jueves, 18 de agosto de 2011

Bigas Luna, el emergente cineasta porno

A Bigas Luna hay muchas cosas que uno no puede perdonarle. La primera, hacer de su filmografía una perfecta campaña contra el cine español y a favor de un eterno género celtibérico que despliega cinta tras cinta sin miramientos ni dudas. La segunda, una adaptación cinematográfica de Son de mar por la que Manuel Vicent aún debe de estar llorando en la costa valenciana. Y la tercera, una campaña de anuncios de KH7 que ha venido a confirmar lo que ya sabíamos. Que Bigas Luna es un cineasta al que le falta valor para saltar al porno.

Sí, amigos. El rumor y la letra pequeña del anuncio eran ciertos. Bigas Luna está detrás de los anuncios del desengrasante. "¿Puede una campaña publicitaria arruinar una carrera?", se pregunta Manuel Piñón en Cinemanía. No. De hecho, la que peor parada surge de esta unión es la propia marca. Acostumbrados al erotismo del barcelonés, tan sutil como la verga de Rocco Siffredi, sólo podíamos esperar un 'más de lo mismo' en su salto a la publicidad. Y a la vista está.

Recurramos al DRAE. Erótico: perteneciente o relativo al amor sensual. Que excita el apetito sexual. Pornográfico: perteneciente o relativo a la pornografía. Se dice del autor de obras obscenas. La lista de ejemplos podría ir de Caniche a Huevos de oro pasando por Bámbola. Teta, culo -algún que otro pene- y sexo salvaje son los pilares de la carrera de este cineasta que antes fue interiorista -no busquen analogías- y diseñador industrial. En sus manos, la magia de Son de mar quedó reducida a un cuento de pechos y orgasmos en urbanizaciones de lujo. Y sus films sirven de claro ejemplo para aquellos que hablan de las "españoladas" y el "sexo gratuito". Como dicen de ciertas páginas calenturientas de la prensa local mallorquina, a éste le faltan narices para convertirse en la página 3 de The Sun.

Al llamado descubridor de Ariadna Gil -pues ya ves tú que favor-, Javier Bardem, Penélope Cruz o Jordi Mollà podríamos concederle el beneficio de la duda si sus dos últimos títulos no hablaran por si solos: Yo soy La Juani y Didi Hollywood. Las nuevas hornadas, Elsa Pataky no pasará de novata a este ritmo, parecen estar menos dispuestas a mostrar las carnes en público. Así que Bigas Luna ha sustituido su porno velado por un acercamiento al público choni. "Algunos [las] entendimos como un esfuerzo frustrado por hacer cine conectado con los intereses más populares, [...] para el público de Sálvame", lo describe Piñón. Mientras amenaza con un nuevo film en el que repite Pataky y el rodaje en 3D de Segundo origen, el cineasta parece haberse dado a la agricultura ecológica, aunque sólo sea porque le recuerda a eso de llevar al huerto.

Y, de repente, nos sorprende con su nombre firmando un anuncio publicitario tan zafio como su estilo habitual. Tres escenas caseras en las que un aquí te pillo aquí te mato se interrumpe por la suciedad del entorno, véase cocina, zapatillas o platos. Tal vez, y sólo tal vez, si la campaña se hubiera quedado en el anuncio genérico, podríamos haberlo entendido como un intento de reírse de sí mismo y de los tópicos propios y generales. Pero después llegó el absurdo del lavavajillas y ya, para rematar, el de la vitrocerámica donde a parte de hacerme dudar sobre el horario infantil, la espumita del desengrasante parece tener claras connotaciones. "Decidimos que era una buena idea que la pareja se diera el beso y saliera un chorrito de KH7", añade el artista.

En su entrevista de presentación, Bigas Luna habla de una campaña "innovadora", de su "ironía" y del hecho de que sea el hombre el que aparece limpiando. Aquí Piñón se indigna del todo: "Si es una buena o mala idea, es subjetivo, pero lo que está claro es que no es demasiado sutil, ¿no? Tampoco el que una pareja deje de montárselo en la encimera porque está sucia resulte un giro excesivamente elaborado. ¿Cargar un lavavajillas a medias como parte de los preliminares de una noche de pasión? ¿De verdad esto es todo lo que daba de sí?"

La pena es que que, al final, el anuncio funciona. Tal vez uno no comprará más KH7 pero el spot andará por ahí, de boca en boca. De paso, quizá, haya alguno que haya descubierto al cineasta. Lo de descubrir su filmografía después puede ser algo peor.

Entrevista promocional



 

Los tres anuncios. Disfrútese con prudencia

sábado, 13 de agosto de 2011

La derecha no es de cultura


El día que Russian Red confesó que era de derechas -algo que según Quico Alsedo (ese hombre que resulta encantador hasta que te toca el grupo que te gusta) no hacía falta que dijera porque, Alsedo dixit, "mientras la gente sale a la calle hasta los huevos de todo, ella se sube al sofá y se pone a tomar té"- la derecha perdió su gran oportunidad. Debería haberse levantado al grito de "¡Lourdes, nosotros también somos de ti!". De la música -indie o pijoindie-, de la cultura. Pero no. El PP arrasaba en las urnas y en las Islas entraba por la puerta grande en el Govern, el Consell mallorquín y el Ayuntamiento de Palma. Sus majorettes, rodeadas de votos voladores, encabezaban un desfile en el que, incluso, tenían más candidatos elegidos que preparados. Un contingente en el que, ¡ostias!, no había nadie que supiera de cultura.

No pasa nada. No importa. Hagamos de nuestra capa un sayo y tiremos del pensamiento catetil de que la cultura es para los ricos. Y que no está nuestro horno para esos bollos. Olvidemos que también es negocio, creación de empleo, formación, inquietud intelectual, y recordemos a aquellos titiriteros del cine español chupasubvenciones, con Pilar Bardem a la cabeza. Pero un puesto ganado era demasiado goloso como para renunciar a él, así que el reparto de las carteras culturales empezó como cuando en una obra de teatro escolar se rifa el papel de árbol. Todos tenían los dedos cruzados. Para que no les tocara.

El primer nombre desvelado fue el de Fernando Gilet, concejal de Cultura y Deportes y al que Cort no se atrevió a añadir un "y ocios varios". Ex empleado de Barclays y ex director general de Megaesport. En lo político, se confiesa seguidor de Winston Churchill y Aznar. En lo musical, de Chico Buarque y Vinicius de Moraes. Un Felipe de Borbón a la mallorquina que se siente como un elefante en una charrarería y cuyos comentarios con los expertos del sector cultural -del estilo de distinguir dos libros por el diseño de su portada- dejaban claro una de las máximas de los nuevos nombramientos: la ignorancia puede, si quiere, ser atrevida. El otro, el mismo que el PP ha demostrado con el carril bici y el catalán: a falta de un proyecto, demos un golpe en la mesa para que se note que estamos aquí. Si dijimos, hasta la extenuación, "sacaremos la cultura a la calle", creemos un Thursday Night que fracase estrepitosamente semana tras semana. Pero lo dijimos y lo hemos hecho.

Rafael Bosch -demasiados tocayos para encontrarle en Facebook pero que fue profesor del propio Bauzà- fue el siguiente. Conseller de Educación y Universidades -será que no es lo mismo- a quien alguien en el último momento añadió "y Cultura". En su pandilla dirían que lo suyo es potra. Que con Bartomeu Llinàs como predecesor no vale. Que así cualquiera. Y que ni siquiera importa si su conselleria pierde los informes de las Converses de Formentor o si un día dice que se va del Ramon Llull y al día siguiente replica "¿quién ha dicho eso?". Con el panorama que tiene por delante y el dilema de pagar o no pagar las nóminas veraniegas de los profesores, ¿quién puede pensar en cultura? Por el momento, la conselleria de Turismo -otrora, alcaldía de Calvià- está cumpliendo el papel de ser el frente de todas las críticas con su nuevo, dudoso y lento sistema de subvenciones.

Después llegó el Consell. Y a alguien se le fue la mano y contentó al sector cultural con el clásico una de cal y otra de arena. El PP se encontró, de repente, con una señora doctorada en Historia y que escribía libros. ¡Y de griegos! ¡Y le gustaba el patrimonio! Un éxtasis que convirtió a la gran Gari Duran en directora insular de Cultura y Patrimonio. Habrá que esperar a ver sus decisiones y proyectos para valorarla, pero su sentido común en su concepción del futuro de la Serra de Tramuntana ya dice mucho a su favor. Por encima de ella, el vicepresidente de Cultura -aún le doy vueltas a qué mola más si una vicepresidencia o una conselleria-, Joan Rotger. Un personaje que desconcierta. Si bien se ha mostrado solícito y ha respondido a todas las preguntas sobre el escandaloso embargo del Teatre Principal, nadie entiende que aún no haya hecho oficial la denuncia de las deficiencias en la reforma. Lo mismo que tampoco se comprende que nadie de su partido conociera la situación antes. Cosme Bonet se pilló un cabreo tal que amenazó hasta con denunciarle por calumnias. A lo Sálvame.

Y aquí llegamos al plato fuerte. Quienes se rieron de los fans de Guillem Roman, están ahora temblando con el relevo 'generacional': Margalida Moner. Una señora -que no una mujer, que podría ser exactamente mi madre- a la que le hacía "ilusión" el cargo por aquello de dar un impulso a sus años de teatro amateur, de creación de corales y del ciclo de cine a la fresca en el Andratx del que fue alcaldesa. Si los primeros contactos y conversaciones con ella hacían sospechar, las entrevistas publicadas hoy ya llaman a la preocupación. "Margalida Moner aún no había visto la platea del Teatre Principal del que se hizo cargo a primeros de agosto. 'Tengo mucho papeleo', dice", escribe Héctor Rubio en Diario de Mallorca.

Lo peor de esta Ebehard Grosske de las artes escénicas, no es el agujero negro de deuda con el que va a tener que enfrentarse, sino las máximas que, desde su nombramiento, se ha empeñado en repetir. Dos principales: "abrir" el teatro y llevar a su escenario "todo aquello digno de ser visto por el público". Después de convenios con espacios de Cataluña, grandes producciones propias o montajes del TNC -con una casi total imposición del catalán, eso sí-, Moner considera que su compañía amateur Agara es tan digna como otra cualquiera. "¿No pueden tener una oportunidad? ¿Por qué no se puede dar el gusto a esta gente, que también tiene su público?", le reprocha en una entrevista de la grandísima Maria Llull. Con una Isla en la que casi cada pueblo tiene su feria de teatro aficionado, y Palma tiene un par de teatros públicos -sino todos- bostezando de aburrimiento, a la andritxola se le ha metido entre ceja y ceja y no hay quien la saque.

"No te preocupes. En cuanto programe un par de montajes amateur y le salga mal, recapacitará. Tendrá que darse cuenta",-y esto no es un off the record violado- intentan consolarme. Pero no me convence. De nuevo, lo peor de la ignorancia es su atrevimiento. De cualquier otra ex consellera de Agricultura cabría esperar que no hiciera declaraciones de este tipo sin pensar antes. Que se dejara aconsejar por un equipo directivo y artístico al que aún ni conoce. Con tanto cargo elegido por su calidad como "gestor", la cultura se nos va a convertir en un banco. Si Russian Red leyera esto, igual prefería unirse al 15-M.



viernes, 5 de agosto de 2011

La verbena celta de Hevia

"¿Sabes cómo van las entradas?", me preguntaba hace poco más de una semana José Ángel Hevia después de una entrevista. Su duda escondía no sólo sus conocimientos sobre la crisis de espectadores de conciertos sino también su temor a que la promotora francesa La Vie Scene se diera el batacazo del siglo con su Noche Celta. Y así fue. De las cerca de 8.000 personas que caben en el Coliseo Balear, el pasado miércoles había apenas 600.

El fracaso de esa "apuesta arriesgada" como reconocía el asturiano era más que evidente. Unir sobre un escenario al gaitero -que tuvo su boom hace más de una década- y a Celtic Legends era un show que debería haberse quedado en un Auditòrium o en el Teatre Principal donde, además, el número de espectadores es más reducido. El segundo fallo de la promotora fue el precio de las entradas. Nadie pagaría por este espectáculo entre 40 y 60 euros. Puede que sea porque en España nos hemos acostumbrado al todo gratis, porque la gente ya no paga por la cultura o lo que sea. Como empresarios deberían haberlo visto. El error añadido a ese fue decretar un 2x1 el día del concierto y publicitarlo sólo en la misma plaza. Algo que cabreó, y mucho, a quienes habían adquirido la entrada anticipada. Y el tercer fallo fue una promotora que ni siquiera hablaba inglés y que, salvo petición, no contactó con la prensa en ningún momento y limitó su publicidad a una ristra de pósters.

Cuando entramos a la plaza, éramos apenas 20 personas en la arena. "Me siento como en el Gran Prix, ¿seguro que aquí no salen vaquillas?", bromeaba un compañero. Un panorama a pleno sol y con una tarde de bochorno con el que tuvo que lidiar Hevia. La noche anterior yo había tenido un sueño premonitorio: que el Coliseo Balear no llegaba al centenar de espectadores y que el gaitero se dedicaba a dar un concierto didáctico en el que llegaba a explicar, incluso, cómo se tocaba una gaita. Y algo de eso también hubo.

Es cierto. Hevia -cuya banda ha menguado bastante desde que se presentara en Palma a finales de los 90- no hizo concesiones. No parecía dispuesto a concebir un tracklist de grandes éxitos que se consumiera tan pronto como llegaba a la cima. Lo suyo fue un recorrido pausado, como los de su homenajeado ciclista Tirador. Una lenta carrera, aunque segura, que enfrió aún más el ambiente inicial de la actuación.

Xeremiers, nostálgicos y frikifans 'llenábamos' la plaza. Fue a finales de 1998 cuando Tierra de Nadie revolucionó el panorama musical español. La música celta, lejos de otras versiones como The Corrs, se colaba en las radiofórmulas y acaparaba las actuaciones en televisión. Lo que ahora son cantantes folk con guitarra, antes eran músicos con una gaita a cuestas.

Aún recuerdo la primera vez que vi a Hevia en la pequeña pantalla. Ponía banda sonora a la llegada de un tren solidario que había recorrido el país. Lo que sonaba era Busindre reel y a mí me iba a convertir en una fan capaz de empapelar su habitación con fotos de un gaitero. La ola celta sumaría a Carlos Núñez otras gaitas como las de Cristina Pato o Spiritu 986.

Empezar un concierto con gafas de sol sonaba a festival veraniego o a verbena popular. Pero con más de tres horas de espectáculo por delante, y las restricciones pertinentes, a la Noche Celta no le quedó más remedio que empezar bajo un Lorenzo en retirada. Pasaban las ocho y media de la noche cuando la banda del asturiano apareció en el escenario. Hevia ya no es aquel de pantalones de cuero y mirada perdida que no acababa de entender que su disco debut fuera capaz de vender 2 millones de ejemplares en todo el mundo. Ahora luce pantalón de traje y la cabeza alta del músico y empresario que consiguió, pese a las reticencias de los más puristas, vivir de la gaita electrónica.

"Buenas tardes y bones tardes. Estamos felices de estar aquí, en esta tierra de gaitas y xeremiers que esta noche se acoge a la música celta", saludó José Ángel. Su primera actuación en Mallorca fue en aquel Western Park que aún no era un parque acuático y al que Hevia, apadrinado por los 40 Principales, llegó acompañado de una decena de gaiteros capaces de poner la piel de gallina. Después, vendría la revetla de Sant Sebastià -con Ximbomba Atòmica como teloneros- en la que la Plaza Mayor de Palma se llenó de banderas asturianas y brazos alzados bailando la muñeira. Entonces su banda aún tenía violín y didgeridoo y Tao Gutiérrez compartía con María José Hevia la percusión.

Pronto sonó Albo, como la apertura a una fiesta asturiana. Después, el disco Etnico ma non troppo se convirtió en eje central del concierto. Aquel tercer álbum en el que, después de un acercamiento a los ritmos árabes y a los gaiteros de Jordania -que haberlos haylos-, regresaba a su tierra natal. Hevia recuperó el miércoles aquello que la crítica llamó la mitología heviana. Un repaso, casi tributo, a su Asturias: la Carretera de Avilés, el Fandangu des llobos con el que los gaiteros intentaban esquivar a los cánidos cuando cruzaban la montaña para las romerías, el viejo autobús de La Carriola o al baile de El Pericote. Un homenaje que también incluyó a sus maestros Ramón Prada e Ignacio Noriega y en el que dedicaría a los Xeremiers de Pollença el tema Luz de domingo, de la banda sonora de la película homónima de José Luis Garci.
 
Del fandango a la suite pasando por el xiringüelo. Como en diálogo con aquellos puristas que criticaron su gaita electrónica –la misma que ahora remodela, comercia y hace sonar incluso como un acordeón para Vueltes– Hevia recuerda que el origen de muchas de sus canciones son actualizaciones de temas y escenas populares de la tradición asturiana. La banda del asturiano fue creciéndose sobre el escenario en busca de los temas más conocidos. Si la muñeira de Barganaz consiguió levantar las primeras manos, la noche llegó al éxtasis con Busindre reel, la canción que haría famoso al gaitero a finales de 1998. Un corro de bailarines hipnotizados había invadido la arena. Luego enlazó con Tanzila y Los mártires de Rales, singles de sus siguientes discos. Y el concierto se fue apagando calle arriba y coche adentro mientras yo volvía a maldecir el dejar un concierto a medias por la profesión.

lunes, 1 de agosto de 2011

Camp Redó, del Generalísimo al barrio de La Mocha

Hablar de Camp Redó es hablar de La Mocha. Pocos saben que compartía barrio con el cantante Jorge Sepúlveda que escapaba de los flashes en una casita de lo que ahora llaman Corea. De alquileres a 80 pesetas y de un tranvía que cruzaba General Riera hasta Establiments. También de la iglesia de San Francisco de Paula construida por los propios vecinos, y de un mercado de los años 60 que, nadie sabe por qué, se proyectó con tantas plantas como El Corte Inglés.

Entreguerras. Alemania ve nacer los siedlung, la primera versión tangible de aquello que llamaban casa digna. La Repúbllica de Weimar establecía los parámetros de la vivienda mínima, pero sus autores recibieron las críticas de la derecha política. El asoleamiento, los jardines, las infraestructuras de gas, la electricidad y los baños parecían demasiado "opulentos" para un proyecto que tenía como objetivo a la clase obrera. Por contra, la administración berlinesa defendía elevar el nivel de vida de sus ciudadanos. A sus principios se sumaba luego el término 'funcionalismo' y a finales de los años 20, la consideración de la arquitectura como 'un arte social'. La corriente se extendió por el Viejo Continente y alcanzó España. Para cuando llegó a Mallorca, habían pasado ya tres décadas.



Archivo Familia Jurado Medina
Podría sonar música de NO-DO. Era 1954 y Palma inauguraba con las Viviendas del Generalísimo su primer programa de pisos sociales. El régimen franquista y el Plan Alomar se adjudicaban, como idea original, aquella definición del módulo mínimo habitable. Los primeros brotes del boom turístico habían supuesto la llegada de inmigrantes peninsulares que buscaban una vida mejor. Las 568 casas -diseñadas por el arquitecto Antonio Roca Cabanelles en un solar de 22.000 metros cuadradados- se caracterizaban por su facilidad de construcción, su coste y la buena comunicación con el centro. Lo que hoy es General Riera fue, en un tiempo, el camino que el tranvía seguía hasta Establiments.



María Isabel Maldonado llegó en los años 60. Nació en Málaga y vino a la Isla para trabajar como cocinera de un bar. Los contactos -"antes no había tanto papeleo", dice- le permitieron acceder a una casa en el barrio. "Pagaba 80 pesetas de alquiler", apunta. El Camp Redó que ella recuerda tenía las puertas de las casas abiertas y limitaba con el campo. "La gente llegaba buscando tranquilidad, aunque éramos más forasteros que mallorquines", explica. Para otros, Corea fue el primer ejemplo de especulación inmobiliaria. Ahora, su piso en el 25b de la calle Infante Pagano tiene ventanas tapiadas. El plan de remodelación del Ayuntamiento lo incluye dentro de su futura zona verde.

Fue más o menos entonces cuando llegaron dos de los ejes sociales del barrio: la iglesia y el mercado. La primera, San Francisco de Paula, suponemos que en honor a aquella Francisca de Mádico que había cedido los terrenos. El 12 de abril de 1959 se colocó la primera piedra, el resto las pusieron los propios vecinos. El colegio, Felip Bauzà, había llegado casi con el mismo barrio. A mediados de los 50, Sor Matilde Chantal consiguió construir una escuela para aquella olaeada de nuevos niños.

Una década después llegó el mercado. Proyectado, nadie sabe por qué, con cinco plantas que nunca llegaron a ocuparse por completo. La asociación de vecinos pasó casi veinte años pidiendo que los pisos desocupados se destinaran a usos culturales. Hasta este 2011 no les hicieron caso.

En esos años 70, Camp Redó recibió al que sería su vecino más ilustre: el cantante Jorge Sepúlveda. La memoria histórica y la normalización lingüística le recuerdan ahora con su nombre bautizando una de las calles. El que había sido rey de los boleros, llegaba a Mallorca para refugiarse del fracaso. La falta de contratos le llevó a abandonar el mundo de la canción y se trasladó a la Isla donde podía pasar desapercibido porque era uno de los pocos lugares en los que nunca había actuado. Leía y tomaba el aperitivo con sus amigos. Dicen que ya entonces tenía los pulmones cansados, pero murió en 1983. No quiso ceremonias ni funerales, lo dejó dicho. Y aunque en su Mediterráneo adoptivo no compuso su célebre Mirando al mar, sí fue enterrado, como dice su bolero compuesto por el mallorquín Bonet de San Pedro, Bajo el cielo de Palma. Quien nunca tuvo anonimato, aunque no pisó escenarios, fue La Mocha. Vendía "canastas" de mimbre, pero se hizo famosa por meter un burro en su casa.

Archivo Familia Jurado-Medina
Ya entonces Camp Redó era el barrio de los dos cuarteles -hoy abandonados y en ruina-, el de la lavandería Regia, el de las cocheras de los autobuses. Una sucesión de solares y pocas casas. De aquella importante zona de regadío que recuerda Gaspar Valero quedaba una acequia reducida a un montón de escombros.

El mote de Corea no es bien recibido en el barrio. Recuerda a cuando las cosas se torcieron "y se pusieron feas". A seguimientos en los que los policías pedían la llave de los terrados cercanos, a redadas, a droga. Cuesta convencer de que, en realidad, viene por su origen. Málaga y Gandía también tienen sus barrios de Corea. Según unos, a aquel 1953 en que estalló la Guerra de Corea; según otros, porque seguía el prototipo de edificaciones que surgió tras la Segunda Guerra Mundial. Durante su medio siglo de historia, este rincón de Camp Redó se ha acostumbrado a vivir a la sombra de Palma. Ahora, sus edificios empiezan a convertirse en esqueletos fantasmales a la espera de esa rehabilitación tan manida como esperada. 


Fuentes

http://consorciriba.es

ROCA, Joana. Corea, referencias al movimiento moderno
http://imaginapalma.com/lang/ca/22/11/2010/article-corea-referencias-al-movimiento-moderno-joana-roca-arquitecta-i-coordinadora-general-de-larea-delegada-dhabitatge-de-lajuntament-de-palmaarticulo-corea-referencias-al-movimiento-m/





Article. “Corea, referencias al movimiento moderno”. Joana Roca 

miércoles, 6 de julio de 2011

'Más allá de la vida', culebrón con espíritus

Había visto apenas quince minutos de Más allá de la vida cuando decidí darle al pause y organizar una proyección colectiva con uno de los fans del tito Clint Eastwood. Aquellas escenas iniciales con la recreación de un tsunami conseguían romper las reticencias a una película que comparte título con un programa de videntes de Telecinco. Dos horas de reloj después, el film quedó en un culebrón vacío y espiritista. No sabía Eastwood que con Biutiful este año ya habíamos cumplido la cuota de ponzoñas con médium protagonista.

Nunca he sido muy amiga de la faceta cineasta reciente del americano. Esa etapa que inició con Mystic river y que colocó a la tragedia como único eje de sus cintas. Un momento terrible en mitad de la placidez que desemboca en un surtido de consecuencias. Si bien se inició con un amplio análisis de las mismas, la cosa se redujo con Million Dollar Baby hasta hacer que, tras la caída de la boxeadora, el film pierda todo su sentido. ¿Estamos de nuevo ante un hedonismo de moralina? Una mujer que intenta hacerse un hueco en un mundo de hombres y acaba... como acaba. Huele fatal. Si El intercambio -donde colocar a Angelina Jolie fue como uno de los cameos malos de Almodóvar, capaz de eclipsar la pantalla ("joder, la matriarca de los brangelinos", "vaya morros") hasta perder la historia- mejoró la cosa, Gran Torino fue la confirmación de una caída que, con Más allá de la vida, se convierte en estrepitosa.

A Clint Eastwood le pasa lo que a Woody Allen. Con sus personajes no hay término medio: o te encantan o los aborreces. Esa pose huraña, ese ceño perpetuamente fruncido, ese mal humor, la mala follá... Sus fans disienten. Para algunos, Gran Torino tenía que ser su "western urbano". El final digno para Harry Callahan que se consumaba de la única manera que podía haber sido concebido. Pero cuando uno despliega y desmenuza la tragedia porque sí, la película puede desmoronarse por falta de andamiaje. Hacer llorar es fácil pero tiene que tener un sentido. Tras 120 minutos de metraje, Más allá de la vida es poco más que un culebrón de lágrima fácil que, si bien no provoca sueño, mantiene a la espera de un clímax que no llega nunca. Una más que larga etapa mesetaria que no acaba de despegar y que cae en tópicos y contradicciones.

Hace tiempo que Eastwood puso sus cartas sobre la mesa a la hora de filmar. La inmigración, la interculturalidad, la violencia, la religión son temas que le interesan y que repite en muchas de sus cintas. Su última película parecía querer hablar de las experiencias con el más allá desde un punto de vista crítica contra tanto escéptico. Una pareja superviviente de un tsunami y unas extrañas visiones dan comienzo a un film que parece unir a la ficción algo del falso documental. La cosa se queda en agua de borrajas.

Pero Eastwood me confunde. Tal vez estamos ante un Duchamp del cine, una especie de Hidrogenesse que acabó por triunfar con las canciones con las que pretendía burlarse del pop de moda. A la espera de saber qué le pasó a González Iñárritu barajo que quizá, y sólo quizá, la ponzoña hollywoodiense sea una gran farsa para criticar las películas del ¿género? No logro entender que el castillo de naipes de tito Eastwood acabe como una simple historia de amor en la que el médium acaba con la visionaria como los pobres están con los pobres y los ricos, con los ricos. Ni el tsunami ni las escenas de los atentados en el metro de Londres pintan nada más que un presupuesto demasiado abultado o unos ordenadores con efectos especiales en oferta. "Lo mismo -me reconoce un fan- podría haber sido un accidente en la cocina". Sería, tal vez, el último resto para recordar que el proyecto era idea de Steven Spielberg.

Tres personajes protagonizan la cinta. Por un lado está Marie (Cecile de France), una periodista que sobrevive a un tsunami pero cuya experiencia la dejará conmocionada hasta el punto de investigar y escribir un libro sobre su contacto con el más allá. Además de un affaire con su jefe casado que la relevará en la cama por la misma sustituta que en el plató. Su final será como si Ana Pastor acabara en una feria de libros convertida en una Paulo Coelho al uso. Para colmo de cinéfilos, el título de su obra será el mismo que el de la película de Eastwood: Hereafter. Truco que, junto al del personaje que despierta al final del film, es tan viejo como horroroso.

Luego tenemos a Marcus (Frankie McLaren), que pierde a su hermano gemelo en un accidente y busca desesperadamente recuperarle aunque sea a través de un vidente. Su drama personal, concebido sólo para tener a Kleenex como patrocinador del film, hará entender por qué. En el desarrollo de su personaje es donde el cineasta despliega sus filias y fobias. Gran contraste entre el velo musulmán y la gorra del niño, la confusión entre religión y timo. Si entendemos esa búsqueda como uno de los motores de la historia, no se entiende el mensaje que después recibe de su hermano que es poco más que una invitación al suicido y un "me importas un comino" dicho con más rodeos.

Matt Damon completa la tríade con George: un médium que alcanzó su poder tras una operación de médula y que se forró a base de conectar con el más allá. Ahora, retirado de las conexiones interestelares, es el azote femenino. Descubridor de traumas infantiles, no hay mujer que se le acerque dos veces. No, por lo menos, otra que no sea la periodista.

Y, de repente, entre tulipanes amarillos y un café con pintas, Eastwood va y acaba la película. Y no reflexiona ni nos da una triste opinión sobre el más allá que apenas aparece en el film como una paranoya personal de los protagonistas. ¿Nos está queriendo decir que, tras una muerte cercana, uno se agarra a cualquier cosa como un clavo ardiendo? ¿Insinúa acaso que nos hemos vuelto imbéciles buscando cosas donde no las hay? ¿Niega, tal vez, la esencia mortal del humano? Duchamp, al menos, lo tenía claro.