales, y la última de Terrence Malick se soporta por ellos", señalaba el director de fotografía -el mismo al que Cannes premió por La piel que habito- en una entrevista de Matías Vallés. ¿Qué quería decir Alcaine? ¿Que volvíamos a estar ante la película-exposición? No, esta vez se riza el rizo. Estamos ante la película-poesía.

La duda es más que razonable. "¿Obra maestra o gran fraude?", se preguntaba Luis Martínez en el inicio de su crítica desde Cannes. Si uno entra al cine virgen en la filmografía de Malick, sale pensando que sabe aún menos de su obra. El espectador se transforma en un ser acomplejado porque se siente incapaz de atar el millón de cabos sueltos que se le presentan. Más cuando lee que la película puede hacerse pesada por las excesivas referencias bibliográficas o que las siglas de su protagonista, Jack O'Brien, no son más que... ¡EL SANTO JOB! 

"En El árbol de la vida [Malick] ya ha renunciado a su muy liviano interés por la narrativa en posesión de un orden, por una sucesión de cosas con principio, desarrollo y final", escribe Carlos Boyero. Y que -no como motivo, sino como añadido- como el mayor enemigo del análisis es la poesía, el cineasta convierte su cinta en un poema de sensaciones. Evoca, sugiere, apunta... Todo desde una sutileza tal que uno no sabe si lo que entiende es lo correcto, lo erróneo o simplemente una posibilidad más. Cuanto menos, la película parece pretendidamente ambigua. Y, de nuevo, la pregunta. ¿Obra maestra o fraude? El árbol de la vida es, otra vez, un hermoso papel de regalo. Una capa estética de planos y fotografía intachables pero tan etéreos... Y el envoltorio tarda demasiado en abrirse.

Desvelémoslo ya. Hay un momento en el que el "esto sobra" de costumbre se hace realmente intenso. Digamos que es como si Malick se hubiera sentado sobre el mando a distancia y la pantalla hubiera conectado con La 2, Discovery Channel o National Geographic. La recreación del mundo. El Big Bang. El origen de la vida. Los dinosaurios. El meteorito -ése que medía lo mismo que del Observatorio de Costitx a Inca- que acabó con ellos. Explosiones solares. Sinfonías. Coros operísticos. No. No ha sido un fallo del exhibidor. Parece que el cineasta haya condensado en veinte minutos -que se hacen cuarenta- las escenas de los mejores documentales de televisión. Hay quien se acordó de Carl Sagan. Parece que el espectador debería de haber pensado en 2001: una Odisea del espacio de Kubrick. Sin embargo a esa sensación general de estupidez sólo se suma el saber que estamos ante una enorme, densa y larga, muy larga, metáfora. ¿De qué? Es un misterio. Tal vez su presentación como "un himno a la vida, que busca las respuestas a las más intrincadas y personales preguntas a través de un caleidoscopio desde lo más íntimo al cosmos", fuera algo literal. El paralelismo es, de nuevo, tan sutil que no termina de cuajar. "Malick está convencido de que el exceso de claridad resta profundidad", insiste Martínez. Y el film se convierte en un abismo por el que resbalan las decenas de espectadores que empiezan a abandonar la sala.

La paciencia, como en la vida, tiene su recompensa. No en vano una cita de Job abre la cinta. "De repente, la película se detiene, baja el ritmo lírico y se ilumina. Por fin, aparece el director obsesivo y profundo en la descripción de personajes", lo describe Luis Martínez. La historia de crecimiento-degradación-crecimiento de una familia americana en los años 50. El reverso de los aclamados Mad Men o el pulso que no logró Revolutionary Road. La esfera luminosa que rodea a los cinco miembros de la familia comenzará a oscurecerse paulatinamente. Nada es perfecto. Y los cimientos son débilos hilos que apenas se sostienen. Una apariencia de placidez que esconde el horror y la tensión y que Malick, aquí sí, desarrolla con un talento abrumador. Descubrimos a un Brad Pitt convertido en un padre autoritario con una personalidad distinta dentro y fuera de casa, y que en realidad es un fracasado frustrado ante todos los que lograron el éxito. Su mujer y sus hijos serán quienes paguen las consecuencias.

El personaje femenino, encarnado por Jessica Chastain, pierde aquí fuerza para delegarla en los hijos. Ella es la luz en sí misma. Es la magia, la perfección. En realidad, poco más que una bisagra entre dos mundos. Una sirviente dócil incapaz de reaccionar. Incapaz, si quiera, del grito. Será el hijo mayor quien maneje la historia. Cómo se forma la personalidad, cuánto influye ese trato recibido en el hogar. Ese maltrato. La progresiva pérdida de la inocencia y la conciencia de ello. "¿Cuándo fue que dejé de ser como ellos?", se pregunta en referencia a sus hermanos. Un relato duro capaz de despertar todos los fantasmas que uno arrastre hasta la sala. ¿Es inevitable convertirse en el reflejo de lo vivido? Uno se acuerda, o por lo menos yo lo hice, de Al este del edén.

Pero de nuevo, un fallo. Esta vez Malick sí nos da una excusa para iniciar todo ese viaje al pasado. Una muerte sirve de resorte para hablar del inicio de la vida. También del cósmico. Un suicidio que nunca llega a aclararse y que obsesiona en un dato mencionado: los 19 años. Al parecer, el cineasta también tuvo un hermano que se suicidó con esa misma edad, y confiesa que esta es, pues, su película más autobiográfica. En una crítica descubro, para mi sorpresa, que ni siquiera se suicida el personaje que yo pensaba. E

La búsqueda de respuestas a esa muerte se convierte en uno de los ejes de la historia. Una respuesta que se busca en la religión. Por momentos El árbol de la vida parece estar a punto de convertirse en una especie de Camino que no terminamos de ubicar a favor o encontrar del fervor religioso. "La voz en 'off' le otorga al cuadro un cierto olorcillo Juan Salvador Gaviota", apuntaba E. Rodríguez Marchante para ABC. La cosa se entiende si tomamos una de las primeras frases de la película. A la madre la enseñaron que la vida puede basarse en lo espiritual o en la naturaleza. Y su familia, con la primera como pilar, apenas se sostiene con el mazazo de una muerte. ¿Cómo se explica entonces la voluntad de Dios? El desconcierto es lo único que hace comprensible esa continua conversación con Dios -cercana al sectarismo- que sería capaz de convertir al más ateo. Cuanto menos para que pidiera explicaciones al Santísimo.

Situémonos en la época. Para los protagonistas la caída -entendiendo por caída la decepción, el fracaso- de la familia y la Iglesia o la religión como pilares, es la destrucción de los propios cimientos. Tal vez habría que entender El árbol de la vida como un enorme Big Bang. Un meteorito que lo mismo que destruye crea vida después. De ahí los paralelismos entre lo terrenal y lo cósmico. Para Antonio Sánchez-Marrón, el film de Malick y el ya citado de Kubrick "constituyen un binomio fílmico que se debería vender junto a La Biblia y El origen de las especies", afirma. A Martínez no le cuela. "No basta con ahuecar la voz y poner de fondo una sinfonía de Mahler para construir una teoría del mundo. La filosofía, pese a lo que enseñan en Bachillerato, no tiene nada que ver con los ojos en blanco", subraya.

Cada vez que suena el coro, los espectadores se echan a temblar. Otra media hora de National Geographic sería insoportable. Así que el final del film -donde ya conocemos a un hijo ya adulto al que da vida Sean Penn- es otra desbarrada. Un desierto, una puerta en mitad de la arena. Una playa, un montón de gente. La familia al completo. Si uno pensaba en el Más Allá y en ese cielo en el que se reúnen todos, la cosa parece descartada. Fíjese. No todos los personajes que aparecen están muertos. ¿De qué va entonces la cosa? ¿Sean Penn se reconcilia, también metafóricamente, con su pasado? Dejemos que hable, de nuevo, el genio Martínez. "¿Cómo se quedan? Y de repente, un largo puente hacia... ¿la eternidad? ¿el cielo? ¿el más allá? ¿un seguro de vida Mapfre? ¡Qué fraude es éste! ¿Es esto todo lo que tiene que interpretar el espectador?
Definitivamente, Malick, de pura ambición autoindulgente, se estrella, pero hacia arriba. Como darse de bruces contra el cielo".

domingo, 11 de septiembre de 2011

Goodbye Almodóvar, o 'La piel que evito'

  1. Etapa experimental: Folle, folle, fólleme... Tim, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón y Laberinto de pasiones
  2. Etapa con influencia de Fellini: Entre tinieblas y ¿Qué he hecho yo para merecer esto?.
  3. Etapa con influencia de los maestros: Matador, La ley del deseo, Mujeres al borde de un ataque de nervios, ¡Átame! y Tacones lejanos.
  4. Etapa autobiográfica: Todo sobre mi madre y Volver.
  5. Etapa noir: La mala educación, Los abrazos rotos y La piel que habito
Visto así, analizado como si de un pintor del expresionismo español se tratase, Almodóvar parece un cineasta coherente. El autor de una trayectoria que ha sido capaz de evolucionar adaptándose a los nuevos tiempos. Pero los apuntes se quedan cortos. No hablan del peñazo nostálgico que en realidad era Volver, ni del intento de resurrección de Los abrazos rotos con el que adorna y versiona el Un final made in Hollywood de Woody Allen. Y mucho menos de la realidad de La piel que habito: un pastiche inverosímil, exceso de metraje que no entiende de géneros ni de coherencias.

La piel que habito, ensayo para ballet, debería haber sido el nombre de una película que después de casi dos horas, se reduce a una sucesión de coreografías y planos en busca del aprobado estético de la cámara. Tal vez de ahí viniera lo de la epidermis. De la superficialidad absoluta de un film que parece dar por perdido aquel viejo intento de lograr, si no la identificación, sí la implicación del espectador. Una alienación a la que contribuyen, para empezar, las interpretaciones de un trío que va de la falsedad al patetismo de puro encorsetado. Si Elena Anaya parece Leonor Watling tras el coma de Hable con ellla, Antonio Banderas pinta de frialdad lo que en realidad es un superhéroe al que le acaba de caer un drama. En manos de este ocaso almodovariano, Marisa Paredes queda reducida a un fantoche ¿brasileño? con ceño fruncido y boca entreabierta. De ahí que no la saquen. Llegó el declive de Huma Rojo, el que presagiaba ya La flor de mi secreto.

El manchego-más-internacional quería rendir homenaje al cine negro. Alguien debería haberle dicho que pare eso hacía falta algo más que los artificiales rizos de la Paredes, el peinado engominado a lo Bogart y el photoshopeado de los colores de la cinta. Lo único que tiene del Vértigo de Hitchcock sólo tiene la lentitud en la historia que a veces roza el clásico. El embalaje de Almodóvar es bueno. Los pasos perfectos y preciosistas de un ballet científico que avanza entre jeringas y probetas. La sucesión de cuadros en una exposición móvil. Bella pero nada innovadora. Hasta el juego de pantallas dobles -el cuerpo y el rostro inmenso de Elena Anaya ante los ojos espías de Banderas- y ficciones aparentes -el asalto a la casa seguido por las cámaras de seguridad como si fuera una película dentro de otra- ya se utilizó en El amante menguante.

En La piel que habito no hay giros brillantes de guión ni ruptura de géneros. Uno puede concebir su película lejos de etiquetas, pero entendiendo que los elementos del conjunto deben sumar en paralelo y no unos sobre otros hasta formar un pastiche. Una mousaka de difícil digestión.

Una revisión al mito de Pigmalión y Galatea, al del doctor Jekyll y Mr. Hide. Una versión light de El ciempiés humano. Ni thriller, ni drama, ni terror. Veinte años decía Antonio Banderas que iba a tardar España en entender esta película de tan innovadora como es. Pero no es cierto. El film no innova, vuelve sus pasos sobre los tópicos más manidos de Almodóvar como si se tratara de una nueva novela de Lucía Etxebarria. Sólo que esta vez nos faltó la droga. Uno de sus mayores fallos es hacer pasar por costumbrista una historia que no sólo es surrealista e inverosímil sino que no cuaja. Un conglomerado de juntas débiles.

Y ni siquiera hay tensión en esa casa en la que aparecen tipos disfrazados de tigre y cremas lubricantes como si aquello fuera American Pie. Desastroso hasta provocar la risa. Un bordillo en el que de tanto transitar al límite del absurdo, Almodóvar tropieza. A ojos del espectador, las esculturas claustrofóbicas y dolorosas de Louise Bourgeois o las referencias a Alice Murray quedan engullidas por los cameos de Concha Buika -esa mallorquina que debía de hacer la comunión la última vez que concedió una entrevista a un medio mallorquín- o del propio Agustín Almodóvar. Ése debía de ser el único humor que el manchego perseguía con esta cinta hasta que concebió persecuciones estúpidas de poco creíbles o una banda sonora con sello de Alberto Iglesias que va perdiendo fuelle según suena. ¿Dónde está la tensión que el compositor supo imprimir a Todo sobre mi madre y a Lucía y el sexo?

El otro gran fallo es el exceso de metraje empeñado en atar cabos a base de flashbacks hasta lo innecesario. En manos del manchego, deja escapar una vuelta de tuerca que hubiera aportado algo de maldad y sentido: que todo hubiera sido fruto de la culpabilidad del padre. Que el malo hubiera sido Antonio Banderas. Eso y que echara mano del reverb en eso de "Mamá, soy Vicente". 

jueves, 25 de agosto de 2011

¿Los periodistas no generamos empleo?

De pequeña quería ser escritora. Fue justo después de tomar conciencia de que un veterinario con miedo a los gatos tenía poco futuro y de que lo de qué-quieres-ser-de-mayor también implicaba las habilidades de uno. Luego quise ser del mundo del cine. Ni actriz, ni cineasta. Más bien algo intermedio. Producción. Pero acabé por estudiar periodismo. Algo pragmático, pensé entonces. Un sueldo asegurado a fin de mes para después satisfacer los escarceos literariocinematográficos. Algo absurdo, reconozco ahora. Con la bohemia podría haber aspirado, por lo menos, a subvenciones.

Los actores, reunidos con el director en funciones de IB3, son los últimos en sumarse al extraño mundo del orgullo y la reivindicación cultural. Antes estaban los editores, los libreros, y los diseñadores y artistas-galeristas encabezando el ránking. Todos consideran denigrante que las instituciones no apoyen económicamente su sector. "Los diseñadores generamos negocio", "los actores creamos empleo". Y los periodistas, ¿qué hacemos?

"Periodistas, os damos de comer y luego nos la metéis doblada por la espalda", me espeta Rossy de Palma en medio de una bronca por una entrevista que, medio pollo después, reconoce no haber leído. "No dejes que te digan eso, que por ser periodista eres basura y pueden tratarte como quieran", me aconseja mi director en un ataque de orgullo dolorido por el gremio. Somos el último mono de la estirpe, una mota de excremento en la cadena alimenticia. Observadores y narradores de un mundo del que parecemos no formar parte. Nuestra profesión nada en un limbo que a nadie parece preocuparle. ¿Cuándo fue la última inspección de Trabajo en un periódico? ¿Cuándo se obligó a contratar a medio centenar de empleados con contrato de becario ad eternum? ¿Quién se preocupa por las plantillas encubiertas que van más allá de la construcción y los talleres textiles clandestinos? El mensajero, como ente indefinido, no tiene derecho a queja.

"Salimos de la escuela y no tenemos ayuda. Deberían existir subvenciones para crear talleres o nuestra primera colección", protestan diseñadores recién licenciados. Los galeristas, henchidos de orgullo, subrayan hasta la extenuación que su Nit de l'Art se celebra sin ayuda institucional. Eso justo después de reclamar los pagos no realizados. Como si todo tuviera que estar subvencionado. Como, por desgracia, se mantiene medio mundo de la cultura y otros tantos ramos. Empresas privadas que, de no público, sólo tienen el NIF. Que se venden al mejor postor, que empalman proyecto subvencionado con proyecto subvencionado. Donde el criterio de la calidad entre en conflicto con el amiguismo. Un festival, un concierto, un intercambio... Todo cultural. Porque la cultura genera negocio y empleo. Pero, así, lo que no genera es dinero.

Nunca pensé que al salir de la facultad alguien tuviera que fundar un periódico en el que darme empleo. Nunca se me ocurrió escribir artículos en mi casa y convertirme en una freelance a la que tuvieran que venir a llamar a su puerta. No pedimos subvenciones. No nos quejamos de que ni el Día del Periodista tengamos libre. Tampoco de convenios con horas estipuladas que son la mitad de las reales. Ni las empresas pantalla o los conglomerados con tantas pequeñas empresas dentro como tipos de contrato diferentes. Ni de que, en realidad, Rossy de Palma no nos dé de comer. Ni siquiera a sus paisanos. De que no haya palmaditas en la espalda, "de que cuentes la verdad y te digan que lo tuyo ha sido una pataleta". De ser transmisores de un montón de quejicas que cobran subvenciones incluso cuando son incompatibles. 

Defiendo una cultura con mesura. En crisis y sin ella. Un mundo, en general, independiente. Capaz de sostenerse mínimamente. Un paro agrícola que no sirva para esconder un pluriempleo sin contrato. Ciudadanos con conciencia dispuestos a no vivir de las arcas públicas. Las mismas que, tras un cambio de gobierno, no ofertaron sus plazas para responsables de prensa. Tal vez nos habría interesado prostituirnos durante cuatro años al poder político. Pero el primer anuncio fue el de las personas contratadas. El dedazo es a la contratación en España lo que el agosto a la falta de productividad. Hasta el 15M ha puesto el grito en el cielo contra los terribles y diabólicos periodistas. Sin el apoyo y seguimiento de muchos de ellos, como el de Asier Vera, su voz hace tiempo que se habría apagado. Ya lo decían en Facebook: el becario que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Por el momento, el periodista sólo genera indiferencia. 

jueves, 18 de agosto de 2011

Dime qué anuncias... Fioravanti, Coixet y Amenábar en la publicidad

Entre los cineastas publicistas los hay, como en todas partes, reincidentes. Alejandro Amenábar, Fernando Colomo o Benito Zambrano son casos a los que se suman, aunque con diferencias, Isabel Coixet e Igor Fioravanti. "La publicidad es una escuela de rodaje aparte de un medio de subsistencia", asegura la directora catalana. Su productora, Miss Wasabi, se ha convertido también en una de las fuertes dentro de la publicidad en España. Y es que, de aquellas cifras ochenteras, hemos pasado a sueldos para realizadores de entre 6.000 y 18.000 euros. Coixet ha puesto su sello en campañas de Ikea, Danone, BMW, Renault, Peugeot o Evax. Con la intriga de saber si fue ella la autora del "¿A qué huelen las nubes?" o de aquellos en los que Silke compartía protagonismo con Rossy de Palma, sí que podemos recordarla como autora del que incluyo a continuación. Con el tiempo, el estilo colorista, el rollo de la mujer moderna y activa y la sencillez en lugar de la saturación del escenario, parecen haberse convertido en pilares de la marca de compresas. Lo de Estrella Damm -con sus varios posts dedicados en exclusiva- es otro harina de otro costal.


Maria Ripoll. Mujer y catalana es también Maria Ripoll, cuya lista de spots recoge Inclusive. ¿Podríamos hablar de anuncios femeninos? Es más, de ¿anuncios pensados para la mujer? Fuenteliviana, Veet, Dodot, Fontaneda, Vitalínea y otras tantas marcas parecen haber convertido a la directora de Lluvia en los zapatos o Tu vida en 65 minutos en experta del cuidado personal y los productores familiares. Para muestra, dos botones.



Fernando Colomo. Larga es la lista, y complicado dar con un ejemplo, de los spots que Fernando Colomo ha realizado. Flex, Vía Digital o el Abbey National Bank fueron algunos de los clientes que confiaron en el cineasta. "Que te llamen para hacer publicidad es una alegría, no sólo por los honorarios que te pagan sino por la cantidad de medios que ponen a tu disposición", explicaba en un reportaje de ABC. Si el cine era aún artesanal, la publicidad ya era industria. Una diferencia que también se extendía al papel del propio director. El cineasta es un puro técnico, la que manda es la agencia. Por eso los productores de Colomo se desquiciaban cuando rodaba seis tomas para una misma escena. En su spot de Bonos ICO llegó a superarse con 54 intentos.



Benito Zambrano. Lotería Nacional, Marca o ING Direct son sólo algunas de las marcas para las que ha trabajado el director de Solas. Spots que, aunque recogidos en esta web de publicistas, no consigo visualizar de ninguna manera. En su caso su filmografía no parece servir para explicar sus trabajos publicitarios. Me quedo -porque me gusta aunque también no hay más remedio- con el que dedicó al centenario del Atlético de Madrid. Lo suyo no era cosa de producto, sino de sentimiento. Algo para lo que recurrió a la historia de dos milicianos divididos por los bandos de la Guerra Civil pero con el Aleti como nexo en común. La mano de David Trueba parece intuirse detrás de este anuncio que recuerda a aquella famosa escena del soldado que perdona la vida a un republicano de Soldados de Salamina convertida ya casi en una leyenda. Pionero o no, a Zambrano fue parte de una campaña del equipo de fútbol en la que la pasión intentaba justificar la pertenencia a un club de derrotas. Tal vez el Mallorca podría ir llamando a Villaronga o a Daniel Monzón.

 
  

Alejandro Amenábar. La historia de este cineasta con los anuncios es como un antes y un después del propio Amenábar. Por ahí circula un anuncio de Moviline -con celulares como ladrillos- que se le atribuye. Humor y chicos y chicas es lo poco que tiene este spot, que no está mal, pero que está a mil años luz del anuncio que en 2002 sería su reencuentro con Nicole Kidman para promocionar la moda de otoño de El Corte Inglés. En el spot la australiana era una musa en mitad de una mansión desierta que desfilaba los diseños de los grandes almacenes en una escenografía que recuperaba la estética de Los otros. Hasta entonces, Amenábar había sido un director lejos de las grandes producciones. Su Moviline estaba sin duda, en el presente noventero de Tesis.

Spot Moviline

Spot El Corte Inglés


Igor Fioravanti. El cineasta afincado en Ibiza hizo el paso contrario. "Llegué a la publicidad de rebote, mientras esperaba que el productor de mi primera película consiguiese el dinero para empezarla", contaba en una de las pocas entrevistas que circulan suyas que circulan por la red. En esa eterna espera -que pasó de los anuncios falsos como ensayo a una productora que acumulaba premios- su relación con el mundo publicitario se convirtió en contradictoria. "No creo que la publicidad contribuya a hacer este mundo algo mejor. Tiene algo de mentira. Quizás estoy trabajando en ello y se me da tan bien porque fui un gran mentiroso de pequeño. Entonces me castigaban. Ahora me pagan", añadía. En su caso la excepción fue el cine. En 2001 presentó su gran ópera prima, El sueño de Ibiza, para después regresar a los spots.

Mastercard, Movistar o el SIMA fueron protagonistas de sus anuncios. Pequeñas historias de un realizador de ida y vuelta que complican poder compararlas con esa primera y última película. Podría hablarse, tal vez, de los personajes como protagonistas absolutos. De las emociones y sensaciones, como Médem, por encima del argumento. Seguiremos esperando que crezca su filmografía. 

Spot SIMA

Spot Movistar

Spot Mastercard


Fuentes

Spots a la española, by robgordon.

Cineastas que anuncian, by Manuel de Luque.

Cuéntelo en 20 segundos, by Gabriela Cañas

Luces, sonido... y publicidad, by Carlos Reviriego

Anuncios de película, by laverdad.es

Dime qué anuncias... El cine español en la publicidad

El atrevimiento de Bigas Luna no es el primero ni el último. "Woody Allen ridiculizó la publicidad diciendo 'si Dios existe, ¿sabrá que hay ocho tipos de aspirina?, pero él también terminó por ceder a la tentación", recuerda Carlos Reviriego en EL PAÍS. El acercamiento ha ido en paralelo. Por un lado, la publicidad hace tiempo que ha renunciado a limitarse a la simple promoción de un producto para optar por ser otra forma de arte. Un conjunto de estética, mensaje y originalidad que puede -si se quiere- tener bastante en común con el cine. Desde el ¿Te gusta conducir? llamar a la emoción ha tenido buenos resultos. Por otro, la crisis económica del cine -subvenciones y espectadores todos juntos- ha hecho que los cineastas apuesten por eso de la diversificación de su visión detrás de la cámara.



Bigas Luna. Para el propio cineasta catalán KH7 no ha sido un debut, sino una repetición. En 1992 se atrevió con el spot navideño de Freixenet protagonizado por Antonio Banderas y Sharon Stone. Dorados y burbujas símbolo de la casa y un anuncio en el que resulta difícil encontrar rasgos característicos de Bigas Luna y en el que apostó por combinar el lujo con el humor. Magreo final, eso sí, había. "Lo económico pesa, pero no es lo primero, la publicidad también te permite probar cosas nuevas y yo sólo lo he aceptado cuando hay un concepto detrás y actores", decía por entonces Luna. En realidad, también había aceptado a Cruzcampo, Caja de Barcelona o Hellmann's. "[Capote] dijo que los escritores del siglo XXI serían aquellos que hubieran practicado el relato corto. Lo mismo se puede aplicar al audiovisual", añadió luego.


Víctor Erice. Igual de navideño había estado, once años antes, Víctor Erice. Su spot para Nescafé tuvo el honor de convertirse en el primer anuncio de 1980. El mensaje de paz, simbolizado en un abeto, desfila por países españoles con olor a invierno, a nostalgia y a algo de tradicional. Por lo visto y leído en Cuéntelo en 20 segundos, el director vasco se convirtió en aquella década en uno de los más cotizados para la publicidad. Anunció también el Banco Hispano Americano y los jabones de Heno de Pravia. Sus anuncios tenían dos pilares: la sensación de nostalgia -su eslogan para Fontecelta fue "agua con morriña" sobre el regreso de un emigrante gallego- y los niños. Para entonces ya había dirigido El espíritu de la colmena y se le daba maña el trato con los más pequeños. Faltaban aún un par de años para ver El sur en la gran pantalla.


Pedro Almodóvar. Estética y ADN puso Pedro Almodóvar en su anuncio para Pastas Ardilla de 1996. La cocina se convertía en el escenario de un duelo, casi western, entre Rossy de Palma y Chus Lampreave. Spaguettis a la chistorra o a la carbonara para un gran spot que sabía crear gancho para el espectador y reconocer al director que se ocultaba, aura ochentera mediante, tras la cámara. Desde entonces, y para muchos cineastas españoles, el guiño a algunas de sus propias películas -en este caso a La flor de mi secreto- se convirtió en un tirón más para las marcas publicitadas. Un intercambio en el que ambas partes salían beneficiadas. Español era, también, el spot que Gonzalo Suárez creó para Trinaranjus después del éxito de La Reina Zanahoria "Es terrible que un niño sepa como funciona un tribunal americano y desconozca como lo hace el de su propio país. Como pasa en el supermercado, que se pueda elegir entre la Coca-Cola y el Trinaranjus, que por cierto es un refresco español", apuntaba en una entrevista. Su carrera publicista, de la que es imposible recuperar vídeos, se basó en el gag. Dicen que en cinco años llegó a rodar más de 300 anuncios. Ahí es nada. "Era una época en la que el cine que yo quería hacer no conectaba con la industria, así que dirigí anuncios para poder vivir pero también para financiar mi cine".

Suárez reconocía que, para él, contar una historia en 20 segundos era "frustrante" pero que gracias a los beneficios de la publicidad había conseguido rodar Epílogo. Según el artículo de Gabriel Cañas, un anuncio podía contar con un presupuesto de entre 3 y 5 millones de pesetas en los 80, de los cuales el realizar se quedaba con entre medio y un millón. Cifras que hicieron que Álvaro Sáenz de Heredia o Miguel Hermoso pudieran crear su propia productora. Después de unos cuantos, Suárez abandonó la búsqueda del ego: "te das cuenta de que lo mejor es no tener ideas y atenerte a lo que te piden. Más que nada porque puede ser muy frustrante".


                               


Nacho Vigalondo. Mientras busco y rebusco ese supuesto anuncio de José Luis Garci para McDonalds -la curiosidad es más que mucha-, cierro este primer post cuatro hombres -además de los Radiadores Garza que promocionó Berlanga o del spot para las Fuerzas Armadas de Daniel Calparoso- de anuncio único. El primero, Nacho Vigalondo. Lo suyo fue, además, un paso más allá: se convirtió en el protagonista de su propio spot para publicitar la llegada de ELPAÍS al ipad. Después de un making of periodístico en la web del periódico, la relación entre ambos, acabó como Cristo de la aurora. Vigalondo, cuyo humor negro ya viene desde el cortometraje 7:35, fue el primero en comprobar que Twitter -en el empeño de los periodistas por convertirlo en fuente de noticia- podía jugar malas pasadas. "Ahora que tengo más de 50.000 followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El Holocausto fue un montaje!", twitteó. A ELPAÍS la broma -que siguió con otras como "¿Cómo se llamaba la peli de Spielberg?... A todo gas"- no le hizo ni puñetera gracia. El director de Los cronocrímenes se defendió asegurando que era una "víctima" de la "volátil confluencia de redes sociales y periodismo". Los del periódico se rieron más con esto último. Y no sólo suspendieron la campaña sino que cerraron el blog cinematográfico que tenía alojado el cineasta. 



Javier Fesser. Hace un tiempo -las cuentas no acaban de salir- al director de El milagro de P. Tinto o Mortadelo y Filemón -Camino se queda fuera por razones obvias- le tocó reinventar la publicidad de La Casera. Al lema de "pedazo invento La Casera", le seguía una estética de 13 Rue del Percebe como la que el propio director leía en los cómics de su infancia. Éste fue el primero de una saga que ahora, con Fesser o sin él, continúa y añade a Karlos Arguiñano al elenco personajil. Arte y cine puros y duros que estaban más cerca del cortometraje, con un universo propio muy claro, que de la simple publicidad. El propio Francisco Ibáñez se sumaba a un proyecto, una película de 90 segundos, que atrajo tanto a los publicistas como a los paganos en la materia. Con making of incluido, consiguió -como ocurre con Coca Cola- que cada nuevo anuncio de la gaseosa despierte a los bellos durmientes del sofá.




Álex de la Iglesia. Uno de los últimos en sumarse a esta moda ha sido el ex director de la Academia de Cine. Cortometraje es, también, su spot del Jamón Indestructible para Navidul. Si Almodóvar jugaba con el western, De la Iglesia lo hace con el thriller con dosis de costumbrismo y humor que ya demostró en La comunidad, Crimen ferpecto o Balada triste de trompeta. Una historia en sí misma que puede entenderse sin más contexto que el propio. Eso sí, resulta interesante darse una vueltecita por este curioso artículo de wikipedia que le hace el balance de cuentas a la filmografía del cineasta.

 

Julio Médem. Mejor sabor de boca deja el impresionante anuncio que Julio Médem creó para Balay. El tirón de Lucía y el sexo sirvió para crear un estilo englobado bajo el mensaje Por un mundo mejor que la marca de electrodomésticos continuaría más allá del cineasta vasco. Su huella en éste primero es muy clara. Tomó el blanco y los azules de la Formentera que había grabado con Paz Vega como protagonista. Quitó las palabras y llamó a la emoción, a las sensaciones. La tranquilidad que despertaba el spot contrastaba con el producto anunciado, pero era de esos cortos que se recuerdan. Para terminar de redondearlo, Alberto Iglesias se hacía responsable de la banda sonora.

Bigas Luna, el emergente cineasta porno

A Bigas Luna hay muchas cosas que uno no puede perdonarle. La primera, hacer de su filmografía una perfecta campaña contra el cine español y a favor de un eterno género celtibérico que despliega cinta tras cinta sin miramientos ni dudas. La segunda, una adaptación cinematográfica de Son de mar por la que Manuel Vicent aún debe de estar llorando en la costa valenciana. Y la tercera, una campaña de anuncios de KH7 que ha venido a confirmar lo que ya sabíamos. Que Bigas Luna es un cineasta al que le falta valor para saltar al porno.

Sí, amigos. El rumor y la letra pequeña del anuncio eran ciertos. Bigas Luna está detrás de los anuncios del desengrasante. "¿Puede una campaña publicitaria arruinar una carrera?", se pregunta Manuel Piñón en Cinemanía. No. De hecho, la que peor parada surge de esta unión es la propia marca. Acostumbrados al erotismo del barcelonés, tan sutil como la verga de Rocco Siffredi, sólo podíamos esperar un 'más de lo mismo' en su salto a la publicidad. Y a la vista está.

Recurramos al DRAE. Erótico: perteneciente o relativo al amor sensual. Que excita el apetito sexual. Pornográfico: perteneciente o relativo a la pornografía. Se dice del autor de obras obscenas. La lista de ejemplos podría ir de Caniche a Huevos de oro pasando por Bámbola. Teta, culo -algún que otro pene- y sexo salvaje son los pilares de la carrera de este cineasta que antes fue interiorista -no busquen analogías- y diseñador industrial. En sus manos, la magia de Son de mar quedó reducida a un cuento de pechos y orgasmos en urbanizaciones de lujo. Y sus films sirven de claro ejemplo para aquellos que hablan de las "españoladas" y el "sexo gratuito". Como dicen de ciertas páginas calenturientas de la prensa local mallorquina, a éste le faltan narices para convertirse en la página 3 de The Sun.

Al llamado descubridor de Ariadna Gil -pues ya ves tú que favor-, Javier Bardem, Penélope Cruz o Jordi Mollà podríamos concederle el beneficio de la duda si sus dos últimos títulos no hablaran por si solos: Yo soy La Juani y Didi Hollywood. Las nuevas hornadas, Elsa Pataky no pasará de novata a este ritmo, parecen estar menos dispuestas a mostrar las carnes en público. Así que Bigas Luna ha sustituido su porno velado por un acercamiento al público choni. "Algunos [las] entendimos como un esfuerzo frustrado por hacer cine conectado con los intereses más populares, [...] para el público de Sálvame", lo describe Piñón. Mientras amenaza con un nuevo film en el que repite Pataky y el rodaje en 3D de Segundo origen, el cineasta parece haberse dado a la agricultura ecológica, aunque sólo sea porque le recuerda a eso de llevar al huerto.

Y, de repente, nos sorprende con su nombre firmando un anuncio publicitario tan zafio como su estilo habitual. Tres escenas caseras en las que un aquí te pillo aquí te mato se interrumpe por la suciedad del entorno, véase cocina, zapatillas o platos. Tal vez, y sólo tal vez, si la campaña se hubiera quedado en el anuncio genérico, podríamos haberlo entendido como un intento de reírse de sí mismo y de los tópicos propios y generales. Pero después llegó el absurdo del lavavajillas y ya, para rematar, el de la vitrocerámica donde a parte de hacerme dudar sobre el horario infantil, la espumita del desengrasante parece tener claras connotaciones. "Decidimos que era una buena idea que la pareja se diera el beso y saliera un chorrito de KH7", añade el artista.

En su entrevista de presentación, Bigas Luna habla de una campaña "innovadora", de su "ironía" y del hecho de que sea el hombre el que aparece limpiando. Aquí Piñón se indigna del todo: "Si es una buena o mala idea, es subjetivo, pero lo que está claro es que no es demasiado sutil, ¿no? Tampoco el que una pareja deje de montárselo en la encimera porque está sucia resulte un giro excesivamente elaborado. ¿Cargar un lavavajillas a medias como parte de los preliminares de una noche de pasión? ¿De verdad esto es todo lo que daba de sí?"

La pena es que que, al final, el anuncio funciona. Tal vez uno no comprará más KH7 pero el spot andará por ahí, de boca en boca. De paso, quizá, haya alguno que haya descubierto al cineasta. Lo de descubrir su filmografía después puede ser algo peor.

Entrevista promocional



 

Los tres anuncios. Disfrútese con prudencia

miércoles, 6 de julio de 2011

'Más allá de la vida', culebrón con espíritus

Había visto apenas quince minutos de Más allá de la vida cuando decidí darle al pause y organizar una proyección colectiva con uno de los fans del tito Clint Eastwood. Aquellas escenas iniciales con la recreación de un tsunami conseguían romper las reticencias a una película que comparte título con un programa de videntes de Telecinco. Dos horas de reloj después, el film quedó en un culebrón vacío y espiritista. No sabía Eastwood que con Biutiful este año ya habíamos cumplido la cuota de ponzoñas con médium protagonista.

Nunca he sido muy amiga de la faceta cineasta reciente del americano. Esa etapa que inició con Mystic river y que colocó a la tragedia como único eje de sus cintas. Un momento terrible en mitad de la placidez que desemboca en un surtido de consecuencias. Si bien se inició con un amplio análisis de las mismas, la cosa se redujo con Million Dollar Baby hasta hacer que, tras la caída de la boxeadora, el film pierda todo su sentido. ¿Estamos de nuevo ante un hedonismo de moralina? Una mujer que intenta hacerse un hueco en un mundo de hombres y acaba... como acaba. Huele fatal. Si El intercambio -donde colocar a Angelina Jolie fue como uno de los cameos malos de Almodóvar, capaz de eclipsar la pantalla ("joder, la matriarca de los brangelinos", "vaya morros") hasta perder la historia- mejoró la cosa, Gran Torino fue la confirmación de una caída que, con Más allá de la vida, se convierte en estrepitosa.

A Clint Eastwood le pasa lo que a Woody Allen. Con sus personajes no hay término medio: o te encantan o los aborreces. Esa pose huraña, ese ceño perpetuamente fruncido, ese mal humor, la mala follá... Sus fans disienten. Para algunos, Gran Torino tenía que ser su "western urbano". El final digno para Harry Callahan que se consumaba de la única manera que podía haber sido concebido. Pero cuando uno despliega y desmenuza la tragedia porque sí, la película puede desmoronarse por falta de andamiaje. Hacer llorar es fácil pero tiene que tener un sentido. Tras 120 minutos de metraje, Más allá de la vida es poco más que un culebrón de lágrima fácil que, si bien no provoca sueño, mantiene a la espera de un clímax que no llega nunca. Una más que larga etapa mesetaria que no acaba de despegar y que cae en tópicos y contradicciones.

Hace tiempo que Eastwood puso sus cartas sobre la mesa a la hora de filmar. La inmigración, la interculturalidad, la violencia, la religión son temas que le interesan y que repite en muchas de sus cintas. Su última película parecía querer hablar de las experiencias con el más allá desde un punto de vista crítica contra tanto escéptico. Una pareja superviviente de un tsunami y unas extrañas visiones dan comienzo a un film que parece unir a la ficción algo del falso documental. La cosa se queda en agua de borrajas.

Pero Eastwood me confunde. Tal vez estamos ante un Duchamp del cine, una especie de Hidrogenesse que acabó por triunfar con las canciones con las que pretendía burlarse del pop de moda. A la espera de saber qué le pasó a González Iñárritu barajo que quizá, y sólo quizá, la ponzoña hollywoodiense sea una gran farsa para criticar las películas del ¿género? No logro entender que el castillo de naipes de tito Eastwood acabe como una simple historia de amor en la que el médium acaba con la visionaria como los pobres están con los pobres y los ricos, con los ricos. Ni el tsunami ni las escenas de los atentados en el metro de Londres pintan nada más que un presupuesto demasiado abultado o unos ordenadores con efectos especiales en oferta. "Lo mismo -me reconoce un fan- podría haber sido un accidente en la cocina". Sería, tal vez, el último resto para recordar que el proyecto era idea de Steven Spielberg.

Tres personajes protagonizan la cinta. Por un lado está Marie (Cecile de France), una periodista que sobrevive a un tsunami pero cuya experiencia la dejará conmocionada hasta el punto de investigar y escribir un libro sobre su contacto con el más allá. Además de un affaire con su jefe casado que la relevará en la cama por la misma sustituta que en el plató. Su final será como si Ana Pastor acabara en una feria de libros convertida en una Paulo Coelho al uso. Para colmo de cinéfilos, el título de su obra será el mismo que el de la película de Eastwood: Hereafter. Truco que, junto al del personaje que despierta al final del film, es tan viejo como horroroso.

Luego tenemos a Marcus (Frankie McLaren), que pierde a su hermano gemelo en un accidente y busca desesperadamente recuperarle aunque sea a través de un vidente. Su drama personal, concebido sólo para tener a Kleenex como patrocinador del film, hará entender por qué. En el desarrollo de su personaje es donde el cineasta despliega sus filias y fobias. Gran contraste entre el velo musulmán y la gorra del niño, la confusión entre religión y timo. Si entendemos esa búsqueda como uno de los motores de la historia, no se entiende el mensaje que después recibe de su hermano que es poco más que una invitación al suicido y un "me importas un comino" dicho con más rodeos.

Matt Damon completa la tríade con George: un médium que alcanzó su poder tras una operación de médula y que se forró a base de conectar con el más allá. Ahora, retirado de las conexiones interestelares, es el azote femenino. Descubridor de traumas infantiles, no hay mujer que se le acerque dos veces. No, por lo menos, otra que no sea la periodista.

Y, de repente, entre tulipanes amarillos y un café con pintas, Eastwood va y acaba la película. Y no reflexiona ni nos da una triste opinión sobre el más allá que apenas aparece en el film como una paranoya personal de los protagonistas. ¿Nos está queriendo decir que, tras una muerte cercana, uno se agarra a cualquier cosa como un clavo ardiendo? ¿Insinúa acaso que nos hemos vuelto imbéciles buscando cosas donde no las hay? ¿Niega, tal vez, la esencia mortal del humano? Duchamp, al menos, lo tenía claro.