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jueves, 8 de marzo de 2012

Las hilanderas de Can Bonet

Sus hilos conservan la precisión y la maestría de una tela de araña. La perfección de sus telas, habla de un tiempo en el que el bordado cruzó la frontera entre la artesanía y el arte. La galería Lluc Fluxà exhibe ahora los vestigios de Can Bonet, un taller histórico que cuidó la calidad tanto como el diseño hasta hacer de la tienda su propio museo. Una propuesta poco frecuente en un espacio expositivo que combina una mirada hacia el patrimonio mallorquín con un nuevo punto de vista sobre qué puede ser arte.

Apenas un primer vistazo basta para convencer al espectador incrédulo. Acostumbrado a performances y vídeoarte, una exposición de grabados supone casi un viaje en el tiempo. Ya lo adelantaba Maria Lluc Fluxà tras el anuncio de su regreso al mundo de las galerías. Volvía sin intención comercial, entre asustada y decepcionada con "el desmadre del comercio artístico". La belleza y la blancura impoluta de los grabados de Can Bonet atrapan la mirada mientras el cerebro se divide entre la sorpresa y la duda de ver convertido en pieza artística lo que antes se creía doméstico. Lluc Fluxà expone 35 joyas históricas de la época dorada del taller. Una selección que va de finales del siglo XIX a mediados del XX y que permite hablar también de la incorporación de la mujer al trabajo y de los inicios del turismo en Mallorca.

Antes de ser Can Bonet a secas, Manuel Bonet Codina debutó en el mundo textil de la mano del empresario mallorquín Joan Pons. Juntos pusieron en marcha la antigua Casa Pons i Bonet fundada en 1862. Pero Bonet, catalán de nacimiento y el más pequeño de 17 hermanos, optó por emanciparse y establecerse en solitario casi cuatro décadas después.


^ FEMINISMO Y ARTE

Eran los años del impulso textil. Del trasiego de fábricas como un motor de la industria española. Una de las primeras puertas, también, a la incorporación de la mujer al trabajo. Primero, el bordado se convirtió en un elemento clave para la emancipación de mujeres solteras o de clase media que en aquella época estaban excluidas de muchas actividades industriales y comerciales. Después, su introducción paulatina en las fábricas corroboró su entrada en el mercado laboral.

Mantelerías, pañuelos, sábanas desfilaban por los talleres de Can Bonet. Pero Manuel, -"que siempre fue un visionario", como recuerda aún hoy su nieto, Alfredo Bonet- ya pensaba en algo más que el negocio. La utilidad del producto y las ventas comenzaron a compartir espacio con una nueva vertiente: la artística. Él mismo se encargó de proclamarlo y defenderlo en las páginas de la revista Mercurio: "Eduquemos, pues, a la mujer mallorquina para convertirla en verdadera artista, ya que tiene condiciones especiales para ello y esforcémonos sin descanso hasta lograr que sus trabajos obtengan artísticamente igual consideración que la pintura y la escultura".

"Manuel consideraba el bordado como un arte, y pronto empezó a guardar algunas piezas que no se vendían o que destacaban por su belleza. Su intención era crear un pequeño museo que pronto puso en marcha en la propia tienda", recuerda su nieto. Hubo, incluso, cuando mandó tejer expresamente para la exposición. "Y entonces, obligaba a coser en la propia tienda para vigilar el trabajo de cerca".

Los nombres de Ana Canaves, Coloma Capellà, Esperanza Cladera, Maria Solivellas o Catalina Sastre se pierden hoy en el entramado de hilos de sus bordados. "Esta exposición es también una manera de rendir homenaje a todas aquellas manos anónimas", afirma Maria Lluc. Sólo una de las piezas, una reproducción en nipis de 'Los comuneros' de A. Gisbert cuenta con la firma de Catalina Prats. La misma que fue premiada con la Medalla de Bronce en la Exposición Universal de Barcelona de 1888. Una técnica litográfica tan exacta que cuesta imaginársela trazada con aguja.

Pero sería en la Exposición Universal de París de 1900 en la que cosecharían mayores triunfos, con el Gran Premio y la Medalla de Oro por cuatro alegorías bordadas alusivas al comercio, las artes, la agricultura y la industria. Bordados a mano sobre seda o lino que se exponen como las joyas de la muestra Fil a fil. El tren, el barco y la balanza de pago dibujados con un detallismo asombrante para hablar del comercio. Las representaciones de la pintura, la poesía o la música para hablar de las Artes.


 ^ DE LAS CAMISAS A TEMPLE FIELDING

La ropa interior y la camisería siempre fueron la otra faceta de Can Bonet. Una vertiente que también les valió reconocimientos fuera de la Isla como la Medalla de Oro que obtuvo en la Exposición Internacional de Higiene, Artes y Oficios y Manufacturas de Madrid en 1907. Desde tres años antes, el taller se había convertido, además, en el proveedor de la Real Casa. A partir de entonces confeccionó para la Familia Real numerosas mantelerías, pañuelos y juegos de cama. 

Durante los años de la Guerra Civil fue su experiencia en la llamada roba blanca la que les ayudó a subsistir gracias a los encargos que recibían del Ejército para confeccionar ropa militar y de tropa en general.

Los años 50 supusieron un gran cambio para Can Bonet. La que hasta entonces había sido una tienda histórica y de tradición ubicada en la palmesana calle de Sant Nicolau, comenzó a tejer para un mercado de escala mundial. Eran los años en que Temple H. Fielding recorría Mallorca elaborando sus famosas guías turísticas. Afincado en la Isla -donde había comprado una casa en Formentor- promocionó el turismo en el archipiélago hasta conseguir que 130.000 norteamericanos visitaran anualmente Mallorca durante la década de los 60.

"En una ocasión le ofreció a mi abuelo contar la historia del taller en una de aquellas Guías Fielding. La primera pregunta fue '¿cuánto me va a costar?'", recuerda entre risas Alfredo Bonet. Y no sólo no le costó nada resumir la trayectoria del taller sino que multiplicó los clientes que llegaban a él. "Los días que había barco era terrible, la tienda se quedaba casi vacía. Los americanos encargaban camisas a medida por docenas y luego se les enviaban a su país", continúa. Fue el inicio de una exportación que continuó a Alemania, Francia, Inglaterra, Puerto Rico o Argentina.

De aquella fama proceden, también, las dedicatorias que artistas de renombre escribieron para Can Bonet en sus viajes y que Lluc Fluxà incluye en la muestra. Desde Pau Casals a Joan Alcover pasando por Joan Fontaine o Luis Millet. Depsués de coleccionarlas como una suerte de libro de visitas, comenzaron, también, a bordarse para la posteridad.

Los nuevos planes urbanísticos de Palma acabaron con el histórico establecimiento a finales de los 70. La familia Bonet pleiteó, en balde, con el Ayuntamiento. "Se intentó continuar con el negocio, pero un taller como aquél no tendría sentido ahora. Podían pasarse un año para bordar un pañuelo, y ahora eso es algo impensable", reconoce Alfredo. Dicen que sus famosas cristaleras lucen hoy en un restaurante neoyorquino, símbolo de aquel sueño dorado tejido a mano que un día logró cruzar a otro continente.

Fotos de los grabados: Miguel Czernikowski




jueves, 9 de junio de 2011

La no-obra de Jérôme Leuba

Imagine que durante media hora intentara venderle las virtudes de una nueva bebida. Que le hablara de su frescura, de su sabor sorprendente, de su textura burbujeante y que, cuando ya se hubiera decidido a probarla, le diera una botella vacía. No es un error. Mi objetivo es simplemente romper sus expectativas como consumidor. Un propósito que, en versión artística, persigue el suizo Jérôme Leuba. Su Battlefields llega ahora al Casal Solleric.

Tenía un amigo en la universidad que juraba huir de cualquier libro cuya recensión incluyera la expresión "analiza cómo la  sociedad...", casi una muletilla en todo producto de la era postmoderna que vivimos. Y Leuba tampoco escapa de él. Hace años que bautiza sus proyectos bajo el lema Battlefields. "Vivimos en una sociedad en la que hay una permanente batalla por lo visual, una tensión por la mirada. Si no eres visible, no existes", corrobora. Una ¿realidad? que traduce en su trayectoria con el espacio artístico como escenario de la pugna entre la obra, el espectador y el propio espacio. Características que venían que ni pintadas a la Zona Zero del Casal Solleric comisariada por Pau Waelder y Gómez de la Cuesta.

Una cortina azul cierra la sala. Bajo ella, se intuyen luces y movimientos. Una sutil invitación para el espectador que acabará perdido en la búsqueda de lo inexistente. La tela no es más que un opaco traje nuevo del emperador que rodea el cubículo. El espectador encontrará un estrecho pasillo que acaba y empieza en el mismo punto. Si osa atravesar el telón, sólo la nada iluminada. Pero detrás de su no-obra sí hay un concepto: "Es la crítica estética y no política a las estructuras de poder. A una mirada cada vez más guiada y encuadrada", explica. Y su táctica es marcar un sendero y convertirnos en un caballo con anteojeras.

"Leuba juega a negarnos el papel del espectador. Un observador ante el que coloca una cortina para que reflexione sobre qué espera encontrar del otro lado", narra Waelder. Su única sorpresa es la ruptura de expectativas. La no-obra. La nada.

"Los impresionistas tienen la culpa", me dicen. Leuba es el colmo de una de las críticas triunfantes y best seller paradójico de Duchamp. En una complicidad como la de un escritor oculto tras pseudónimo, los críticos piden a los periodistas que no desvelen el truco por completo. Temen plantas rodadoras en la inauguración.

Hay que echar la vista atrás y tirar de dossier para conocer la trayectoria anterior del suizo y analizar si esto es timo o arte. Junto a la ruptura de expectativas, los miedos de la sociedad actual y el extraño consumo de la cultura se convierten en sus otros dos temas. Focus y Lovers son dos de sus experimentos con performers. En su crítica contra la sociedad actual, Leuba le da una vuelta de tuerca a una realidad surrealista. Como en la inauguración del Solleric, un repentino grupo de personas mira a la nada de una pared en blanco. Un tumulto al que se añaden espontáneos buscando algo que jamás encuentran. Si juega a Lovers pondrá a prueba los límites del espectador ante las caricias y besos apasionados -y fingidos- de una pareja.

Durante la Noche de los Museos de Berna de 2010, creó una cola ficticia frente a la entrada del Banco de Crédito Suizo. El principio y el final era la calle. En medio, de nuevo, la nada. "Era una performance que hablaba del consumo de la cultura. De cómo nos dejamos manipular y guiar, y en esto me incluyo", señala. Como en el traje nuevo del emperador hubo quien, incluso, vio algo. Y quien repitió la cola pensando que se había perdido algo en el camino.

En 2005, If you see something, say something, ponía de relieve ese miedo inculcado desde el poder a un terrorismo perpetuo encarnado en una maleta abandonada. Y eso mismo hizo Leuba dentro de una sala de exposiciones. Colocó puntos de láser -como si de la mirilla de un arma se tratara- sobre retratos aparentemente inocentes. Diseñó la réplica de un fusil que colocó junto a un hombre sin que nunca llegaran a tocarse. La prensa publicó entonces que el hombre había llegado a encañonarles.

Una vez más Leuba vuelve a marcar y a hacer dudar de esa frontera que separa el arte del todo vale. ¿Quién es más absurdo: la sociedad que crítica o la nada de sus obras?

Dossier de la exposición de Leuba en el Solleric

jueves, 7 de abril de 2011

NDSM, la ciudad de los creativos

España vivía la edad dorada del 'boom' inmobiliario. Tal vez el auge previo a todo estallido. El sector se inflaba más y más mientras a la plebe hacía tiempo que le resultaba inalcanzable. El país andaba a la caza de cualquier alternativa, lo que fuera con tal de demostrar que aquello de "vivienda digna" seguía teniendo sentido en la Constitución. Los medios de comunicación se convirtieron en el altavoz de toda iniciativa estrambótica que existiera en algún lugar del mundo. Fue ahí cuando España puso la mirada en las casas-container del Reino Unido y Holanda.

Poco más sabía sobre Amsterdam Noord antes de empeñarme en visitar la zona. Aquella urbanización de antiguos contenedores de barco paradigma de la vivienda asequible, ecológica y práctica merecía una ruta turística. En el muelle de la GVB, a la espalda de la Centraal Station, los locales nos miran con el ceño fruncido. "¡Allí no hay nada!", exclaman mientras las cejas vuelven a su sitio y los ojos se abren de par en par, incrédulos.

Se equivocan. La visita empieza a cobrar sentido en cuanto llega el primer ferry. En su inmensa cubierta se agolpan peatones, motociclistas, ciclistas y carritos de bebé. Envueltos en la permanente neblina amsterdamesa y acercándose lentamente por el río Ij, la estampa parece más propia de los países escandinavos. De Doctor en Alaska, tal vez. Pero cuando empiezan a distinguirse las primeras caras, concentradas en el desembarco como si de Normandía se tratase, se convierten en morlacos a la salida del toril.

La otra orilla no tarda en descubrir sus caóticos encantos. A la izquierda del ferry, y en apenas unos metros, se agolpan los cuatro representantes de la marina de Amsterdam Noord: su submarino a medio hundir, el Botel -un hotel flotante-, una goleta contemporánea capricho de algún marinero hortera y el barco reivindicativo de Greenpeace.

Pisar tierra firme es retrotraerse a Nicosia. La caída en el sector de la construcción naval ha convertido la zona en un montón de ruinas de piedra y hierro que escriben el olvido en que para muchos quedó. Pocos turistas llegarían hasta allí y, para la mayoría de los locales, Noord es lo que se abre cuando ese gris acaba. Es un área de zonas verdes y pequeños pueblecitos que incluye poblaciones históricas como Nieuwerdan o Ransdorp con sus granjas holandesas de tejado piramidal.

El macromercadillo que se instala el primer domingo de cada mes y la pista de skate cubierta son los dos únicos atractivos aparentes. Un rato después de seguir el hipnótico movimiento de los monopatines, la pista se queda pequeña. Apenas una esquina en una enorme nave que se expande hacia la derecha. Desde la distancia, parece un decorado de televisión en stand by a la espera de una serie. Hay algo, tal vez ese tendedero a cinco metros de altura, que invita a explorar. Bienvenidos al NDSM.


Aviones de madera.Ropas de hojalata en un tendedero de cuerda. El capó de un coche convertida en la cara de un robot. Perros de plástico gigantes. Una enorme lámpara sin luz hecha con botellas de agua vacías. Una especie de turismo underground incomprensible hasta que se rastrea su historia.

El NDSM (Muelle Holandés y Empresa de Construcción Naval) fue un astillero dedicado a la construcción y reparación de buques fundado en 1946. Sus siglas esconden detrás un nombre mucho más impronunciable que cuenta su pasado más remoto. Fue en aquel año cuando dos astilleros amsterdameses, el Nederlandsche Maatschappij (NSM) y el Dok Nederlandsche Maatschappij NV (NDM) se fusionaron para convertirse en la Nederlandsche Dok en Scheepsbouw Maatschappij (NDSM), especializada en buques de carga y petroleros. La empresa debió de vivir su momento álgido, pero en 1978 el gobierno decidió cerrarla y cesó la construcción naval. Sus 84.000 metros cuadrados se transformaron en un fantasma titánico. Tuvo que esperar 22 años hasta volver a la vida. En el 2000, un grupo de artistas -que se hacían llamar Kinetisch Noord- presentó al Ayuntamiento un plan para reconstruir el antiguo astillero. Su objetivo era convertir el NDSM en "el mayor semillero de talento artístico de los Países Bajos". Y lo consiguieron.

Algo más de 30.000 metros cuadrados a cubierto y otros 50.000 en el exterior, configuraban el plano sobre el que edificar la ciudad de los creativos. Media docena de empresas de arquitectura y 9,2 millones de euros fueron necesarios para convertir la vieja fábrica en un macrolaboratorio experimental de arte y creación. Un gran grupo de artistas y pequeños emprendedores hace hoy posible la existencia del NDSM a través de sus tiendas, talleres y cafeterías.
 
No hay un solo rincón que no sorprenda al visitante. Antiguas grúas navales que aún cuelgan del techo amenazantes. Ascensores estancados en el tiempo. Plantas superiores decoradas con mesas de ping-pong, sofas vintage y gallos disecados. El NDSM es como una enorme escenografía teatral capaz de dejarte boquiabierto a cada paso. Pero no es sólo estética. En cada uno de esos locales -que se alquilan por un periodo de diez años- está la semilla de un negocio, una industria cultural a pequeña escala pero en crecimiento.

Como si de un polígono se tratara, la nave se divide en 10 edificios con proyectos cuyo núcleo se centra en 3. El Oostvlengel es el lugar del teatro, del visual al callejero pasando por la decoración y el arte para espacios públicos, así como la zona de artistas en residencia. El Kunststad -la Ciudad de los Artistas, significa su nombre- acoge cerca de cienc estudios y talleres. Es uno de esos artistas emprendedores -cuya hija me dedica un posado de catálogo- el primero en ponernos sobre la pista. El Noordstrook está reservado para estudios multifuncionales donde conviven música, cine, performances y teatro.

Estudios de diseño gráfico, empresas de restauración, constructoras de escenografías, laboratorios de robos para películas o tiendas de baterías componen este particular clúster empresarial. Un gigante construido a base de pequeñas piezas que, en su tiempo libre, hace las veces de agitador cultural con la organización de festivales y exposiciones de arte contemporáneo. Vuelvo un instante a Palma y pienso en Gesa. Una mole dorada en primera línea de mar que sólo quedó para ser portada de Antònia Font. Un titán en progresiva ruina que tapia sus entradas para evitar ser vertedero y cementerio. "¿22 años también?", me pregunto. Regreso al NDSM. Será fácil abstraerse con el sonido de las ruedas de un monopatín mientras unos calcetines de hojalata se secan a la sombra de un astillero.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Lartigue: la fragilidad del instante

Jacques Henri Lartigue se acostumbró a ver el mundo a través de un cristal. La vida empezaba al otro lado de la ventana de aquella casa burguesa en mitad de la nada. Siempre fue un niño enfermizo, pero aquella constitución débil que le libró de las dos guerras mundiales, también le impidió ir a la escuela. Fue aquella sensación de vivir al margen de la realidad la que le inculcó el miedo a que un día todo, él incluido, desapareciera. La felicidad y la vida parecían un instante siempre a punto de desvanecerse. Cuando a los ocho años llegó a sus manos una cámara fotográfica, creyó encontrar la manera de atrapar ese segundo. Un mundo flotante -que llega al CaixaFòrum Madrid tras su paso por Palma- es el resumen de la fugacidad perpetua.

Los ojos sonrientes de un Jacques Henri Lartigue niño otean sobre la espuma de una bañera. "Yo nací feliz", escribiría tiempo después. Hijo de una familia adinerada, sumó al aislamiento de su oasis burgués el de un cuerpo enfermo que le impedía ser un niño cualquiera.

Aquella voracidad por la vida se frustraba ante sus largos periodos en la cama. Se sintió relegado a un rol de observador impaciente y desesperado. Quería saltar, correr, jugar... Pero aquellos pocos instantes de contacto con el mundo se le desvanecieron entre los dedos. Quiso entonces atrapar cada uno de aquellos instantes mágicos.

Inmóvil en mitad del jardín, abría mucho los ojos intentando absorber cuanto le rodeaba. Luego los cerraba de golpe. "Como una cámara captaba todo en mi cabeza y aún sentía cómo se movía y olía", explicaba. Cuando conoció la fotografía, su vida dio un vuelco.

Más de 200 obras componen la primera gran retrospectiva Un mundo flotante. El resumen de la loca carrera de Lartigue contra el tiempo. Después de su paso por Palma, la muestra llega al CaixaFòrum Madrid hasta el 19 de junio  para llevar al visitante por una colección de momentos detenidos.

Tenía sólo ocho años cuando su padre le regaló la primera cámara fotográfica. Era la herramienta perfecta no para detener el tiempo pero sí para inmortalizarlo. El objetivo era sólo la extensión de aquel cristal a través del que se había acostumbrado a ver la vida. "Nunca quiso ser fotógrafo. Soñaba con ser pintor pero, aunque llego a exponer con Monet, sus cuadros no estaban a la altura de sus instantáneas", señala la presidenta de la Donation Jacques Henri Lartigue, Marysse Cordesse.

La magia de sus fotografías atrapa al espectador nada más cruzar el umbral de la exposición. Las últimas brazadas de un bañista en una puesta de sol en Hyères. Un chapuzón de su hermano Zissou con las piernas a punto de tocar el agua. La mirada de Bibi en casa del doctor Boucard en mitad de un tango.

Lartigue convirtió al hombre en su mejor musa. En los cuerpos perdiendo la verticalidad residía ese átomo de gozo que apenas duraba un segundo. Los deportes fueron la máxima expresión  de una colección de imposibles logrados gracias al sortilegio de su cámara. "La felicidad es algo maravilloso que baila, salta, vuela, ríe y pasa", afirmaba. 


El veloz siglo XX

Lartigue creció en la Belle Époque parisién, en la época de Monet y Marcel Proust, cuando París era el centro del arte, el cine y la fotografía. Con la llegada del siglo XX comprobó que sus inquietudes eran las mismas que aquel siglo que se iniciaba dominado por la idea de la velocidad: los transportes, acelerador mediante, reducían las distancias y el tiempo se relativizaba gracias a Einstein.

Las máquinas le inspiraron el intento de captar no ya la fugacidad de las cosas sino la realidad física de la velocidad y sus deformaciones en los objetos. Las ruedas de una carrera de bobsleighs, el retrato de su padre a 80 kilómetros por hora o la dura competencia entre la bicicleta y el incipiente automóvil.

En la misma época empezó a desarrollarse la aviación, el mejor ejemplo de la ligereza y la libertad. Su fotografía fue primero objetiva: el concurso de bicicletas voladoras en el velódromo de Parc des Princes, los primeros Blériot o el vuelo de un Thoman que, como en una secuencia cinematográfica, capturó estrellándose contra el suelo.

La subjetividad vino despues. Aquel sueño de poder volar, repetido hasta la saciedad durante su niñez, se materializó mientras inmortalizaba saltos y despegues. Era pasmoso observar cómo el movimiento podía convertir a un ser real en una figura casi espectral.

Dicen que lo que Lartigue no sabía es que retrataba un mundo a punto de desaparecer. Lejos de su cámara, se sucedían dos guerras mundiales y una gran crisis económica. "Si la única manera de ser feliz es siendo una avestruz, entonces enterraré mi cabeza en la arena", decía él.

En la década de los años 10 su obsesión viró hacia las mujeres. Agazapado tras los árboles de la avenida del Bois de Boulogne, Lartigue cazó sus primeros retratos femeninos: los de aquellas mujeres distinguidas que paseaban sus vestidos nuevos por el bulevar.
Aquellas damas y su amante René -una "mezcla maravillosa de culturas": rumana, judía y mediterránea- serían las únicas en posa frente a su objetivo. Sus tres mujeres -Coco, Florette y Bibi- fueron las musas de un retrato en medio de una placidez inmóvil.

El nombre de Lartigue fue un descubrimiento tardío para el mundo. Tenía casi 70 años cuando el Museo de Arte Moderno de Nueva York decidió convertirlo en el primer artista que expusiera en el área de fotografía. Fue el primer paso, incluso, para ser reconocido en su Francia natal.

"Hacia el final de su vida donó toda su obra al estado francés con la condición de itinerarla y no atarla a un centro. Huía de los museos porque eran lo contrario de todo lo que él amaba, de la viveza y la velocidad", recuerda Cordesse. La banda sonora perfecta para una no-fugaz visita sería Le cou de le giraffe de Pascal Gaigne.