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lunes, 6 de febrero de 2012

Larga vida al 'microarte' (y su fiebre)

Santi Celaya y Miquel Torrens en 'Merceria' | Cati Cladera
En Mallorca hay pocas iniciativas que dependan del público y consigan triunfar. El mallorquín -más aún si la ola siberiana aprieta- es hogareño por naturaleza, conocedor de que la Part Forana echa el cierre a eso de las 7 de la tarde y demasiado 'suyo' como para ir a un sitio al que irán cuatro gatos y formar parte del cuarteto. Así que cuando alguien pega el pelotazo y triunfa, el éxito le pilla tan desprevenido que se desmonta mientras intenta asumirlo. Bastaron dos ediciones de Microteatre -otrora también Teatríntim- para que el trío de Lydia Miranda, Albert Comas y Joan Porcel se desmontara mientras uno reclamaba la independencia. Y, de paso, los derechos del negocio.

Las causas de la ruptura son ambiguas, contradictorias y complementarias. La división entre seguir con el formato con el que debutaron u optar por el local estable que ya habían anunciado escondía, en realidad, una polémica mayor. Por un lado, la división de tareas entre quien tiene los contactos del mundo teatral y quienes, al parecer, inician el proyecto. Luego, la ausencia del castellano en un panorama de las artes escénicas más que acostumbrado a ello, hizo el resto. "A mí lo que me parece radical es imponer cuotas. Yo dejo que los autores escriban en la lengua que quieran", dice Porcel. Pero no deja de ser cierto, y tal vez lamentable, que la oferta teatral de la Isla en castellano se limite a las compañías que llegan de la Península. Algunas, muchas, de dudoso gusto y calidad. El bilingüismo ha desaparecido y los escritores también lo demostraron en la gala de los Ciutat de Palma.

Cuando uno del trío va y se lleva, como de hurtadillas, la idea y la vuelve a poner en marcha a bombo y platillo, la cosa se complica. Y fue Joan Porcel quien quiso renombrar el proyecto como Microteatre y convertirlo en una plataforma que, a través de las bases del microteatro, sirviera para reivindicar o reflexionar sobre determinados aspectos de la sociedad actual. El consumismo sería, y fue, el primero.

Lina Mira, Joan Porcel y J.M. Vadell | El Somni
Durante seis días las galerías Velázquez resucitaron en el corazón de Palma. Un espacio entre la degradación y la ruina vestigio de la caída del 'micro' comercio. Peluquerías, agencias de viaje, cafeterías. Tiendas de antaño que esconden bajo sus persianas la magia escenográfica de lugares detenidos en el tiempo. Sacarles jugo teatral no iba a ser difícil.

Por suerte la reflexión no se convirtió en proclama o panfleto, y la tercera edición del Microteatre -que llegó acompañada de la edición de todos los textos presentados hasta el momento y cafetería con micropinchos- produjo una nueva hornada de brillantes piezas. Nada como volver a ver a Santi Celaya y Miquel Torrens en esa comedia triste escrita por Pep Ramon Cerdà, 'Merceria'. El ex director general de Teatro se sumaba como debutante a una iniciativa en la que repetían, entre otros, el gran Álex Tejedor. Fan absoluta de (casi) todo lo que toca, volvió a brindar un drama cruel y terrible donde la víctima, el culpable y la locura bailan una danza casi macabra bautizada como 'Mati'. Mi sesión terminó con la risa y los momentos únicos de la mano de Lina Mira y Joan Manel Vadell interpretando 'Què en saps tu de perruqueries de dona?' de Albert Herranz.

Fuera o no motivo de disputa, el formato -lejos de la idea de buscar un local estable- ha vuelto a demostrar su eficacia. Entradas agotadas y sesiones completas casi cada día. Y Porcel ya tiene la vista puesta en el medio plazo con dos nuevas ediciones en la manga. La próxima llegará en marzo con Microteatre per ficció en algunos de los antiguos platós de Nova Televisió e IB3. Nada como los propios actores para reivindicar aquellas series que, acertada o desacertadamente, acabaron cercenadas de la noche a la mañana. Como 'Águila Roja' pero sin continuación en la nevera. La magia se trasladará ya entre abril y mayo a los Jardines de Alfabia con la danza como tema. Una vuelta de tuerca más al experimento que puede abrir más la mente de gran parte del público.

Una obra de 'Petita forma' | Deu cèntims
Mientras El Somni Microteatre desgrana en Facebook sus propuestas, ya hay quien se le adelanta y le crea hermanos pequeños por todas partes. El microteatro va a acabar por regirse, también, por las leyes de la oferta y la demanda. Irónico es recordar ahora que el trío inicial estuvo a punto de llegar a los tribunales por aquello del copyright del negocio.

Los primeros en apuntarse al carro han sido los de la compañía Deu Cèntims. Xisca Puigserver, Irene Soler y Lluís Valenciano son los tres ex alumnos de la ESADIB que, como algunos de sus compañeros, han decidido crear su propia compañía, además productora. Su 'Petita forma' -un microteatre con otro nombre- comenzó en junio del año pasado. Ca na Currusca, Cala Estància o Palmanyola son algunos de los lugares por los que ya han pasado. Su último asalto fue la floristería El jardín de las delicias en la Avenida Argentina.

A la versión danzarina se ha adelantado ya Cati Carrasco de la mano de Dansaprop. "Cuatro piezas donde el lenguaje es el cuerpo, donde cuatro mujeres nos cuentan su historia. Cuatro espacios íntimos y un público cercano". Así explicaban la iniciativa que comenzaba ayer sábado en Can Danús, un centro para la creación ubicado cerca de la plaza del Mercat. La propia Cati Carrasco interpretaba 'Bocado de realidad'; Valeria Pintos, 'Cumpliendo folios'; Leticia Hoz bailaba en 'Extrañas lealtades'; y Amaia Ruiz cerraba con 'Destartalar'. ¿Demuestra esto el auge de aquello de reinventarse o quizá es apuntarse a lo que otro ya probó? Sabiendo, eso sí, que Madrid siempre fue el origen. Habrá que esperar para ver cómo se desarrollan estas alternativas a un panorama oficial que, entre recortes e incertidumbres, se viene abajo cada día un poco más.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Teatríntim, el pequeño refugio para el gran teatro

By Jordi Avellà
Lo pintan crudo. Azul oscuro casi negro.Tras años de agonía incesante, el sector teatral parece haber sufrido la estocada final. Un partido aprueba, un día antes de las elecciones, (¿sabiendo que iba a perderlas?) la convocatoria de ayudas a proyectos escénicos y otro la suprime al poco de llegar al poder. La puntilla a subvenciones no pagadas que arrastran desde 2008 y que les han obligado a contar con un dinero tan irreal como los billetes del Monopoly. Y, por fin, una bofetada al sistema. Un punto sobre la i de quienes pensaban que la cultura sólo tenía sentido como un ente inválido y dependiente de las instituciones, cuando en realidad hace tiempo que muchos dejaron de creer en sus promesas. La capital contagia a Mallorca el gran proyecto alternativo de la época. Microteatro por dinero es un modelo en el que inspirarse para después crecer y proclamar la independencia bajo el dulce y seductor nombre de Teatríntim.

La noche otoñal cae sobre la bahía de Palma. En algún lugar casi en mitad de la nada, un grupo de gente comienza a hacer cola. Esperan algo. De repente, se hace la luz. Una suerte de parrilla cuelga sobre una ventana. Siete funciones, siete pases y siete salas. Lo que podría ser un multicine más es, en realidad, un teatro. Sin telón, ni escenario, ni platea. Sólo con las estancias de una fortaleza militar que cumple 400 años y con una afluencia creciente de público que, con el aguacero incluido, hace pensar que dentro esperan algo más que simples montajes.

El argumento no podía ser mejor. Elegir un espacio e inventarle historias. Hacer de la escenografía real, la temática. No hay mejor atrezzo que el que ya existe. Lo que en Madrid fue un burdel, fue una antigua prisión en Palma antes de saltar, ya en una segunda temporada, al castillo de San Carlos. De las celdas a las salas de un museo militar para englobar media docena de relatos bajo el lema Teatríntim de guerra i pau. El éxito arrollador de su presentación en sociedad, ése que les dejó sin entradas y con protestas por la afluencia de público, impactó por igual a quienes asistieron y a quienes no. Los primeros seguían saboreando el regusto de lo visto. Los segundos, la alegría por una Palma viva capaz de movilizarse por algo tan ¿impopular? ¿elitista? ¿alienado? como el teatro y hasta un lugar tan atípico como una antigua prisión. Superado el shock del momento sabían que tarde o temprano regresarían.

Joan Porcel, Lydia Miranda y Albert Comas fueron los culpables de iniciar el proyecto. Las cabezas pensantes de un sector cansado y debilitado ante tanto mensaje negativo. El formato llegaba de la pionera Madrid, aunque hay quien mira más atrás para citar el teatro por horas que Antonio Riquelme ideó ya en el XIX. Al precio de tres euros por representación, el espectador asiste a microobras de entre 10 y 15 minutos que se repiten de forma continua con un descanso de cinco minutos. El tiempo justo para aplaudir, salir de la sala y buscar en otra estancia el próximo objetivo. Un buffet teatral para todos los paladares donde él, con apenas siete u ocho personas de público, se siente alguien único.

Sí. Teatríntim es un laboratorio para la interpretación. Un reto constante con un sprint de 15 minutos y un impasse de cinco. Un ensayo-error acelerado. La posibilidad, para un actor, de explorar los terrenos a los que el teatro convencional -ese de telón, escenario y platea- no llega. Pero también es un desafío para el espectador. De repente, la barrera entre quien actúa y quien mira se diluye hasta reducirse a apenas unos milímetros. Centímetros tal vez. Al pudor que provoca esa intimidad inicial le sigue el arrebato de percibir una obra con todos los sentidos. De oler el teatro. Y nunca un polvorín había olido tanto a polvorín.

Tras los ideólogos llegaron los autores. Marta Barceló, Álex Tejedor, Jaume Miró, Pere Fullana, Joan Fullana, Albert Herranz y Xavier Uriz. Siete personajes que no dudaron en sumarse al proyecto y poner una historia a cada una de las siete salas del castillo de San Carlos. Mateu Grau, Rodo Gener, Xisco Segura y Sergi Baos se añadieron en calidad de directores de siete montajes que partían de la guerra y lo militar para trazar un drama, una comedia o una historia romántica. Todo lo que pueda caber entre dos actores, siete espectadores y diez metros cuadrados.

Para los periodistas el aperitivo llega antes. La premierese de dos obras como anuncio de lo que está por venir. En lo que antes fue un aljibe y después un almacén de armas, Lluqui Herrero y Marta Barceló construyen en Germanes de sang un relato escrito sobre el límite. El que separa la vida y la muerte, la verdad de la mentira, la admiración de la envidia, la fe de la traición. Una huida en mitad de un conflicto bélico acabará por ser poco más que una excusa argumental para hablar de otras mil cosas. Marga López y Pedro Mas van a por el segundo plato con una comedia trágica de título impronunciable: Weltanshauung II. Un científico nazi y su esposa y secretaria en mitad de los estudios en un campo de concentración que pondrán en tela de juicio las prioridades del ser humano, las eternas y pequeñas miserias del día a día y cómo los problemas conyugales pueden afectar a su principal actividad: el exterminio. El espectador verá hecha añicos la barrera con el actor hasta convertirse en un sujeto más de estudio que, en mi caso, no valía "ni per fer sabó".

Ya vestidos con paraguas de domingo, sigue el trajín de platos en el castillo. Ahora son Santi Celaya y Rodo Gener quienes abren el apetito con una comedia expléndida tan costumbrista como plagada de futuribles de esos que, al final, se cumplieron. Una batería de costa es el escenario en el que dos jóvenes militares especulan con una posible invasión de Baleares por los americanos. Una historia revisionista en clave de humor, con patriotismo y franquismo de por medio, de la que Rodo se sale... ¡y por la puerta grande!

En la quiniela de la programación el plan dicta saltar al drama de la mano de Xim Vidal y Miquel Àngel Torrens. Dos personajes en el extremo y una tragedia -con guión del gran Álex Tejedor- que no deja de planear sobre la angustia aunque su contenido vaya variando de lo que se intuía a lo que es. Un capitán y un comandante, un padre y un hijo o las dos caras de la locura a la que lleva la guerra o la enfermedad. De nuevo, un brillante ejercicio sobre la verdad y la mentira con interpretaciones excelentes. Una trama de confusiones sobre la que también indagarán Juanma Falcón y David Navarro en En el niu de l'etern retorn. Un nido de ametralladora, dos hombres, dos frentes y una doble traición para recordar aquello de la relatividad del mal en tiempos de guerra.

Cuatro días después, Teatríntim vuelve a cerrar sus puertas. Crecido e independizado pero con las mismas aspiraciones que su hermanastro mayor madrileño: conseguir un local estable en el que garantizar la continuidad del proyecto y la programación. Por suerte los mallorquines aún no hablan de doblegarse, de nuevo, al sistema de la subvención. Ése que obliga a gastar antes que uno sepa, si quiera, si tiene opción a cobrar. Miro el panorama y pienso que esta bofetada al sistema tradicionalista y politizado del teatro merece y debería perpetuar su carácter titiritero. Parte de su magia reside en ver con otros ojos la ciudad que nos rodea. ¿Cuántas obras no podrían hacerse en las salas del Casal Solleric, en las del Castillo de Bellver, en Can Marqués, en la Universidad, en un supermercado o hasta en un ambulatorio en desuso? Cualquier rincón es bueno para proclamar la independencia de hacer las cosas como uno quiere. Para resguardar al malherido pero palpitante teatro.