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sábado, 13 de agosto de 2011

La derecha no es de cultura


El día que Russian Red confesó que era de derechas -algo que según Quico Alsedo (ese hombre que resulta encantador hasta que te toca el grupo que te gusta) no hacía falta que dijera porque, Alsedo dixit, "mientras la gente sale a la calle hasta los huevos de todo, ella se sube al sofá y se pone a tomar té"- la derecha perdió su gran oportunidad. Debería haberse levantado al grito de "¡Lourdes, nosotros también somos de ti!". De la música -indie o pijoindie-, de la cultura. Pero no. El PP arrasaba en las urnas y en las Islas entraba por la puerta grande en el Govern, el Consell mallorquín y el Ayuntamiento de Palma. Sus majorettes, rodeadas de votos voladores, encabezaban un desfile en el que, incluso, tenían más candidatos elegidos que preparados. Un contingente en el que, ¡ostias!, no había nadie que supiera de cultura.

No pasa nada. No importa. Hagamos de nuestra capa un sayo y tiremos del pensamiento catetil de que la cultura es para los ricos. Y que no está nuestro horno para esos bollos. Olvidemos que también es negocio, creación de empleo, formación, inquietud intelectual, y recordemos a aquellos titiriteros del cine español chupasubvenciones, con Pilar Bardem a la cabeza. Pero un puesto ganado era demasiado goloso como para renunciar a él, así que el reparto de las carteras culturales empezó como cuando en una obra de teatro escolar se rifa el papel de árbol. Todos tenían los dedos cruzados. Para que no les tocara.

El primer nombre desvelado fue el de Fernando Gilet, concejal de Cultura y Deportes y al que Cort no se atrevió a añadir un "y ocios varios". Ex empleado de Barclays y ex director general de Megaesport. En lo político, se confiesa seguidor de Winston Churchill y Aznar. En lo musical, de Chico Buarque y Vinicius de Moraes. Un Felipe de Borbón a la mallorquina que se siente como un elefante en una charrarería y cuyos comentarios con los expertos del sector cultural -del estilo de distinguir dos libros por el diseño de su portada- dejaban claro una de las máximas de los nuevos nombramientos: la ignorancia puede, si quiere, ser atrevida. El otro, el mismo que el PP ha demostrado con el carril bici y el catalán: a falta de un proyecto, demos un golpe en la mesa para que se note que estamos aquí. Si dijimos, hasta la extenuación, "sacaremos la cultura a la calle", creemos un Thursday Night que fracase estrepitosamente semana tras semana. Pero lo dijimos y lo hemos hecho.

Rafael Bosch -demasiados tocayos para encontrarle en Facebook pero que fue profesor del propio Bauzà- fue el siguiente. Conseller de Educación y Universidades -será que no es lo mismo- a quien alguien en el último momento añadió "y Cultura". En su pandilla dirían que lo suyo es potra. Que con Bartomeu Llinàs como predecesor no vale. Que así cualquiera. Y que ni siquiera importa si su conselleria pierde los informes de las Converses de Formentor o si un día dice que se va del Ramon Llull y al día siguiente replica "¿quién ha dicho eso?". Con el panorama que tiene por delante y el dilema de pagar o no pagar las nóminas veraniegas de los profesores, ¿quién puede pensar en cultura? Por el momento, la conselleria de Turismo -otrora, alcaldía de Calvià- está cumpliendo el papel de ser el frente de todas las críticas con su nuevo, dudoso y lento sistema de subvenciones.

Después llegó el Consell. Y a alguien se le fue la mano y contentó al sector cultural con el clásico una de cal y otra de arena. El PP se encontró, de repente, con una señora doctorada en Historia y que escribía libros. ¡Y de griegos! ¡Y le gustaba el patrimonio! Un éxtasis que convirtió a la gran Gari Duran en directora insular de Cultura y Patrimonio. Habrá que esperar a ver sus decisiones y proyectos para valorarla, pero su sentido común en su concepción del futuro de la Serra de Tramuntana ya dice mucho a su favor. Por encima de ella, el vicepresidente de Cultura -aún le doy vueltas a qué mola más si una vicepresidencia o una conselleria-, Joan Rotger. Un personaje que desconcierta. Si bien se ha mostrado solícito y ha respondido a todas las preguntas sobre el escandaloso embargo del Teatre Principal, nadie entiende que aún no haya hecho oficial la denuncia de las deficiencias en la reforma. Lo mismo que tampoco se comprende que nadie de su partido conociera la situación antes. Cosme Bonet se pilló un cabreo tal que amenazó hasta con denunciarle por calumnias. A lo Sálvame.

Y aquí llegamos al plato fuerte. Quienes se rieron de los fans de Guillem Roman, están ahora temblando con el relevo 'generacional': Margalida Moner. Una señora -que no una mujer, que podría ser exactamente mi madre- a la que le hacía "ilusión" el cargo por aquello de dar un impulso a sus años de teatro amateur, de creación de corales y del ciclo de cine a la fresca en el Andratx del que fue alcaldesa. Si los primeros contactos y conversaciones con ella hacían sospechar, las entrevistas publicadas hoy ya llaman a la preocupación. "Margalida Moner aún no había visto la platea del Teatre Principal del que se hizo cargo a primeros de agosto. 'Tengo mucho papeleo', dice", escribe Héctor Rubio en Diario de Mallorca.

Lo peor de esta Ebehard Grosske de las artes escénicas, no es el agujero negro de deuda con el que va a tener que enfrentarse, sino las máximas que, desde su nombramiento, se ha empeñado en repetir. Dos principales: "abrir" el teatro y llevar a su escenario "todo aquello digno de ser visto por el público". Después de convenios con espacios de Cataluña, grandes producciones propias o montajes del TNC -con una casi total imposición del catalán, eso sí-, Moner considera que su compañía amateur Agara es tan digna como otra cualquiera. "¿No pueden tener una oportunidad? ¿Por qué no se puede dar el gusto a esta gente, que también tiene su público?", le reprocha en una entrevista de la grandísima Maria Llull. Con una Isla en la que casi cada pueblo tiene su feria de teatro aficionado, y Palma tiene un par de teatros públicos -sino todos- bostezando de aburrimiento, a la andritxola se le ha metido entre ceja y ceja y no hay quien la saque.

"No te preocupes. En cuanto programe un par de montajes amateur y le salga mal, recapacitará. Tendrá que darse cuenta",-y esto no es un off the record violado- intentan consolarme. Pero no me convence. De nuevo, lo peor de la ignorancia es su atrevimiento. De cualquier otra ex consellera de Agricultura cabría esperar que no hiciera declaraciones de este tipo sin pensar antes. Que se dejara aconsejar por un equipo directivo y artístico al que aún ni conoce. Con tanto cargo elegido por su calidad como "gestor", la cultura se nos va a convertir en un banco. Si Russian Red leyera esto, igual prefería unirse al 15-M.



viernes, 5 de agosto de 2011

La verbena celta de Hevia

"¿Sabes cómo van las entradas?", me preguntaba hace poco más de una semana José Ángel Hevia después de una entrevista. Su duda escondía no sólo sus conocimientos sobre la crisis de espectadores de conciertos sino también su temor a que la promotora francesa La Vie Scene se diera el batacazo del siglo con su Noche Celta. Y así fue. De las cerca de 8.000 personas que caben en el Coliseo Balear, el pasado miércoles había apenas 600.

El fracaso de esa "apuesta arriesgada" como reconocía el asturiano era más que evidente. Unir sobre un escenario al gaitero -que tuvo su boom hace más de una década- y a Celtic Legends era un show que debería haberse quedado en un Auditòrium o en el Teatre Principal donde, además, el número de espectadores es más reducido. El segundo fallo de la promotora fue el precio de las entradas. Nadie pagaría por este espectáculo entre 40 y 60 euros. Puede que sea porque en España nos hemos acostumbrado al todo gratis, porque la gente ya no paga por la cultura o lo que sea. Como empresarios deberían haberlo visto. El error añadido a ese fue decretar un 2x1 el día del concierto y publicitarlo sólo en la misma plaza. Algo que cabreó, y mucho, a quienes habían adquirido la entrada anticipada. Y el tercer fallo fue una promotora que ni siquiera hablaba inglés y que, salvo petición, no contactó con la prensa en ningún momento y limitó su publicidad a una ristra de pósters.

Cuando entramos a la plaza, éramos apenas 20 personas en la arena. "Me siento como en el Gran Prix, ¿seguro que aquí no salen vaquillas?", bromeaba un compañero. Un panorama a pleno sol y con una tarde de bochorno con el que tuvo que lidiar Hevia. La noche anterior yo había tenido un sueño premonitorio: que el Coliseo Balear no llegaba al centenar de espectadores y que el gaitero se dedicaba a dar un concierto didáctico en el que llegaba a explicar, incluso, cómo se tocaba una gaita. Y algo de eso también hubo.

Es cierto. Hevia -cuya banda ha menguado bastante desde que se presentara en Palma a finales de los 90- no hizo concesiones. No parecía dispuesto a concebir un tracklist de grandes éxitos que se consumiera tan pronto como llegaba a la cima. Lo suyo fue un recorrido pausado, como los de su homenajeado ciclista Tirador. Una lenta carrera, aunque segura, que enfrió aún más el ambiente inicial de la actuación.

Xeremiers, nostálgicos y frikifans 'llenábamos' la plaza. Fue a finales de 1998 cuando Tierra de Nadie revolucionó el panorama musical español. La música celta, lejos de otras versiones como The Corrs, se colaba en las radiofórmulas y acaparaba las actuaciones en televisión. Lo que ahora son cantantes folk con guitarra, antes eran músicos con una gaita a cuestas.

Aún recuerdo la primera vez que vi a Hevia en la pequeña pantalla. Ponía banda sonora a la llegada de un tren solidario que había recorrido el país. Lo que sonaba era Busindre reel y a mí me iba a convertir en una fan capaz de empapelar su habitación con fotos de un gaitero. La ola celta sumaría a Carlos Núñez otras gaitas como las de Cristina Pato o Spiritu 986.

Empezar un concierto con gafas de sol sonaba a festival veraniego o a verbena popular. Pero con más de tres horas de espectáculo por delante, y las restricciones pertinentes, a la Noche Celta no le quedó más remedio que empezar bajo un Lorenzo en retirada. Pasaban las ocho y media de la noche cuando la banda del asturiano apareció en el escenario. Hevia ya no es aquel de pantalones de cuero y mirada perdida que no acababa de entender que su disco debut fuera capaz de vender 2 millones de ejemplares en todo el mundo. Ahora luce pantalón de traje y la cabeza alta del músico y empresario que consiguió, pese a las reticencias de los más puristas, vivir de la gaita electrónica.

"Buenas tardes y bones tardes. Estamos felices de estar aquí, en esta tierra de gaitas y xeremiers que esta noche se acoge a la música celta", saludó José Ángel. Su primera actuación en Mallorca fue en aquel Western Park que aún no era un parque acuático y al que Hevia, apadrinado por los 40 Principales, llegó acompañado de una decena de gaiteros capaces de poner la piel de gallina. Después, vendría la revetla de Sant Sebastià -con Ximbomba Atòmica como teloneros- en la que la Plaza Mayor de Palma se llenó de banderas asturianas y brazos alzados bailando la muñeira. Entonces su banda aún tenía violín y didgeridoo y Tao Gutiérrez compartía con María José Hevia la percusión.

Pronto sonó Albo, como la apertura a una fiesta asturiana. Después, el disco Etnico ma non troppo se convirtió en eje central del concierto. Aquel tercer álbum en el que, después de un acercamiento a los ritmos árabes y a los gaiteros de Jordania -que haberlos haylos-, regresaba a su tierra natal. Hevia recuperó el miércoles aquello que la crítica llamó la mitología heviana. Un repaso, casi tributo, a su Asturias: la Carretera de Avilés, el Fandangu des llobos con el que los gaiteros intentaban esquivar a los cánidos cuando cruzaban la montaña para las romerías, el viejo autobús de La Carriola o al baile de El Pericote. Un homenaje que también incluyó a sus maestros Ramón Prada e Ignacio Noriega y en el que dedicaría a los Xeremiers de Pollença el tema Luz de domingo, de la banda sonora de la película homónima de José Luis Garci.
 
Del fandango a la suite pasando por el xiringüelo. Como en diálogo con aquellos puristas que criticaron su gaita electrónica –la misma que ahora remodela, comercia y hace sonar incluso como un acordeón para Vueltes– Hevia recuerda que el origen de muchas de sus canciones son actualizaciones de temas y escenas populares de la tradición asturiana. La banda del asturiano fue creciéndose sobre el escenario en busca de los temas más conocidos. Si la muñeira de Barganaz consiguió levantar las primeras manos, la noche llegó al éxtasis con Busindre reel, la canción que haría famoso al gaitero a finales de 1998. Un corro de bailarines hipnotizados había invadido la arena. Luego enlazó con Tanzila y Los mártires de Rales, singles de sus siguientes discos. Y el concierto se fue apagando calle arriba y coche adentro mientras yo volvía a maldecir el dejar un concierto a medias por la profesión.

martes, 17 de mayo de 2011

Quiero una madre del APA

Los medios de comunicación se han convertido en el mejor sistema de denuncia. Si el ayuntamiento de su pueblo le toma el pelo y el servicio de basuras sigue utilizando los alrededores de su casa como vertedero, no habrá como una foto en la página de un periódico para solucionar el problema. Pesa más en la conciencia que cualquier noche de insomnio. La semana pasada, los padres de los alumnos -bajo esas siglas de AMIPA- del Conservatorio Municipal Elemental de Palma nos llamaban ante el anuncio sibilino de Cort de echar el cierre al centro "por la crisis". A día de hoy, con el conflicto medio encarrilado, sigo sin entender por qué el consistorio se mete en semejante fregado a menos de dos semanas para las elecciones.

La que se le vino encima a la regidora de Educación, Cristina Ferrer, fue de aúpa. Con la AMIPA compinchada con una prensa siempre dispuesta a repartir, el no-plan del Ayuntamiento se vino abajo como un castillo de naipes. El primer paso atrás fue cambiar la clausura por la supresión de un primer curso que dejaba a la escuela sin entrada de nuevos alumnos y que, a la larga, dejaba al centro en una vía muerta. Ayer -mientras en Cort sonaban las collejas y las preguntas de quién ha sido el listo que ha levantado semejante polvareda en campaña electoral- segundo retroceso: el Conservatorio abría ayer mismo su primer curso y las matriculaciones del mismo.

El asunto me provoca dos planteamientos. Primero, la clase de gestión que tendrá un Ayuntamiento como el de Palma para cargarse un curso de una escuela pública -¡pero bueno, es que esto es inédito!- por 100.000 euros de recorte. Ni siquiera el ratio de 450.000 euros / 150 alumnos es cierto porque no todo el presupuesto va a la formación de los niños. Ferrer se presentó sin datos ni alternativas. Cortar un curso era la única solución posible.

Los padres de la AMIPA no quieren hacer comparaciones pero yo sí. Hoy mismo acabo de leer que el Govern destinará 180.000 euros a la rehabilitación de un molino harinero en Lluc. La desproporción me parece tan grande como la de que el conservatorio Elemental de Palma tenga el mismo número de plazas que el de Petra. 400.000 habitantes versus 2.900. Aquí sí que no me sale el ratio.

Mi segundo planteamiento se centra en el titular de esta entrada: quiero una madre del APA. Es más, quiero a Pilar Domínguez, portavoz de la AMIPA, como madre. La susodicha inició hace una semana una campaña reivindicativa para conseguir que Cort reculara. Retroceso que se ha producido y que no sé si dice más a favor de la prensa o menos a favor del Ayuntamiento. Asambleas de padres diarias, comunicados de prensa, horas colgada del móvil con los medios de comunicación de toda Palma, ruedas de prensa. ¿Cómo un padre normal, como cualquier vecino, pasa a tirar de un carro tan mediático como éste? ¿Cuántos padres, los míos los primeros, no habrían pasado del refunfuñe?

Supongo que en plena campaña electoral, Pilar Domínguez es uno de los mejores ejemplos de eso de levantarse del sillón y hacer algo. Por su 'culpa', la alcaldesa de Palma se ha visto obligada a dar explicaciones sobre el cierre del conservatorio en entrevistas en las que hablaba del modelo económico a aplicar en el municipio. ¡Desde cuando una madre del APA provoca a una alcaldesa! ¡Desde cuando consigue reunirse con los concejales de un consistorio!

Investigo un poco en Facebook. Licenciada en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco, mi madre utópica -sin renegar nunca de la señora Nati- trabaja en la agencia Mandarina Creativos. Pero no, eso no hace más fácil que tu madre se ponga a diseñar las lonas-protesta para un concierto reivindicativo que se celebró en la misma puerta del Ayuntamiento. Convocatoria para la que, también, se avisó a la policía local y se realizó todo el proceso pertinente como si uno fuera convocando manifestaciones cada día

Sí, digamos que en una sociedad comodona en la que me incluyo, me gustaría que mi madre se movilizara si me cerraran la escuela pública donde toco la flauta, dicho así en frívolo. Creo que tanto la AMIPA como los medios de comunicación han conseguido poner contra las cuerdas -aunque sean pequeñitas- a un consistorio que hizo aguas hace tiempo y que anda desnortado.

miércoles, 27 de abril de 2011

Las mariconadas de Antònia Font

La dimisión de Joan Arrom como director del Teatre Principal -por motivos políticos, presupuestarios, lingüísticos y/o laborales- situó en primera fila a un hombre que, hasta entonces, estaba más acostumbrado a las bambalinas. Aquel Guillem Roman que saltó a la palestra teatral de la noche a la mañana había estado siempre detrás de las cámaras. Un gerente, en otro tiempo del mismo hipódromo de Son Pardo, más habituado a echar cuentas que a las ruedas de prensa. Y, en medio de una vorágine en la que los únicos números que salían eran los rojos, llegó casi como un mesías.


Bastaron un par de encuentros con la prensa para comprobar que Roman no es hombre de pleitesías ni protocolos. Que en la propia presentación de la que sería su nueva temporada, recuperó cierta cordura lingüística en el Principal como una de las pocas tablas de salvación de la cordura económica. Al servicio público hacía tiempo que la pretendida calidad no le salía a cuenta. "¿Y por qué programar en castellano en el Principal, feudo del PSM, símbolo del catalanismo y el nacionalismo de Mallorca?", bromeó entonces -casi en palabras textuales- como una autoparodia a lo que, hasta entonces, había sido la tónica habitual.


El que definiera a Juan Luis Galiardo como "tsunami humano", se convirtió la semana pasada en el protagonista de una polémica que demuestra en qué clase de país vivimos. Junto a él, Pau Riba: cantautor rockero con años de trayectoria, hippie confeso y trasnochado visible al que algunos recuerdan anunciando Bankinter y que defiende el 'paz y amor' con camisas de Desigual y timando a los teatros mallorquines, como bien cuenta M. Elena Vallés.

"Esto es rock 'n' roll y no esas mariconadas de Antònia Font y Manel...", fue la frase con la que Roman firmó su sentencia de vapuleo. Mientras unos periódicos se muestran cansados de su tendencia al chiste fácil y a su vocabulario más propio de salir de copas que de teatro público, la bola no hacía más que crecer. Él abre mucho los ojos, encoge los hombros y alucina. "Yo no entiendo nada, es todo una comedia. Luego veo a los medios de comunicación que no hacen más que hacerse eco de las tonterías de los políticos. Pero bueno, que ejerzan su cuarto poder, que den caña", dice.

Para cuando los medios se cansaron de magnificar lo ocurrido, Ben Amics -asociación de Gays, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales- pidió a través de un comunicado que se retractara de las "manifestaciones homófobas lanzadas". Sí, amigos. Por 'homófoba' la asociación entiende el uso de la palabra "mariconada" para definir una corriente musical. Y no sólo se quedó ahí. Ben Amics aseguraba que se trata de "manifestaciones totalmente inconstitucionales, y más en un Estado que reconoce los derechos de las personas LGTB". 

A alguien se le ha ido, sin duda, la cabeza. Más incluso que al propio Guillem Roman. Sus ojos son platos de vajilla impoluta de Ikea. "Lo políticamente correcto está de moda", decían el otro día los actores de La Impaciència. Debería existir una expresión opuesta al 'no hay más sordo que el que no quiere oír' que hablara sobre los que se dan constantemente por aludidos sin motivo. Sólo faltó que si el director hubiera utilizado un "tontitos" en lugar de "mariconadas" las protestas llegaran de las asociaciones de afectados por síndrome de Down.

El pecado de Guillem Roman fue, además, otro. Ya lo apuntaba Ben Amics: "un menosprecio hacia el trabajo de un grupo musical más que consolidado". El hombre de cuentas se había ido a meter con uno de los mayores iconos de la mallorquinidad, de esa extraña Isla que intenta labrarse un nombre a través del de otros a los que, como Daniel Monzón o Agustí Villaronga, utiliza como pañuelo de usar y tirar. Que nos cueste una fortuna digna de revisión por Hacienda las promociones que Rafa Nadal hace de "sus Islas" es algo que, por mucha ópera infantil que dirija su abuelo, no me entra en la cabeza.

Hace tiempo que Antònia Font dejó de ser un grupo para convertirse en un símbolo, un tótem de adoración que llena teatros en su regreso -tras cinco años de silencio- pese a no haber presentado una canción nueva. Capaces de colocar sus Lamparetes en el tercer puesto de la lista de ventas, un disco con apenas dos semanas de vida en la calle. Si Cataluña tiene a Manel, nosotros tenemos al quinteto de Joan Miquel Oliver que ya tenía un par de álbumes en la calle cuando los otros aún pensaban cómo bautizarse. ¿Los convierte eso en una vaca sagrada a la que uno no puede criticar? ¿No se puede tildar de "mariconada" o cualquier otro calificativo, esta ola de pop descafeinado, que a veces no acaba de arrancar del todo y que defiende la yuxtaposición como virtud de sus letras? Nunca he sido amiga de los fanatismos.

"¡Es un cargo público! ¡Está en un teatro público!", le recriminan. El problema es que Guillem Roman haga suya la libertad que, en principio, tenemos todos. "Me han estirado de las orejas y me las han puesto así", bromea él mientras indica las enormes proporciones con las manos. ¿Qué maldad podía haber en sus palabras si, menos de una semana después, Antònia Font tenía el 'sold out' colgado durante dos días en su teatro?

Para acabar de rizar el rizo, cuentan que cuando fue a disculparse al quinteto por si acaso, le recibieron con caras largas y un "ja xerrarem". "Es que es como si un conseller dijera 'los escritores de Mallorca escriben mariconadas'", me insisten. No, no habló de un colectivo, sino de un grupo. Pero en este debate absurdo yo me planto. No le encuentro más pies al gato.

sábado, 19 de marzo de 2011

La explosión controlada de KT Tunstall

Un 'sold out' en holandés impronunciable la anuncia. KT Tunstall ha conseguido abarrotar la discoteca sin un solo cartel que haga referencia a su concierto fuera de la entrada de Melkweg. Los amsterdameses han debido de encontrar otra fórmula para afiliar a los modernos a una tremenda programación de conciertos que prepara a Hooverphonic y Gabriel Rios para los próximos meses. Aquí los experimentos de no-anunciamos-a-Franz-Ferdinand-porque-son-suficientemente-conocidos, no han terminado de funcionar.

La escocesa vuelve a la capital holandesa de la mano de su Tiger Suit, tercer disco de estudio en el que estrena la producción de Jim Abbiss y un estilo bautizado como 'techno natural' en el que mezcla instrumentación orgánica con texturas electrónicas y bailables. Su pop-folk-rock de siempre pasado por una jornada de clubbing. Y algo de eso tiene también su telonero. Un paisano -presumiblemente pariente- que se presenta como The Pictrish Trail. Un personaje que podría ser el doble del gordito de Resacón en Las Vegas que, después de un arranque electrónico cerveza en mano, se confiesa cantante folk. Habla de faros, de fareros que apagan las luces para ver a los marineros morir y presenta un repertorio repleto de canciones de 30 segundos. Para desgracia de quienes creyeron su "ninguno de mis temas se parece a esto" mientras apagaba el teclado, la electrónica vuelve. Y su folk se convierte en algo que podríamos llamar synth-folk y que roza un estilo casposo cercano a Locomía.


Pasan diez minutos de las nueve de la noche -Amsterdam impone su horario europeo- cuando KT Tunstall aparece en escena. En frío, en silencio. Sin banda que la preceda con sus acordes ni entrada espectacular. Se disculpa por el retraso, se alegra de volver a la ciudad, se presenta y arranca con Come on, Get in, uno de los temas más cañeros de su último álbum que, inexplicablemente, no ha conseguido colar en el listado de singles a la discográfica. Su conversión folk-india -que no indie- luce como telón de fondo con la escocesa vestida cual apache y la cabeza de un enorme tigre sobre ella. Para compensar, la banda luce un extraño look gótico con KT enfundada en unos leggins negros de vinilo, camisa de transparencias y ojos aún más rasgados gracias al maquillaje. Precisamente a las que "de noche se maquillan como...", y en mitad de la ciudad europea del vicio, sigue con Glamour Puss. A la tercera va la vencida y el escenario se llena de todo el aire folk que ha sabido/podido reunir en el álbum gracias a Uummannaq Song, inspirada en la ciudad ártica del mismo nombre durante un viaje que hizo en 2008. Sin más coristas que el cuarteto que la acompaña, los grititos pierden fuelle.

Con el miedo a la reacción del público -auténticos tulipanes de madera como narra Hect Anyway-, KT Tunstall da un giro y vuelve a sus discos anteriores. Universe and you -una de las peores canciones de su álbum debut, Eye to the telescope- abre la veda. Le siguen una versión cercana a la bossa nova de If only con la banda en acústico, y una The other side of the world convertida en balada. Tras el impasse de un tema inédito a medio gas, Scarlet Tulip, recupera aquella faceta de mujer orquesta que la lanzó a la fama en 2004. Golpea la guitarra, aplaude, toca la pandereta con el pie y entona los Ohh ohh ohh que anuncian Black horse and the cherry tree. Su pedalera registra cada sonido y lo repite al gusto.

El concierto sufre notables altibajos. Engarza con Difficulty -hay quien hubiera preferido Golden frames- antes de enlazar dos de las canciones más difíciles de Tiger Suit: Lost y The Entertainer. La última, lo dije y lo mantengo, tienen momentos horteras dignos de una balada de Julio Iglesias. Sobre todo el inicio. La cosa comienza de nuevo a mejorar con Saving my face, dedicada a la cirugía estética y no a las reflexiones metafísicas que otros pensábamos. "Tal vez sea más interesante ponerse orejas de conejo o dientes de cocodrilo que sólo unas tetas grandes", comenta. Habla de la rebelión femenina con Madame Trudeau, tema dedicado a la mujer del primer ministro canadiense Pierre Trudeau que se fugó con los Rolling Stone -el propio Jagger la definiría como una "groupie de categoría"-, y se reserva los dos singles del último disco: Push that knot away y Fade like a shadow.

Despedida breve tras la que KT regresa después de un par de "one more, one more". Medias tintas con Funnyman y cierre con la que denomina "mi canción": Suddenly I see. El caballo negro debe de estar en el segundo puesto. En medio, una versión de Close to me de The Cure -para la que recupera a su primo telonero- que se convierte en una de las pocas sorpresas de la noche. KT Tunstall no defrauda. Despacha fuerza, energía e incluso desgarra la voz. Pero su explosión es siempre controlada. La escocesa ofrece lo que uno espera, no se desmadra. No lleva a la locura. Toca el tambor cuando suena en el disco y cambia de guitarra cuando lo hace en el estudio. No es decepcionante, tal vez previsible. O, quizá, la respuesta a un auditorio que -a excepción de los cuatro freaks de siempre-, era incapaz de mostrar cualquier tipo de reacción. Europeos y a mucha honra.

jueves, 16 de diciembre de 2010

*+* Apadrine un músico, patrocine el regreso de Lamb *+*


Desde que los grupos musicales han desembarcado en las redes sociales más de uno se ha descubierto como su propio mayor fan. El concepto de groupie parece extenderse más allá de los seguidores, y los cantantes, iPhone en mano, acumulan más actualizaciones que la web de un diario nacional. Con el ceño fruncido me pregunto si Facebook y Twitter serán capaces de hacerles reducir costes en marqueting y promoción.

"Spent the weekend doing the first Lamb photoshoot in 6 years ;-)" escribe Lou Rhodes anunciando el regreso del dúo de Manchester en plena gira de One good thing. Una vuelta que llega acompañada de la propuesta de un proyecto colectivo.

KT Tunstall fue la primera en ponerme la mosca detrás de la oreja con el concepto preorder. Comprar por adelantado un disco al que aún le faltan meses para estar listo. Por si le huele a gato encerrado, se le muestra la portada e incluso las ilustraciones del interior del álbum. ¿Y si la escocesa se arrepiente a mitad de grabación? ¿Y si la discográfica se echa atrás? ¿Y si la banda se separa antes?

Lou Rhodes -sobre quien me fastidia escribir antes de haber podido publicar un post íntegro para ella- y Andy Barlow van un paso más allá. Su proyecto colectivo no es un brainstorm abierto para el rodaje de un videoclip o la remezcla de un single. Tampoco un wikidisco capaz de asimilar musas ajenas. Lo suyo es una cooperativa global y libre que haga las veces de inversor. ¿Quiere que Lamb regrese? Pues subvencione su nuevo disco.

"Te pedimos tu sponsorship para no entregar nuestras almas a ninguna empresa. Preordering 5 ayudarás a hacerlo posible". £15.55 la Special Limited Edition y 23 el vinilo doble con posibilidad, también, de formato descarga. Con cada compra asegurada -y previa- intentarán pagar la grabación, mastering y demás enredos del álbum. No sé si la propuesta de apadrinar al dúo que comparte logo con Norit me mosquea o me hace gracia.

La pregunta es obvia: ¿qué les pasó a los de Manchester con las discográficas para acabar recurriendo a la colecta? "Una de las principales causas de nuestra necesidad de escapar, de parar, fue la experiencia de hacer música y firmar con un sello que intentaba dirigirla y convertirla en un producto que fuera cualquier cosa menos algo creativamente libre. Lamb tenía que ser siempre innovación y romper los límites sin restricciones", explica Lou Rhodes a través de la nueva web de la banda.

Dicen que su camino se tornó "un poco demasiado -con esas expresiones enrevesadas del inglés- recto, dirigido". En 2004 decidieron repartir beneficios y emprender sus carreras en solitario. Ella, explotando la vía folk acústica que ya se intuía en Lamb. Él, con el proyecto Luna Seeds y desarrollando su carrera como productor de, entre otros, -oh sorpresa-, el Distance and time de Fink.

¿Tan duro fue el éxito para Lamb? Lo dudo. En Reino Unido consiguieron convertirse en un boom que, de rebote, llegó a otros países europeos. Un dúo que fusionaba drum&bass, jazz, dub, influencias acústicas, algo de electrónica, otro tanto de chill out y que -según Wikipedia- estaba más cerca de la ola de trip hop que inundó Bristol en los 90 que de su Manchester natal. Pero en su currículum y sus cuatro álbumes de estudio -remakes y directos aparte- no figura mayor discográfica que Fontana, Polygram o Koch Records.

El festival The Big Chill logró reunirles de nuevo sobre el escenario en 2009. Una vuelta que acabó por convertirse en una mini gira. Ahora -y después de largas conversaciones telefónicas- 5 les devuelve al estudio. Su quinto disco que prevé publicarse el 5 de mayo de 2011. "Así que después de este tiempo en el estudio hay algo fresco y nuevo en la música que estamos escribiendo. Algo que no había ocurrido desde nuestro álbum homónimo cuando aún no nos preocupaba lo que la gente pensara de nuestro trabajo. Siempre hemos dicho que no haríamos un nuevo disco hasta que no tuviéramos algo nuevo que decir. Y ese momento ha llegado", sigue Lou.

Así que no lo dude, conviértase en accionista de esta especie de Lamb S.A. Su recompensa será una edición especial del álbum con un libro de artista exclusivo en el que figurará su nombre como contribuyente. Además, estará puntualmente informado de los avances en el proyecto. Lou y Andy nunca se fundirían su dinero así por las buenas. Y, por si fuera poco, dispondrá en breve de un adelanto de dos temas: She Walks y Strong the root. Si ya tienen la sesión de fotos hecha, seguro que va rodado.

lunes, 15 de noviembre de 2010

*+* Oso Leone: la venganza folk de mamá Naturaleza *+*

No hace mucho que se pasearon por Madrid apenas como un dúo. Fue cuando les confundieron – no hay otra explicación- con la versión mediterránea de Kings of Convenience y colocaron a Simon & Garfunkel en su árbol genealógico. Y sólo por eso, por ver a Paco Colombàs y Xavi Marín a solas en el escenario, cubiertos por una capa de terciopelo azul y con dos guitarras como pacíficas armas. Ruspell dijo llegar para dar “empaque” a aquel proyecto, para formar una banda contundente sobre las tablas y completarla con una corona de arreglos que saltaban del estudio al directo. El viernes se encargaron de demostrarlo en Es Baluard.

El aljibe como lugar para presentar su álbum debut era sólo una pieza más en aquella cadena de casualidades que había hecho de Oso Leone el hijo pródigo de mamá Naturaleza. Una suerte de ecologismo convertido en folk. Que algún moderno malinterpretó como una lechuga asomando en una cesta de mimbre.

No hay fórmulas en Oso Leone. No hay nada lógico ni matemático en la adicción que The benben stone puede provocar. La naturalidad con la que exhiben su trabajo es tal que abruma. Como si esas dos voces hipnóticas y atmosféricas –a veces cercanas a Fink- que brotan de dos cuerpos menudos y nerviosos sobre el escenario, fueran tan fáciles de conseguir como respirar. Como si uno pudiera pedirles que no hablaran nunca más para cantar siempre. Como si fuera posible entender cómo fueron a encontrarse esos dos mallorquines que parecían hechos el uno para el otro.

S’Aljub rebosaba la noche del viernes y ya no era agua, sino gente. Con aforo completo y cola en la puerta como los grandes. Desde sus ojos, aquel túnel plagado de pupilas brillantes en la oscuridad era tan estimulante como aterrador. Paco, secando el sudor de sus manos sobre los pantalones con la mirada clavada en el público. Xavi, abstraído en otro mundo al que no alcanzan los nervios ni la duda.

El escenario, el retrato minimalista de aquella Tramuntana que les vio nacer y trabajar. Que había jugado a esconder sus canciones en la hojarasca de un bosque, en el color de una puesta de sol o en su primer rayo disparando directo contra una roca sólo para que ellos las tradujeran al pentagrama. Su introducción, un surtido de postales proyectadas de la Mallorca que un día fue.

Xavi y Paco al frente y no, no eran Kings of Convenience. No había inviernos templados en su música. Sí nostalgia y melancolía. No hay miradas a la bossa nova, sino un Fol. Construido a base de pequeños detalles. No había, tampoco, declaración de dependencia y purga de instrumentos; sino un batería capaz de transformar Lovebird en una danza contagiosa y ondulante. En bombos y tambores huecos y fuertes como sólo Oso Leone podía tener. En una sección de percusión capaz de llevar a la locura. Ese dios de las pequeñas cosas que crece sobre las tablas como tal vez ni ellos sepan y que Rafa Rigo supo llevar a los micrófonos hasta escuchar a Paco chasquear los dedos metros después.

Si se les pregunta, Xavi habla de estructuras de música africana que juegan a confundir las repeticiones siempre con una variación. Una sencillez de letanía deliciosa. El péndulo oscilante de una plácida sesión de hipnosis. De, de nuevo, cama en una habitación con las persianas bajadas.

No, no estaban los noruegos pero sí Pájaro Sunrise y los subidones de Foals. Esa manera en que, sin saber cómo, las canciones acabaron por convertirse en una fiesta, en palmas persiguiendo los ecos de un cajón flamenco. De dotar a Paper moon y Rebellion de la rabia que pedían a gritos.

El sexteto resultó tan compacto como maravilloso su directo con el consabido truco de dejar con ganas de más. Aquella revancha folk-naturalista acabó por resultar corta.

* Fotos: Es Baluard

miércoles, 18 de agosto de 2010

*+* Bellver y el cabaret Marlango *+*


Bastaron unos minutos para volver a cerrar las cortinas, esta vez convertidas en párpados. Sobre nuestras cabezas, el patio de armas de Bellver dibuja un círculo perfecto y encierra, a un tiempo, murciélagos y estrellas. En el escenario, los solos de Toni Brunet, Alejandro Pelayo y Óscar Ibarra se suman hasta formar los primeros acordes. Entonces sube ella. La femmme fatale que aprendió a envolver a Leonor Watling en luto riguroso. En los ojos el mismo antifaz negro de Vivienne Westwood. Y es ya entonces cuando descubrimos que la guitarra del mallorquín está destinada a resucitar aquel porte sinuoso. Days are tired abre la noche y despierta el Marlango de antaño. Sin ni siquiera rozar el micrófono aprieta los dientes y rasga la voz. Se balancea dulcemente siguiendo el perezoso traqueteo de la locomotora imaginaria.

Sólo hay un "gracias" de enlace y el anuncio de un título que eriza la piel: Enjoy the ride. Vuelve el carpe diem noctámbulo y lujurioso. Aquel himno de inconsciencia permisiva, un lema grabado como las letras de máquina de escribir sobre aquella camiseta. Nos hicieron creer que la luz que inundaba su casita en el árbol había borrado toda oscuridad y mentían. EL directo se deshace entre la lengua y el paladar. Hold me tight -sin un Drexler agazapado en el camerino y aparecido por sorpresa- recuerda que también cantaron a la nostalgia.

Pierden la timidez sobre el escenario a pasitos de hormiga. Bromean sobre la casa mallorquina de Toni Brunet "muy bonita y muy sencilla". Y antes de dar tiempo a recolocar la comisura de los labios suena la increíble Thank someone tonight. Un tema atmosférico, hipnótico como una sucesión de postales grabadas en super 8. La voz de Leonor se vuelve envolvente mientras Alejandro cuenta su "día de perros" en la playa entre la arena y el agua. "Los músicos no estamos acostumbrados a esto", asegura.

Revolotean los murciélagos entre los arcos y el público asiste al concierto como extasiado. No hay nadie que se atreva más que a musitar las canciones en un paradójico playback. Leonor Watling estremece los dedos de sus manosy dobla una por una sus falanges. Sus pies, sumergidos en zapatos de charol rojo, dibujan un círculo de dos pasos mientras suena Pequeño vals y el público alterna risas con silbidos. Llega entonces la primera versión de la noche. La presentación de su particular El sitio de mi recreo para el disco homenaje a Antonio Vega. Piden "cariño y comprensión" pero la noche aguardará listones más altos.

Con los codos sobre el alféizar de su famosa ventana luminosa, se siguen los ritmos sesenteros de Life in the tree house después de pronunciar un ensayadísimo "Gràcies per convidar-nos a un lloc tan màgic". I don't really want to know -otra vez oídos sordos a la conciencia- enlaza con The answer mientras voz y piano se persiguen en un tempo menor que les convierte casi en balada. Continúan con Play boy play antes de que la oscuridad vuelva a posarse sobre las tablas.

En dúo de voz y piano recupera aquel nostálgico Nico del primer álbum. Los restos de un invierno como el que pintaron sobre Madrid. Es entonces cuando su talento vuelve la mirada a otro. No mires a los ojos de la gente de Golpes Bajos se transforma en lo que ellos mismos sienten ante el clásico ochentero: "una canción que me encanta y me inquieta". Una advertencia repetida, el anuncio obsesivo de una pérdida. Se desnudó de los acordes que rebajaban su carácter enigmático y se presentó en carne viva. Sin duda la mejor versión de Marlango.

Let the sky fall es el último guiño antes de reabrir el Cabaret Marlango. Abandonaron el escenario y cuando regresaron para el bis, el brillo en los ojos de Leonor Watling -casi imperceptible- era el de Suzie Marlango. De la trompeta con sordina y la voz pretendidamente rota. Dance, dance, dance es el primer peldaño. Un baile ebrio a un paso de lo macabro. Luego, a medio camino entre el soul y el blues, despiertan Maybe y You won't have me.

Cuando llega el momento de hacer sonar Shake the moon no necesita siquiera altavoz. Se rebela y alza sus gritos como cuando lanzaba vituperios al satélite. La última nota cierra sus ojos y arranca la ovación. Asistíamos a un currículum sonoro y versátil. Servido en bandejas de plata, el resumen de cuatro discos y otros tantos años. Una servidora iba dispuesta a engullir su oscuridad y reclamar a la femme fatale y quedó satisfecha.

"Queremos cantar la primera canción con la que nos presentamos y dijimos hola. Luego la cosa se complicó de una forma maravillosa", relata Pelayo. En un rápido movimiento Leonor da la espalda al público y corrobora con Brunet el título del próximo tema: "Madness?", pregunta. Y yo sonrío. Aquel inicio del disco debut que me dejó pegada a la silla y con ganas de más. Una declaración de intenciones. El sinuoso sendero del deseo, el seguro laberinto del amor, la danza fantasmagórica en el mismo borde del bordillo. Se iban a perder las pistas, las palabras, los sentidos. La locura no iba a dejar nada en pie. ¿Y qué importa?, retaba algo por dentro. Por eso The long fall cerró la noche.

viernes, 30 de julio de 2010

*+* Marlango: Tapiados en la casa del árbol *+*


Marlango lo ha proclamado: han descorrido las cortinas y han dejado que la luz entre en su música. El momento dulce que atraviesan personal, profesional e incluso metafísicamente les supura de tal manera que -mientras Jorge Drexler esconde a su querida Leonor y al hijo de ambos en cada uno de sus nuevos temas- la banda madrileña se ha rendido a un puñado de canciones amables. Agridulces, sentimentalmente ambiguas pero pensadas con una sonrisa de oreja a oreja. "Adiós a la oscuridad y a la nostalgia", enarbolan. Merdè!!

¿Dónde está el Marlango que debutaba en 2004 con un disco homónimo, editado por Subterfuge y que casi rozaba la perfección? Ése que tal vez era el mismo producto gafapastil de hoy pero mucho menos previsible y extendido. Aquella atmósfera oscura, pintada en blanco y negro e intuible entre el humo de un cigarro fumado por Leonor Watling. Aquella chica tímida de tez pálida que poco a poco empezó a crecerse sobre el escenario. ¡Joder! Los cuatro frikis que hemos aceptado la polivalencia del fenómeno actriz-cantante y que ya estábamos habituados a la broma sobre los susurros de Najwa Nimri necesitábamos algo como aquello. Una repentina femme fatale de ojos ahumados salida de la chistera. Quizá sin grandes dotes vocales pero con una voz perfecta -incluso falsamente cascada- para un grupo que tenía tanto de atmosférico como de envolvente. Una estética más que cuidada donde las letras se editaban con fingida máquina de escribir.

Marlango, el disco, gritaba y lloraba a partes iguales. Abría Madness y la seducción era ya casi completa. Respiraba sensualidad por los cuatro costados. Un carpe diem de locura en el que los sentidos nunca se perdían del todo. Un laberinto de confusas sensaciones. El mismo que cantaban I suggest, No use, Maybe o la increíble Enjoy the ride, lema del disco y banda sonora de su recién estrenado cabaret musical con Tom Waits como padrino.

Del otro lado quedaba la nostalgia, la espera desesperada, los miedos, la mujer del pescador de Gran Sol junto a Green on blue, Nico, My love o Every.

De acuerdo, tal vez la ya entonces bautizada como banda-de-Leonor-Watling no fuera más que un buen producto de marqueting con una cara bonita y conocida al frente. Pero ahí había sustancia, sustrato, novedad.

"El cambio ha sido natural, nunca hemos forzado la evolución", aseguran. Y es cierto. Un par de años -o menos- después, aparecía Automatic imperfection y de nuevo rendición absoluta ante el single del mismo título y la gran Shake the moon. Autómatas, un poeta en Nueva York, Lost in translation para la primera. De nuevo la femme fatale esta vez con frac gritando al satélite por un megáfono. Piano y trompeta con sordina. ¡Cómo acertó la Watling al modular la voz en esta canción! Vituperios al borde de un rascacielos contra un mundo que no acaba de funcionar, que se pierde, se confunde y se despista.

Una ola de susurros y voces recorre el álbum ahora con hilo argumental o estético más claro: Cry, I don't care. Ya no estaba la nostalgia desgarrada del debut, se había romantizado para Architecture of lies o Trains.

Y como la noche no podía ser eterna, tocó a su fin. The electrical morning la llamaron. Y la intención del disco era la misma que ejercía en su trayectoria: un amanecer que nos ha pillado a desmano y aún sin acostar. Esa extraña sensación de meterse en la cama con los primeros trinos y de ir apagando farolas de camino a casa como en una película de suspense.

En esa mañana, Leonor se descubrió despertando al lado de Jorge Drexler y se autodedicaron -además de cantar a dúo- Hold me tight. La sobredosis de romanticismo era la misma que el trance de ese vampiro musical sacado del ataúd en pleno día. Aquel camino de la felicidad con banda sonora al libro de Punset había perdido el norte de lo que había prometido ser. En Walking in Soho me bajé del carro.

Ahora resucitan con Life in the treehouse. Desde su casita en el árbol con chimenea de juguete y vistas a una pradera florida alcanzan la conversión definitiva. The long fall no es mala, pero sí previsible y monótona. La femme fatale se pasó la toallita desmaquillante y empezó a jugar con mechos de pelo entre los dedos. Del jersey frío de ángora de Suzie Marlango habíamos pasado a una Leonor Watling convertida en chica de catálogo de Mango.

Tal vez si alguien alcanzara a cerrar esas cortinas... Si tapiáramos las ventanas de su casa del árbol... Quizá entonces volverían a erigirse como los reyes de las dulces tinieblas.

miércoles, 14 de julio de 2010

*+* La jungla electrónica de Najwa *+*

Cuando King Kong abrió la mano y dejó a Jessica Lange sobre el suelo, el paisaje ante sus ojos era tan apocalíptico que apenas pudo celebrar ser la última superviviente. El mismo páramo desierto en el que resurge Najwa Nimri. Atrás quedan los estribillos luminosos y bailables de ‘Mayday’ y la inquietante serenidad de ‘Walkabout’. Se arrancó la máscara idiomática que la protegía y regresó descarnada y agónica. Erigida en un monstruo que se golpea el pecho como el primate que la ha poseído.


Pasan las once y media de la noche cuando los músicos y ella aparecen entre el público. Ocupan el escenario y callan los aplausos. Empieza lo que Najwa bautizó como liturgia. Una letanía de guitarra eléctrica y distorsiones electrónicas. El paisaje se antoja desolado y perturbador. Abrazada al micrófono como a mástil de barco deja escapar los primeros cantos de sirena. “Como música en el agua es la suave voz que oí… Lo más oscuro del alma. Todo en calma”. Se mece y se tambalea a un tiempo. Desaparece el piano y el monome de Raúl Santos dibuja una psicodelia de acordes imposibles.
Nunca había tenido tan clara y uniforme la idea global de un disco. Nunca hasta aquella operación que la dejó meses sin voz había sentido esa necesidad de gritar. Desenmascara, encontró grietas que brotaban como heridas. Agujeros por los que canta “un monstruo frío que no me deja ser”:Siento el diablo en mí”, “sé que el mal está en mí”, se obceca mientras se golpea el pecho en nombre del último primate que la ha poseído.

Tras confesar su fragilidad en ‘Facil de romper’ enarbola el arma imaginaria de ‘Con un puñal’. Vuelve el animal agónico. Su grito descarnado es desesperado y descorazonador. Un chillido contra lo cruel que ese ente llamado amor puede llegar a ser. “Me llevará un poco de tiempo ser toda una asesina, pero lo intentaré”. Un ser vengativo que se mueve entre las verdades y las mentiras, entre los altibajos destructivos de ‘Dirás la verdad’: “Te veré, me verás. Reiré, te echaré de menos. Creerás que mentí y dirás la verdad. Sentirás que esta bien, sentirás que está todo mal”. Una maraña de emociones que lucha contra lo absurdo de lo inevitable, lo destinado. “Te amaré, me amarás”. Sólo un pequeño resquicio queda para el olvido.

Cómo estáis aquí en Palma, cabrones. Estáis de puta madre. Lo que necesitéis me lo pedís y yo os lo daré”, afirma cortando la tensión con un cuchillo que no se despega de su sonrisa.

La improvisación devora los finales que se alargan hasta el infinito con rapeos en los que mezcla lo que asegura letras del próximo álbum –“Podemos dar en el blanco sin mirar la diana, inspiración sincronizada”- y retahílas inventadas en inglés.

El silencio dura apenas un segundo y el reloj echa atrás sus agujas. Raúl Santos retoma el poder. Vuelve la atmósfera hipnótica, absorbente. Suena ‘So often’ y en cuestión de minutos la sala entera baila el house recién estrenado del tema. Aquella oscuridad que entonces me hacía pasar la pista era el inicio de un sendero que Najwa tenía aún que explorar.

De lo más profundo, del fondo más oscuro del pozo, empieza a renacer. “No importa que naufrague, hoy nadé otra vez”, repite en ‘Jugué y gané’. Poco a poco, como si de la mismísima Sylvia Plath se tratara: “La manera en que emerge de la oscuridad para convertirse en una explosión de furia”. El estallido que llega con ‘El último primate’ y el público coreando su voz. “Gritaré, gritaré hasta llegar a ti”. La rebelión contra una injusticia sentimental. “Y si estás tan acabado, fumigado, aniquilado. Arrasado y envasado por estar aquí a mi lado, gritaré”. Un primate convertido en francotirador a la caza de un desempate.

En pleno éxtasis alarga con ‘Mi ritual’ antes de dar el salto nostálgico definitivo a ‘Dead for you’ y ‘Crime’, “¿es demasiado lenta?”, pregunta consciente de la vorágine en que ha sumido la sala. No hay pausas ni segundas partes. “Yo no me quiero ir, nunca me quiero ir, aquí menos. Me hago desear cero”, reconoce.
Llega el momento de la despedida y nadie, ni siquiera ella, es capaz de abandonar. Apenas durante un segundo fuera del escenario. La lejanía y el olvido le hacen desechar ‘Go Cain’ por mucho que el público la pida. Accede a recuperar un ‘Near the air’ improvisado que acaba por convertirse en reggae.
Su debut en Mallorca se transforma en una fiesta apoteósica. Adiós Sylvia Plath, hola Najwa Nimri. Sube a una espontánea al escenario, advierte de los peligros de hacer funky “sin un negro cerca”. Oscila y se mece como la Lucía asfáltica que bailó en casa de Charlie a ritmo de Mastretta. Vuelve ‘So often’ y la sala vibra. Entra en efervescencia por ese seductor tobogán sonoro dibujado por Raúl Santos. “Menos mal que no tenemos más repertorio preparado porque sino no me iría nunca”.





Najwa - El último primate