viernes, 10 de febrero de 2012

S'any de sa neu: aquella nevada del 56

Los ojos se aceleran aún bajo los párpados y la fase REM se diluye en un segundo. Los oídos se destaponan en mitad del sueño. "¡Está nevando!", escuchan. Y nieva. Pero no como la fina lluvia de copos blancos de otras veces. Al pequeño busto de piedra en el balcón del vecino se le ha dibujado una elegante boina blanca que parece espuma. Los coches se tapan y en los tejados desaparecen las tejas. Y sigue nevando. Se esconde la hierba y la Tramuntana se convierte en una subsede alpina. Se cortan carreteras y se congelan los aviones. No se ha visto nada igual desde 1956. Las portadas de los periódicos recuerdan la efemérides. Y en una casualidad casi perfecta, alguien recuerda que han pasado justo 56 años desde aquél que pasó a la historia como S'Any de sa neu.

Hace más de medio siglo. Un frente de aire siberiano alcanzó España en la mayor ola de frío que el país había sufrido desde finales del siglo XIX, justo cuando comenzaron las modernas predicciones meteorológicas. Fue la tormenta perfecta. Un gran anticiclón se extendió sobre las islas británicas y Escandinavia hasta Siberia. El frente cerró el paso al aire suavizador del Atlántico. Un tapón del que Agustí Jansà -director del Centro Territorial de la Agencia Estatal de Meteorología en Baleares- resume sus consecuencias: el aire eurosiberiano quedó aislado y acabó impulsado hacia la Península ibérica y el Mediterráneo occidental.

Pero la #siberia56 no fue una, sino varias. "Sería mejor hablar de dos o tres que se acumularon durante más de 20 días", aclara el catedrático de Geografía Física de la Universidad Autónoma de Barcelona, Javier Martín Vide. La primera (del 2 al 4 de febrero) fue la más fría junto con la segunda (del 10 al 12) fueron las más frías. La mínima absoluta fueron los -32 grados del Estany Gento, un observatorio de alta montaña en Pallars (Lleida). Su récord sigue imbatible.

La prensa se revolucionó. "Un año sin naranjas aboca al país a la falta de divisas", abrían los noticiarios radiofónicos. Los diarios derrocharon creatividad en sus descripciones. "Nuestras calles y nuestros campos son como una cebolla, que va engordando superponiendo capa sobre capa", publicaba Diario Montañés sobre Torrelavega. "En La Rioja Baja, el río Linares se heló varios días y los chicos iban a patinar". "Ayer amaneció otra vez la ciudad soplándose la punta de los dedos", decía La Vanguardia sobre Barcelona.

En Baleares el termómetro bajó por primera vez de 0 grados el 3 de febrero. La mínima histórica de Palma llegó el 12 de febrero con -3,5 grados; pero durante la gran siberiana, el aeropuerto llegó a marcar los -10º. "Creo que la nevada se prolongó durante una semana más o menos. Lo que ha caído estos días no es nada comparado con aquello", asegura el geólogo Andreu Muntaner. En Manacor la nieve alcanzaba dos palmos y medio. En Alcúdia y Formentor, 50 centímetros de grosor. Todo después de un mes de enero con un tiempo primaveral.

Había muchos menos coches en las calles, pero los pueblos quedaron igualmente aislados. "En Palma hoy en día se produce un microclima que antes no había. Las calefacciones, el movimiento de coches... todo contribuye a subir la temperatura en el interior de la ciudad", explica el geólogo. Quienes estaban en Lluc -que llegó a los -13,5 grados- y en las possessions de la Serra, quedaron incomunicados. Pero, para Muntaner, quienes lo pasaron peor fueron los militares de la base del Puig Major que se quedaban totalmente aislados porque no había máquinas quitanieves.

El frío se hizo sentir también en las casas. "En el interior de las viviendas era espantoso porque muchas se hacían con marès, una material que absorbe la humedad", recuerda Muntaner. La calefacción eléctrica era un lujo, y las estufas de butano también eran pocas. La mayoría combatía el frío con braseros.

En Sa Pobla, Miquel López Crespí recuerda que en los corrales se ubicaba, también, la leñera. "Nunca había miedo de pasar frío", asegura. Las gavillas eran de almendro o de los pinos de la zona de Aucanada o cualquier lugar de la bahía de Alcúdia , "entonces sin hoteles".

A las reservas de víveres ayudaron los hornos familiares que aún tenían algunas casas y en las que madres y abuelas hacían pan. "Las carnicerías no mataban porque estaba todo parado. La gente hacía las matanzas en su casa y mataba al gallo del corral. Hasta el punto de que casi no quedaron gallos. Gallinas no, porque se necesitaban los huevos", rememora Sebastià Ferrer. Hubo quien también encontró el punto de vista positivo. "S'Any de sa neu mató a la mosca y los olivos no tuvieron carcoma. Era marzo y aún recogíamos aceituna. Fue el año que estuvo mejor el aceite de Capdepera", aporta Mateu Orpí. "Hoy la grisácea techumbre ha puesto una luminosidad exótica sobre Mallorca", describían los periódicos.

lunes, 6 de febrero de 2012

Larga vida al 'microarte' (y su fiebre)

Santi Celaya y Miquel Torrens en 'Merceria' | Cati Cladera
En Mallorca hay pocas iniciativas que dependan del público y consigan triunfar. El mallorquín -más aún si la ola siberiana aprieta- es hogareño por naturaleza, conocedor de que la Part Forana echa el cierre a eso de las 7 de la tarde y demasiado 'suyo' como para ir a un sitio al que irán cuatro gatos y formar parte del cuarteto. Así que cuando alguien pega el pelotazo y triunfa, el éxito le pilla tan desprevenido que se desmonta mientras intenta asumirlo. Bastaron dos ediciones de Microteatre -otrora también Teatríntim- para que el trío de Lydia Miranda, Albert Comas y Joan Porcel se desmontara mientras uno reclamaba la independencia. Y, de paso, los derechos del negocio.

Las causas de la ruptura son ambiguas, contradictorias y complementarias. La división entre seguir con el formato con el que debutaron u optar por el local estable que ya habían anunciado escondía, en realidad, una polémica mayor. Por un lado, la división de tareas entre quien tiene los contactos del mundo teatral y quienes, al parecer, inician el proyecto. Luego, la ausencia del castellano en un panorama de las artes escénicas más que acostumbrado a ello, hizo el resto. "A mí lo que me parece radical es imponer cuotas. Yo dejo que los autores escriban en la lengua que quieran", dice Porcel. Pero no deja de ser cierto, y tal vez lamentable, que la oferta teatral de la Isla en castellano se limite a las compañías que llegan de la Península. Algunas, muchas, de dudoso gusto y calidad. El bilingüismo ha desaparecido y los escritores también lo demostraron en la gala de los Ciutat de Palma.

Cuando uno del trío va y se lleva, como de hurtadillas, la idea y la vuelve a poner en marcha a bombo y platillo, la cosa se complica. Y fue Joan Porcel quien quiso renombrar el proyecto como Microteatre y convertirlo en una plataforma que, a través de las bases del microteatro, sirviera para reivindicar o reflexionar sobre determinados aspectos de la sociedad actual. El consumismo sería, y fue, el primero.

Lina Mira, Joan Porcel y J.M. Vadell | El Somni
Durante seis días las galerías Velázquez resucitaron en el corazón de Palma. Un espacio entre la degradación y la ruina vestigio de la caída del 'micro' comercio. Peluquerías, agencias de viaje, cafeterías. Tiendas de antaño que esconden bajo sus persianas la magia escenográfica de lugares detenidos en el tiempo. Sacarles jugo teatral no iba a ser difícil.

Por suerte la reflexión no se convirtió en proclama o panfleto, y la tercera edición del Microteatre -que llegó acompañada de la edición de todos los textos presentados hasta el momento y cafetería con micropinchos- produjo una nueva hornada de brillantes piezas. Nada como volver a ver a Santi Celaya y Miquel Torrens en esa comedia triste escrita por Pep Ramon Cerdà, 'Merceria'. El ex director general de Teatro se sumaba como debutante a una iniciativa en la que repetían, entre otros, el gran Álex Tejedor. Fan absoluta de (casi) todo lo que toca, volvió a brindar un drama cruel y terrible donde la víctima, el culpable y la locura bailan una danza casi macabra bautizada como 'Mati'. Mi sesión terminó con la risa y los momentos únicos de la mano de Lina Mira y Joan Manel Vadell interpretando 'Què en saps tu de perruqueries de dona?' de Albert Herranz.

Fuera o no motivo de disputa, el formato -lejos de la idea de buscar un local estable- ha vuelto a demostrar su eficacia. Entradas agotadas y sesiones completas casi cada día. Y Porcel ya tiene la vista puesta en el medio plazo con dos nuevas ediciones en la manga. La próxima llegará en marzo con Microteatre per ficció en algunos de los antiguos platós de Nova Televisió e IB3. Nada como los propios actores para reivindicar aquellas series que, acertada o desacertadamente, acabaron cercenadas de la noche a la mañana. Como 'Águila Roja' pero sin continuación en la nevera. La magia se trasladará ya entre abril y mayo a los Jardines de Alfabia con la danza como tema. Una vuelta de tuerca más al experimento que puede abrir más la mente de gran parte del público.

Una obra de 'Petita forma' | Deu cèntims
Mientras El Somni Microteatre desgrana en Facebook sus propuestas, ya hay quien se le adelanta y le crea hermanos pequeños por todas partes. El microteatro va a acabar por regirse, también, por las leyes de la oferta y la demanda. Irónico es recordar ahora que el trío inicial estuvo a punto de llegar a los tribunales por aquello del copyright del negocio.

Los primeros en apuntarse al carro han sido los de la compañía Deu Cèntims. Xisca Puigserver, Irene Soler y Lluís Valenciano son los tres ex alumnos de la ESADIB que, como algunos de sus compañeros, han decidido crear su propia compañía, además productora. Su 'Petita forma' -un microteatre con otro nombre- comenzó en junio del año pasado. Ca na Currusca, Cala Estància o Palmanyola son algunos de los lugares por los que ya han pasado. Su último asalto fue la floristería El jardín de las delicias en la Avenida Argentina.

A la versión danzarina se ha adelantado ya Cati Carrasco de la mano de Dansaprop. "Cuatro piezas donde el lenguaje es el cuerpo, donde cuatro mujeres nos cuentan su historia. Cuatro espacios íntimos y un público cercano". Así explicaban la iniciativa que comenzaba ayer sábado en Can Danús, un centro para la creación ubicado cerca de la plaza del Mercat. La propia Cati Carrasco interpretaba 'Bocado de realidad'; Valeria Pintos, 'Cumpliendo folios'; Leticia Hoz bailaba en 'Extrañas lealtades'; y Amaia Ruiz cerraba con 'Destartalar'. ¿Demuestra esto el auge de aquello de reinventarse o quizá es apuntarse a lo que otro ya probó? Sabiendo, eso sí, que Madrid siempre fue el origen. Habrá que esperar para ver cómo se desarrollan estas alternativas a un panorama oficial que, entre recortes e incertidumbres, se viene abajo cada día un poco más.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Teatríntim, el pequeño refugio para el gran teatro

By Jordi Avellà
Lo pintan crudo. Azul oscuro casi negro.Tras años de agonía incesante, el sector teatral parece haber sufrido la estocada final. Un partido aprueba, un día antes de las elecciones, (¿sabiendo que iba a perderlas?) la convocatoria de ayudas a proyectos escénicos y otro la suprime al poco de llegar al poder. La puntilla a subvenciones no pagadas que arrastran desde 2008 y que les han obligado a contar con un dinero tan irreal como los billetes del Monopoly. Y, por fin, una bofetada al sistema. Un punto sobre la i de quienes pensaban que la cultura sólo tenía sentido como un ente inválido y dependiente de las instituciones, cuando en realidad hace tiempo que muchos dejaron de creer en sus promesas. La capital contagia a Mallorca el gran proyecto alternativo de la época. Microteatro por dinero es un modelo en el que inspirarse para después crecer y proclamar la independencia bajo el dulce y seductor nombre de Teatríntim.

La noche otoñal cae sobre la bahía de Palma. En algún lugar casi en mitad de la nada, un grupo de gente comienza a hacer cola. Esperan algo. De repente, se hace la luz. Una suerte de parrilla cuelga sobre una ventana. Siete funciones, siete pases y siete salas. Lo que podría ser un multicine más es, en realidad, un teatro. Sin telón, ni escenario, ni platea. Sólo con las estancias de una fortaleza militar que cumple 400 años y con una afluencia creciente de público que, con el aguacero incluido, hace pensar que dentro esperan algo más que simples montajes.

El argumento no podía ser mejor. Elegir un espacio e inventarle historias. Hacer de la escenografía real, la temática. No hay mejor atrezzo que el que ya existe. Lo que en Madrid fue un burdel, fue una antigua prisión en Palma antes de saltar, ya en una segunda temporada, al castillo de San Carlos. De las celdas a las salas de un museo militar para englobar media docena de relatos bajo el lema Teatríntim de guerra i pau. El éxito arrollador de su presentación en sociedad, ése que les dejó sin entradas y con protestas por la afluencia de público, impactó por igual a quienes asistieron y a quienes no. Los primeros seguían saboreando el regusto de lo visto. Los segundos, la alegría por una Palma viva capaz de movilizarse por algo tan ¿impopular? ¿elitista? ¿alienado? como el teatro y hasta un lugar tan atípico como una antigua prisión. Superado el shock del momento sabían que tarde o temprano regresarían.

Joan Porcel, Lydia Miranda y Albert Comas fueron los culpables de iniciar el proyecto. Las cabezas pensantes de un sector cansado y debilitado ante tanto mensaje negativo. El formato llegaba de la pionera Madrid, aunque hay quien mira más atrás para citar el teatro por horas que Antonio Riquelme ideó ya en el XIX. Al precio de tres euros por representación, el espectador asiste a microobras de entre 10 y 15 minutos que se repiten de forma continua con un descanso de cinco minutos. El tiempo justo para aplaudir, salir de la sala y buscar en otra estancia el próximo objetivo. Un buffet teatral para todos los paladares donde él, con apenas siete u ocho personas de público, se siente alguien único.

Sí. Teatríntim es un laboratorio para la interpretación. Un reto constante con un sprint de 15 minutos y un impasse de cinco. Un ensayo-error acelerado. La posibilidad, para un actor, de explorar los terrenos a los que el teatro convencional -ese de telón, escenario y platea- no llega. Pero también es un desafío para el espectador. De repente, la barrera entre quien actúa y quien mira se diluye hasta reducirse a apenas unos milímetros. Centímetros tal vez. Al pudor que provoca esa intimidad inicial le sigue el arrebato de percibir una obra con todos los sentidos. De oler el teatro. Y nunca un polvorín había olido tanto a polvorín.

Tras los ideólogos llegaron los autores. Marta Barceló, Álex Tejedor, Jaume Miró, Pere Fullana, Joan Fullana, Albert Herranz y Xavier Uriz. Siete personajes que no dudaron en sumarse al proyecto y poner una historia a cada una de las siete salas del castillo de San Carlos. Mateu Grau, Rodo Gener, Xisco Segura y Sergi Baos se añadieron en calidad de directores de siete montajes que partían de la guerra y lo militar para trazar un drama, una comedia o una historia romántica. Todo lo que pueda caber entre dos actores, siete espectadores y diez metros cuadrados.

Para los periodistas el aperitivo llega antes. La premierese de dos obras como anuncio de lo que está por venir. En lo que antes fue un aljibe y después un almacén de armas, Lluqui Herrero y Marta Barceló construyen en Germanes de sang un relato escrito sobre el límite. El que separa la vida y la muerte, la verdad de la mentira, la admiración de la envidia, la fe de la traición. Una huida en mitad de un conflicto bélico acabará por ser poco más que una excusa argumental para hablar de otras mil cosas. Marga López y Pedro Mas van a por el segundo plato con una comedia trágica de título impronunciable: Weltanshauung II. Un científico nazi y su esposa y secretaria en mitad de los estudios en un campo de concentración que pondrán en tela de juicio las prioridades del ser humano, las eternas y pequeñas miserias del día a día y cómo los problemas conyugales pueden afectar a su principal actividad: el exterminio. El espectador verá hecha añicos la barrera con el actor hasta convertirse en un sujeto más de estudio que, en mi caso, no valía "ni per fer sabó".

Ya vestidos con paraguas de domingo, sigue el trajín de platos en el castillo. Ahora son Santi Celaya y Rodo Gener quienes abren el apetito con una comedia expléndida tan costumbrista como plagada de futuribles de esos que, al final, se cumplieron. Una batería de costa es el escenario en el que dos jóvenes militares especulan con una posible invasión de Baleares por los americanos. Una historia revisionista en clave de humor, con patriotismo y franquismo de por medio, de la que Rodo se sale... ¡y por la puerta grande!

En la quiniela de la programación el plan dicta saltar al drama de la mano de Xim Vidal y Miquel Àngel Torrens. Dos personajes en el extremo y una tragedia -con guión del gran Álex Tejedor- que no deja de planear sobre la angustia aunque su contenido vaya variando de lo que se intuía a lo que es. Un capitán y un comandante, un padre y un hijo o las dos caras de la locura a la que lleva la guerra o la enfermedad. De nuevo, un brillante ejercicio sobre la verdad y la mentira con interpretaciones excelentes. Una trama de confusiones sobre la que también indagarán Juanma Falcón y David Navarro en En el niu de l'etern retorn. Un nido de ametralladora, dos hombres, dos frentes y una doble traición para recordar aquello de la relatividad del mal en tiempos de guerra.

Cuatro días después, Teatríntim vuelve a cerrar sus puertas. Crecido e independizado pero con las mismas aspiraciones que su hermanastro mayor madrileño: conseguir un local estable en el que garantizar la continuidad del proyecto y la programación. Por suerte los mallorquines aún no hablan de doblegarse, de nuevo, al sistema de la subvención. Ése que obliga a gastar antes que uno sepa, si quiera, si tiene opción a cobrar. Miro el panorama y pienso que esta bofetada al sistema tradicionalista y politizado del teatro merece y debería perpetuar su carácter titiritero. Parte de su magia reside en ver con otros ojos la ciudad que nos rodea. ¿Cuántas obras no podrían hacerse en las salas del Casal Solleric, en las del Castillo de Bellver, en Can Marqués, en la Universidad, en un supermercado o hasta en un ambulatorio en desuso? Cualquier rincón es bueno para proclamar la independencia de hacer las cosas como uno quiere. Para resguardar al malherido pero palpitante teatro.

martes, 18 de octubre de 2011

Uto Palace, el hotel fantasma

Una mole de cristales duerme en un rincón de Joan Miró. Donde antes hubo banderas, sólo queda un puñado de mástiles apuntando al cielo. Una entrada antigua, de esas de columnas y toldo roído, lo anuncia. A simple vista, el Uto Palace parece un hotel inmerso en el letargo del fin de temporada. Pero sus cuatro estrellas desteñidas hablan de su estancamiento en el olvido turístico. Una mirada a través de su puerta principal, flanqueada por un cámara de seguridad que ya nadie vigila, muestra las impresionantes vistas al mar de un establecimiento que ha pasado de encarnar el lujo a ser un símbolo más en la degradación creciente de Cala Major.

En la calle perpendicular, una valla azul que algún día colocó la policía local parece anunciar la escalera que se esconde detrás. Las ramas secas llenan los escalones de un camino al que la maleza dejó sin vistas. En apenas un par de metros, la vieja terraza queda al descubierto. Reducida a un charco, la piscina acumula latas de bebida, hamacas, cajas y botes. Enfrente, el acceso directo al mar -que aún aprovecha algún bañista atrevido- del que un día presumió el Uto Palace. La plataforma de piedra que hace años le enfrentaron a la Demarcación de Costas, sigue convirtiéndose en escombro. A uno y otro lado, las terrazas de hoteles y apartamentos vecinos siguen mirando impasibles al Mediterráneo. Nadie parece preocuparse por la agonía del gigante turístico.

Volver la espalda al mar es descubrir el Uto Palace en toda su envergadura. La naturaleza ha recuperado el espacio que olvidó el hombre. Sus dos edificios, con más de una decena de plantas, se alzan por detrás del follaje. Como los restos de un Pripyat reconquistado por el verde. Un enorme ficus oculta entre sus ramas bajas lo que antes fue la zona infantil. Dos columpios oxidados y unas paralelas junto al camino de piedra recuerdan su pasado.

A un lado, tras las ventanas rotas, se abre la cafetería y el comedor, pero habrá que regresar de nuevo a la piscina y bordearla para tener acceso. Sólo el vuelo de las palomas y el viento golpeando los balcones de las habitaciones rompen el silencio.

¿Qué pasó con el Uto Palace? ¿Cuándo quedó obsoleto el lujo de sus 4 estrellas? ¿Se anticipó el hotel a una crisis que ya presagiaba? Sobre la barra de la cafetería se acumulan las pocas pistas que deja el edificio. Una carta con los precios de los platos para la barbacoa recuerda que en 2005 seguía abierto. A su alrededor, posavasos, servilleteros y portacartas repiten una y otra vez el logo del hotel. Bajo los pies, cascotes y bricks de leche vacíos y abandonados. Por encima de la cabeza asoman los restos de los cables que alguien arrancó a través de un agujero en el techo.

Unos pasos más y una nueva puerta lleva al comedor. Sus ventanas apuntan directas a la vegetación que ha crecido fuera como si la sala estuviera interna en la misma selva. No hay mesas, ni bandejas o vasos olvidados. Sólo una silla apostada en un rincón y la entrada a la cocina, que precede un ventanuco alargado. En su alféizar de madera se acumulan, cubiertas de polvo, las cartas de vino. Dentro, los muebles metalizados ennegrecidos dibujan la sombra entre los restos de azulejos blancos.

Una barra de madera divide el salón. A su espalda, entre restos de tierra y sacos rotos, se desparraman restos de las flores y las plantas de plástico que sirvieron de adorno. Maceteros de piedra se erigen como obstáculos hasta el mueble cercano. En sus cajones aún quedan los menús de la pizzería Barbarroja. Allí, junto al cartel que recuerda los horarios de desayuno, comida y cena, termina la cara amable del hotel. El espacio que un valiente mediocre se atrevería a cruzar.

Al salir y cruzar la frontera, el pasillo se bifurca. Enfrente, un ramo de rosas blancas de plástico yace a medio camino entre el comedor y la pared del fondo. Dos estrechos y antiguos ascensores se levantan al final. A la izquierda aún aparece un tercero con las puertas abiertas y un letrero que indica que la recepción está en el piso superior.

El pasillo de la derecha, en el que aún resta aparcado un antiguo carro metálico para bandejas, se intuye más corto antes de la próxima bifurcación. A un lado, los indicadores de los baños. Al otro, la cristalera de entrada a la piscina climatizada. El hueco de su puerta entreabierta y un agujero en los cristales estallados permiten espiar en su interior. De nuevo, ventanales blindados por la naturaleza y una piscina construida como una terma: con unas rocas sobre la esquina y un paisaje pintado como telón de fondo. A la espalda, una puerta anuncia la entrada a la sauna. Dentro, sólo una nueva puerta se acierta a ver entre la oscuridad. Es allí, plagada de incertidumbres, donde acaba la primera visita. Quedan puertas por abrir y los vestigios de las antiguas habitaciones por explorar.

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lunes, 3 de octubre de 2011

Agnès Llobet y la 'Prova' superada

Tiene el cuerpo menudo, la cara redondeada y los ojos profundos y oscuros. Como de ángel atormentado. Y dudo, desde el atrevimiento que da la ignorancia, que Agnès Llobet hubiera tenido antes la oportunidad de enfrentarse a un personaje de este calibre. Un texto de David Auburn -con Premio Pulitzer y Tony- no es garantía suficiente a la hora de que Prova se estrene en los escenarios mallorquines. Una débil estructura y todo el peso de ese gran texto caería sobre los hombros de su reparto como un castillo de naipes. En manos de Agnès Llobet, Catherine se convierte en el pilar de una obra que crece a cada minuto. Que desgarra en el drama para aterrizar después en la leve comedia. Que finge ser tan actual y natural como el vecino de cualquiera para luego instaurarse con toda la gravedad de un personaje histórico. Con tantos matices y riquezas como este montaje que va de las cuestiones más pequeñas a las eternas dudas de siempre.

Caía el telón y Agnès Llobet seguía llorando. Hacía rato que los focos habían revelado que la actriz mallorquina se había esfumado del escenario. Que ya sólo había personaje. Un personaje capaz, incluso, de enfrentarse a un flashback teatral. ¿Y cómo hacerlo con la única herramienta del propio cuerpo? Cuando la obra comienza en el borde mismo del abismo y lo que sigue no parece más que una caída. Recomponerse, desde el fondo del drama, para salir a la superficie y contar cómo comenzó la historia.

A apenas un kilómetro del centro de souvenirs y restaurantes de quinta categoría, el Auditori de Peguera acoge el estreno del nuevo montaje de TIC Teatre. No son compañía. Sólo una productora que confía en actores y directores cada nuevo proyecto que presenta. Es Emilià Carilla quien afronta la dirección del texto de Auburn. El argumento parece, tal vez, sencillo. Catherine y Claire tienen que enterrar a su padre, un eminente matemático, después de una agonía mental. Hall, discípulo ejemplar del padre, busca cualquier material que pueda iluminar su reputación académica. Pero eso es solo el resorte del resto.

Prova es una enorme madeja de la que no dejan de salir hilos. La delgada línea entre el talento, la capacidad intelectual y la locura. Esa mente maravillosa que, de repente, se desconecta y desvaría. Esa caída en picado otorga a Miquel Gelabert los mejores momentos de una interpretación que, en la primera escena y embutido en un traje, se antoja encorsetada. La escena de su escritura obsesiva a la intermperie y tapado únicamente por una sábana es simplemente brillante. Ese momento en que un gran hombre no es nada más que un enfermo indefenso. La verdad y la mentira serán terreno resbaladizo en su poder. Habrá un momento en el que nos haga creer que tras su relevancia se esconde un tirano que sólo aparece cuando cruza la puerta de su casa.

El otro vértice masculino será Hall, el discípulo que estudia ese legado loco del maestro a la búsqueda de algo brillante. ¿Por el agradecimiento debido o por la gloria propia? Pedro Mas encarna a este personaje que se mueve entre la constante desconfianza del público. Su nerviosismo y su dulzura le hacen ganar el favor de un espectador que después recula y le ve capaz de cualquier cosa con tal de lograr el triunfo profesional. El éxito. Un lugar en la posteridad de las matemáticas aunque sea a costa de dejar la ética enterrada en un cajón. A costa del engaño y de la seducción.

Agnès Llobet y Caterina Alorda componen el otro gran grueso de Prova. Las hermanas Catherine y Claire analizadas desde la muerte de su padre hacia el pasado. Hacia ese momento de prioridades y sacrificios en el que alguien optó por situar los intereses propios en primer lugar. Una decisión que, con la muerte del padre, toma el color de un reproche enquistado. Excelente la interpretación de Caterina que puede llevarnos del prejuicio a la realidad como un mazazo en la nuca. Envuelta en esa aura de superficialidad parece haber nacido con el personaje escrito desde la cuna.

Por último, toda la grandeza de Llobet. La que comienza como una criatura rota, con el horror a la posibilidad de una locura heredada, se transforma en una Hipatia en la sombra. En la hermana de Shakespeare que narró Virginia Woolf.  El hallazgo de una prueba matemática en el despacho del célebre matemático será el desencadenante de un nuevo juego de mentiras, de intereses de sentimientos en duda. Catherine es el eje central pero olvidado. Relegado a un papel secundario casi de observador paciente. Todo parece volar por encima de su cabeza. Y la angustia crece, se agarra, se desborda. Y Llobet, entre aplausos, silbidos y ramos de flores, sigue llorando.

Fotos: Fan Teatre

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