sábado, 10 de marzo de 2012

'La cara oculta', regreso voyeur a Manderlay

En el cine hay pocas cosas comparables a la primera vez que ves Rebeca. Si Elena Vallés decía que Io sono l'amore era como una gran ópera, la cinta de Hitchcock es como si una ópera se encerrara en una mansión. Tantos elementos y tantos matices que, cuando el The end se dibuja en la pantalla, debería guardarse el luto por lo menos un mes.

Confieso que he dado al play de La cara oculta con la certeza, que no sensación, de que no me iba a gustar. Cuando uno tiene poco tiempo para ver cine, el síndrome Boyero de  "para esto no pierdo el tiempo" se acrecenta. Error. El film de Andi Baiz es un guantazo en la cara por enteradilla. Si pensaba que era de esas cintas en las que el tráiler -además de destrozarte la historia- es mejor que la película, disfruta del gustazo de haberte equivocado.

Hace sólo unos meses que el film se estrenaba en España. Quim Gutiérrez y Clara Lago como protagonistas de lo que, en principio, era una oscura y tortuosa historia de amor. Pero La cara oculta si no es ópera, por lo menos es opereta. Un camino entre el thriller, el terror e incluso ciertos toques de comedia para descongestionar una tensión que va in crescendo y que atrapa al espectador más revenido. Más de hora y media después, me reconcilio con la cosecha del cine español de 2011.

Más de tres años de trabajo están detrás de esta coproducción hispano-colombiana con la Fox como productora. Hatem Khraiche Ruiz-Zorrilla es el autor del guión original que cayó en manos de Baiz después del estreno de su opera prima, Satanás. A una historia plagada de casualidades y del destino como explica el colombiano, le aplicó un giro de 180 grados para transformarla en un relato de personajes movidos por la pasión, la obsesión y la inseguridad. Al resultado lo bautiza como "una fábula siniestra".

La historia es la siguiente. Una chica, Belén (Clara Lago) decide poner a prueba a su novio, Adrián (Quim Gutiérrez) después de que sospeche que le es infiel. Su idea es fingir que le deja y desaparece; y encerrarse durante un tiempo en una habitación oculta en la casa en la que viven. La mansión, propiedad de un ex dirigente nazi, tenía un búnker en el que preveía refugiarse si alguien quería darle caza. "A veces me pregunto cómo reaccionaría Adrián si... no sé, me muriera", cuenta Belén inocente. Pero un error la dejara encerrada en su propia trampa.

Si fuera por la primera media hora -ésa en la que cualquier película debe de presentar todos sus elementos para intentar atrapar al espectador-, pocos aguantarían. Si de algo, lo único, peca la cinta es de hacer una introducción demasiado larga. Una sensación que aumenta después de un tráiler que prometía tensión. Adrián pasa más que rápido la depresión de la huida de su novia y se quita las penas en compañía de un nuevo ligue Fabiana, encarnada por Martina García. Y es que incluso la estructura del film mantiene la jerarquía de la historia. Las dos mujeres se convierten en los personajes principales. De manera que el arranque coincide con el primer encuentro de Fabiana y Adrián y seguirá su relación hasta que Belén haga aparición a través de la investigación de la policía por su desaparición. Será entonces cuando Clara Lago tome el relevo para contar su pasado.

En mitad de todo eso, Adrián es sólo una excusa argumental para contarlo todo. Un papel cómodo para Quim Gutiérrez que no acaba muy bien de encontrarse en el personaje. Tanto que a veces se le va totalmente y parece que estemos en Primos. De la frialdad pasa a un tono de comedia casi ridículo.

Pero La cara oculta es más que una habitación del pánico. Es la cara oculta que todos tenemos. Es la famosa sentencia de "cuidado con lo que deseas porque puedes conseguirlo". La de una Belén llevando al extremo sus celos o la de un Adrián que puede ser tan frío que resulte sospechoso. Con ella atrapada en su trampa será cuando resucite el espíritu de Rebeca. Se convertirá en un fantasma condenado a ver lo que antes era su propia vida, a través de un espejo. A la satisfacción inicial del objetivo conseguido (las lágrimas de su novio por su desaparición) le seguirá una desesperación absoluta por no poder salir de su escondite. Sobre todo cuando una nueva mujer llegue para usurpar su puesto. Entonces el fantasma cobrará más fuerza que nunca. Un Manderlay voyeur exquisito. La escena del sexo es, sencillamente, brutal.  

Si hace sólo unos días debatía sobre los papeles femeninos en el cine español y la insoportable Marta Etura, Clara Lago me demuestra que hay actrices que además de lucir saben interpretar. La gran pantalla ha visto crecer a esta jovencita que sabe escoger sus papeles cada vez mejor. Andi Baiz cuenta que para La cara oculta apenas planteó ensayos para Clara. Quería que su interpretación fuera visceral, espontánea. Y vaya si lo es. Desgarradora, angustiosa, brillante. Incluso los guiños del tipo "no sonrías puta, que no estoy muerta". Cuanto más lo pienso, más me gusta.

Sin caer en el spoiler, el desarrollo de la cinta es mejor cuantos más minutos pasan. Había mil formas de encarar un guión como éste. Y de cagarla. Pero Baiz sale más que airoso. Una vuelta de tuerca a cada momento. Una historia de fantasmas que se comunican a través del agua. Otro giro para que Adrián se convierta en el monstruo. Y otra vez los celos, la inseguridad, el miedo. El terror. Y la venganza. El último aplauso va para un final que deja satisfecho al espectador. Con cualquier otro el colombiano habría corrido el riesgo de romper la magia y caer en el ridículo. Boyero, no se lo digas a Laura pero a veces vale la pena robarle horas (con cine) al sueño.

jueves, 8 de marzo de 2012

Las hilanderas de Can Bonet

Sus hilos conservan la precisión y la maestría de una tela de araña. La perfección de sus telas, habla de un tiempo en el que el bordado cruzó la frontera entre la artesanía y el arte. La galería Lluc Fluxà exhibe ahora los vestigios de Can Bonet, un taller histórico que cuidó la calidad tanto como el diseño hasta hacer de la tienda su propio museo. Una propuesta poco frecuente en un espacio expositivo que combina una mirada hacia el patrimonio mallorquín con un nuevo punto de vista sobre qué puede ser arte.

Apenas un primer vistazo basta para convencer al espectador incrédulo. Acostumbrado a performances y vídeoarte, una exposición de grabados supone casi un viaje en el tiempo. Ya lo adelantaba Maria Lluc Fluxà tras el anuncio de su regreso al mundo de las galerías. Volvía sin intención comercial, entre asustada y decepcionada con "el desmadre del comercio artístico". La belleza y la blancura impoluta de los grabados de Can Bonet atrapan la mirada mientras el cerebro se divide entre la sorpresa y la duda de ver convertido en pieza artística lo que antes se creía doméstico. Lluc Fluxà expone 35 joyas históricas de la época dorada del taller. Una selección que va de finales del siglo XIX a mediados del XX y que permite hablar también de la incorporación de la mujer al trabajo y de los inicios del turismo en Mallorca.

Antes de ser Can Bonet a secas, Manuel Bonet Codina debutó en el mundo textil de la mano del empresario mallorquín Joan Pons. Juntos pusieron en marcha la antigua Casa Pons i Bonet fundada en 1862. Pero Bonet, catalán de nacimiento y el más pequeño de 17 hermanos, optó por emanciparse y establecerse en solitario casi cuatro décadas después.


^ FEMINISMO Y ARTE

Eran los años del impulso textil. Del trasiego de fábricas como un motor de la industria española. Una de las primeras puertas, también, a la incorporación de la mujer al trabajo. Primero, el bordado se convirtió en un elemento clave para la emancipación de mujeres solteras o de clase media que en aquella época estaban excluidas de muchas actividades industriales y comerciales. Después, su introducción paulatina en las fábricas corroboró su entrada en el mercado laboral.

Mantelerías, pañuelos, sábanas desfilaban por los talleres de Can Bonet. Pero Manuel, -"que siempre fue un visionario", como recuerda aún hoy su nieto, Alfredo Bonet- ya pensaba en algo más que el negocio. La utilidad del producto y las ventas comenzaron a compartir espacio con una nueva vertiente: la artística. Él mismo se encargó de proclamarlo y defenderlo en las páginas de la revista Mercurio: "Eduquemos, pues, a la mujer mallorquina para convertirla en verdadera artista, ya que tiene condiciones especiales para ello y esforcémonos sin descanso hasta lograr que sus trabajos obtengan artísticamente igual consideración que la pintura y la escultura".

"Manuel consideraba el bordado como un arte, y pronto empezó a guardar algunas piezas que no se vendían o que destacaban por su belleza. Su intención era crear un pequeño museo que pronto puso en marcha en la propia tienda", recuerda su nieto. Hubo, incluso, cuando mandó tejer expresamente para la exposición. "Y entonces, obligaba a coser en la propia tienda para vigilar el trabajo de cerca".

Los nombres de Ana Canaves, Coloma Capellà, Esperanza Cladera, Maria Solivellas o Catalina Sastre se pierden hoy en el entramado de hilos de sus bordados. "Esta exposición es también una manera de rendir homenaje a todas aquellas manos anónimas", afirma Maria Lluc. Sólo una de las piezas, una reproducción en nipis de 'Los comuneros' de A. Gisbert cuenta con la firma de Catalina Prats. La misma que fue premiada con la Medalla de Bronce en la Exposición Universal de Barcelona de 1888. Una técnica litográfica tan exacta que cuesta imaginársela trazada con aguja.

Pero sería en la Exposición Universal de París de 1900 en la que cosecharían mayores triunfos, con el Gran Premio y la Medalla de Oro por cuatro alegorías bordadas alusivas al comercio, las artes, la agricultura y la industria. Bordados a mano sobre seda o lino que se exponen como las joyas de la muestra Fil a fil. El tren, el barco y la balanza de pago dibujados con un detallismo asombrante para hablar del comercio. Las representaciones de la pintura, la poesía o la música para hablar de las Artes.


 ^ DE LAS CAMISAS A TEMPLE FIELDING

La ropa interior y la camisería siempre fueron la otra faceta de Can Bonet. Una vertiente que también les valió reconocimientos fuera de la Isla como la Medalla de Oro que obtuvo en la Exposición Internacional de Higiene, Artes y Oficios y Manufacturas de Madrid en 1907. Desde tres años antes, el taller se había convertido, además, en el proveedor de la Real Casa. A partir de entonces confeccionó para la Familia Real numerosas mantelerías, pañuelos y juegos de cama. 

Durante los años de la Guerra Civil fue su experiencia en la llamada roba blanca la que les ayudó a subsistir gracias a los encargos que recibían del Ejército para confeccionar ropa militar y de tropa en general.

Los años 50 supusieron un gran cambio para Can Bonet. La que hasta entonces había sido una tienda histórica y de tradición ubicada en la palmesana calle de Sant Nicolau, comenzó a tejer para un mercado de escala mundial. Eran los años en que Temple H. Fielding recorría Mallorca elaborando sus famosas guías turísticas. Afincado en la Isla -donde había comprado una casa en Formentor- promocionó el turismo en el archipiélago hasta conseguir que 130.000 norteamericanos visitaran anualmente Mallorca durante la década de los 60.

"En una ocasión le ofreció a mi abuelo contar la historia del taller en una de aquellas Guías Fielding. La primera pregunta fue '¿cuánto me va a costar?'", recuerda entre risas Alfredo Bonet. Y no sólo no le costó nada resumir la trayectoria del taller sino que multiplicó los clientes que llegaban a él. "Los días que había barco era terrible, la tienda se quedaba casi vacía. Los americanos encargaban camisas a medida por docenas y luego se les enviaban a su país", continúa. Fue el inicio de una exportación que continuó a Alemania, Francia, Inglaterra, Puerto Rico o Argentina.

De aquella fama proceden, también, las dedicatorias que artistas de renombre escribieron para Can Bonet en sus viajes y que Lluc Fluxà incluye en la muestra. Desde Pau Casals a Joan Alcover pasando por Joan Fontaine o Luis Millet. Depsués de coleccionarlas como una suerte de libro de visitas, comenzaron, también, a bordarse para la posteridad.

Los nuevos planes urbanísticos de Palma acabaron con el histórico establecimiento a finales de los 70. La familia Bonet pleiteó, en balde, con el Ayuntamiento. "Se intentó continuar con el negocio, pero un taller como aquél no tendría sentido ahora. Podían pasarse un año para bordar un pañuelo, y ahora eso es algo impensable", reconoce Alfredo. Dicen que sus famosas cristaleras lucen hoy en un restaurante neoyorquino, símbolo de aquel sueño dorado tejido a mano que un día logró cruzar a otro continente.

Fotos de los grabados: Miguel Czernikowski




viernes, 10 de febrero de 2012

S'any de sa neu: aquella nevada del 56

Los ojos se aceleran aún bajo los párpados y la fase REM se diluye en un segundo. Los oídos se destaponan en mitad del sueño. "¡Está nevando!", escuchan. Y nieva. Pero no como la fina lluvia de copos blancos de otras veces. Al pequeño busto de piedra en el balcón del vecino se le ha dibujado una elegante boina blanca que parece espuma. Los coches se tapan y en los tejados desaparecen las tejas. Y sigue nevando. Se esconde la hierba y la Tramuntana se convierte en una subsede alpina. Se cortan carreteras y se congelan los aviones. No se ha visto nada igual desde 1956. Las portadas de los periódicos recuerdan la efemérides. Y en una casualidad casi perfecta, alguien recuerda que han pasado justo 56 años desde aquél que pasó a la historia como S'Any de sa neu.

Hace más de medio siglo. Un frente de aire siberiano alcanzó España en la mayor ola de frío que el país había sufrido desde finales del siglo XIX, justo cuando comenzaron las modernas predicciones meteorológicas. Fue la tormenta perfecta. Un gran anticiclón se extendió sobre las islas británicas y Escandinavia hasta Siberia. El frente cerró el paso al aire suavizador del Atlántico. Un tapón del que Agustí Jansà -director del Centro Territorial de la Agencia Estatal de Meteorología en Baleares- resume sus consecuencias: el aire eurosiberiano quedó aislado y acabó impulsado hacia la Península ibérica y el Mediterráneo occidental.

Pero la #siberia56 no fue una, sino varias. "Sería mejor hablar de dos o tres que se acumularon durante más de 20 días", aclara el catedrático de Geografía Física de la Universidad Autónoma de Barcelona, Javier Martín Vide. La primera (del 2 al 4 de febrero) fue la más fría junto con la segunda (del 10 al 12) fueron las más frías. La mínima absoluta fueron los -32 grados del Estany Gento, un observatorio de alta montaña en Pallars (Lleida). Su récord sigue imbatible.

La prensa se revolucionó. "Un año sin naranjas aboca al país a la falta de divisas", abrían los noticiarios radiofónicos. Los diarios derrocharon creatividad en sus descripciones. "Nuestras calles y nuestros campos son como una cebolla, que va engordando superponiendo capa sobre capa", publicaba Diario Montañés sobre Torrelavega. "En La Rioja Baja, el río Linares se heló varios días y los chicos iban a patinar". "Ayer amaneció otra vez la ciudad soplándose la punta de los dedos", decía La Vanguardia sobre Barcelona.

En Baleares el termómetro bajó por primera vez de 0 grados el 3 de febrero. La mínima histórica de Palma llegó el 12 de febrero con -3,5 grados; pero durante la gran siberiana, el aeropuerto llegó a marcar los -10º. "Creo que la nevada se prolongó durante una semana más o menos. Lo que ha caído estos días no es nada comparado con aquello", asegura el geólogo Andreu Muntaner. En Manacor la nieve alcanzaba dos palmos y medio. En Alcúdia y Formentor, 50 centímetros de grosor. Todo después de un mes de enero con un tiempo primaveral.

Había muchos menos coches en las calles, pero los pueblos quedaron igualmente aislados. "En Palma hoy en día se produce un microclima que antes no había. Las calefacciones, el movimiento de coches... todo contribuye a subir la temperatura en el interior de la ciudad", explica el geólogo. Quienes estaban en Lluc -que llegó a los -13,5 grados- y en las possessions de la Serra, quedaron incomunicados. Pero, para Muntaner, quienes lo pasaron peor fueron los militares de la base del Puig Major que se quedaban totalmente aislados porque no había máquinas quitanieves.

El frío se hizo sentir también en las casas. "En el interior de las viviendas era espantoso porque muchas se hacían con marès, una material que absorbe la humedad", recuerda Muntaner. La calefacción eléctrica era un lujo, y las estufas de butano también eran pocas. La mayoría combatía el frío con braseros.

En Sa Pobla, Miquel López Crespí recuerda que en los corrales se ubicaba, también, la leñera. "Nunca había miedo de pasar frío", asegura. Las gavillas eran de almendro o de los pinos de la zona de Aucanada o cualquier lugar de la bahía de Alcúdia , "entonces sin hoteles".

A las reservas de víveres ayudaron los hornos familiares que aún tenían algunas casas y en las que madres y abuelas hacían pan. "Las carnicerías no mataban porque estaba todo parado. La gente hacía las matanzas en su casa y mataba al gallo del corral. Hasta el punto de que casi no quedaron gallos. Gallinas no, porque se necesitaban los huevos", rememora Sebastià Ferrer. Hubo quien también encontró el punto de vista positivo. "S'Any de sa neu mató a la mosca y los olivos no tuvieron carcoma. Era marzo y aún recogíamos aceituna. Fue el año que estuvo mejor el aceite de Capdepera", aporta Mateu Orpí. "Hoy la grisácea techumbre ha puesto una luminosidad exótica sobre Mallorca", describían los periódicos.

lunes, 6 de febrero de 2012

Larga vida al 'microarte' (y su fiebre)

Santi Celaya y Miquel Torrens en 'Merceria' | Cati Cladera
En Mallorca hay pocas iniciativas que dependan del público y consigan triunfar. El mallorquín -más aún si la ola siberiana aprieta- es hogareño por naturaleza, conocedor de que la Part Forana echa el cierre a eso de las 7 de la tarde y demasiado 'suyo' como para ir a un sitio al que irán cuatro gatos y formar parte del cuarteto. Así que cuando alguien pega el pelotazo y triunfa, el éxito le pilla tan desprevenido que se desmonta mientras intenta asumirlo. Bastaron dos ediciones de Microteatre -otrora también Teatríntim- para que el trío de Lydia Miranda, Albert Comas y Joan Porcel se desmontara mientras uno reclamaba la independencia. Y, de paso, los derechos del negocio.

Las causas de la ruptura son ambiguas, contradictorias y complementarias. La división entre seguir con el formato con el que debutaron u optar por el local estable que ya habían anunciado escondía, en realidad, una polémica mayor. Por un lado, la división de tareas entre quien tiene los contactos del mundo teatral y quienes, al parecer, inician el proyecto. Luego, la ausencia del castellano en un panorama de las artes escénicas más que acostumbrado a ello, hizo el resto. "A mí lo que me parece radical es imponer cuotas. Yo dejo que los autores escriban en la lengua que quieran", dice Porcel. Pero no deja de ser cierto, y tal vez lamentable, que la oferta teatral de la Isla en castellano se limite a las compañías que llegan de la Península. Algunas, muchas, de dudoso gusto y calidad. El bilingüismo ha desaparecido y los escritores también lo demostraron en la gala de los Ciutat de Palma.

Cuando uno del trío va y se lleva, como de hurtadillas, la idea y la vuelve a poner en marcha a bombo y platillo, la cosa se complica. Y fue Joan Porcel quien quiso renombrar el proyecto como Microteatre y convertirlo en una plataforma que, a través de las bases del microteatro, sirviera para reivindicar o reflexionar sobre determinados aspectos de la sociedad actual. El consumismo sería, y fue, el primero.

Lina Mira, Joan Porcel y J.M. Vadell | El Somni
Durante seis días las galerías Velázquez resucitaron en el corazón de Palma. Un espacio entre la degradación y la ruina vestigio de la caída del 'micro' comercio. Peluquerías, agencias de viaje, cafeterías. Tiendas de antaño que esconden bajo sus persianas la magia escenográfica de lugares detenidos en el tiempo. Sacarles jugo teatral no iba a ser difícil.

Por suerte la reflexión no se convirtió en proclama o panfleto, y la tercera edición del Microteatre -que llegó acompañada de la edición de todos los textos presentados hasta el momento y cafetería con micropinchos- produjo una nueva hornada de brillantes piezas. Nada como volver a ver a Santi Celaya y Miquel Torrens en esa comedia triste escrita por Pep Ramon Cerdà, 'Merceria'. El ex director general de Teatro se sumaba como debutante a una iniciativa en la que repetían, entre otros, el gran Álex Tejedor. Fan absoluta de (casi) todo lo que toca, volvió a brindar un drama cruel y terrible donde la víctima, el culpable y la locura bailan una danza casi macabra bautizada como 'Mati'. Mi sesión terminó con la risa y los momentos únicos de la mano de Lina Mira y Joan Manel Vadell interpretando 'Què en saps tu de perruqueries de dona?' de Albert Herranz.

Fuera o no motivo de disputa, el formato -lejos de la idea de buscar un local estable- ha vuelto a demostrar su eficacia. Entradas agotadas y sesiones completas casi cada día. Y Porcel ya tiene la vista puesta en el medio plazo con dos nuevas ediciones en la manga. La próxima llegará en marzo con Microteatre per ficció en algunos de los antiguos platós de Nova Televisió e IB3. Nada como los propios actores para reivindicar aquellas series que, acertada o desacertadamente, acabaron cercenadas de la noche a la mañana. Como 'Águila Roja' pero sin continuación en la nevera. La magia se trasladará ya entre abril y mayo a los Jardines de Alfabia con la danza como tema. Una vuelta de tuerca más al experimento que puede abrir más la mente de gran parte del público.

Una obra de 'Petita forma' | Deu cèntims
Mientras El Somni Microteatre desgrana en Facebook sus propuestas, ya hay quien se le adelanta y le crea hermanos pequeños por todas partes. El microteatro va a acabar por regirse, también, por las leyes de la oferta y la demanda. Irónico es recordar ahora que el trío inicial estuvo a punto de llegar a los tribunales por aquello del copyright del negocio.

Los primeros en apuntarse al carro han sido los de la compañía Deu Cèntims. Xisca Puigserver, Irene Soler y Lluís Valenciano son los tres ex alumnos de la ESADIB que, como algunos de sus compañeros, han decidido crear su propia compañía, además productora. Su 'Petita forma' -un microteatre con otro nombre- comenzó en junio del año pasado. Ca na Currusca, Cala Estància o Palmanyola son algunos de los lugares por los que ya han pasado. Su último asalto fue la floristería El jardín de las delicias en la Avenida Argentina.

A la versión danzarina se ha adelantado ya Cati Carrasco de la mano de Dansaprop. "Cuatro piezas donde el lenguaje es el cuerpo, donde cuatro mujeres nos cuentan su historia. Cuatro espacios íntimos y un público cercano". Así explicaban la iniciativa que comenzaba ayer sábado en Can Danús, un centro para la creación ubicado cerca de la plaza del Mercat. La propia Cati Carrasco interpretaba 'Bocado de realidad'; Valeria Pintos, 'Cumpliendo folios'; Leticia Hoz bailaba en 'Extrañas lealtades'; y Amaia Ruiz cerraba con 'Destartalar'. ¿Demuestra esto el auge de aquello de reinventarse o quizá es apuntarse a lo que otro ya probó? Sabiendo, eso sí, que Madrid siempre fue el origen. Habrá que esperar para ver cómo se desarrollan estas alternativas a un panorama oficial que, entre recortes e incertidumbres, se viene abajo cada día un poco más.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Teatríntim, el pequeño refugio para el gran teatro

By Jordi Avellà
Lo pintan crudo. Azul oscuro casi negro.Tras años de agonía incesante, el sector teatral parece haber sufrido la estocada final. Un partido aprueba, un día antes de las elecciones, (¿sabiendo que iba a perderlas?) la convocatoria de ayudas a proyectos escénicos y otro la suprime al poco de llegar al poder. La puntilla a subvenciones no pagadas que arrastran desde 2008 y que les han obligado a contar con un dinero tan irreal como los billetes del Monopoly. Y, por fin, una bofetada al sistema. Un punto sobre la i de quienes pensaban que la cultura sólo tenía sentido como un ente inválido y dependiente de las instituciones, cuando en realidad hace tiempo que muchos dejaron de creer en sus promesas. La capital contagia a Mallorca el gran proyecto alternativo de la época. Microteatro por dinero es un modelo en el que inspirarse para después crecer y proclamar la independencia bajo el dulce y seductor nombre de Teatríntim.

La noche otoñal cae sobre la bahía de Palma. En algún lugar casi en mitad de la nada, un grupo de gente comienza a hacer cola. Esperan algo. De repente, se hace la luz. Una suerte de parrilla cuelga sobre una ventana. Siete funciones, siete pases y siete salas. Lo que podría ser un multicine más es, en realidad, un teatro. Sin telón, ni escenario, ni platea. Sólo con las estancias de una fortaleza militar que cumple 400 años y con una afluencia creciente de público que, con el aguacero incluido, hace pensar que dentro esperan algo más que simples montajes.

El argumento no podía ser mejor. Elegir un espacio e inventarle historias. Hacer de la escenografía real, la temática. No hay mejor atrezzo que el que ya existe. Lo que en Madrid fue un burdel, fue una antigua prisión en Palma antes de saltar, ya en una segunda temporada, al castillo de San Carlos. De las celdas a las salas de un museo militar para englobar media docena de relatos bajo el lema Teatríntim de guerra i pau. El éxito arrollador de su presentación en sociedad, ése que les dejó sin entradas y con protestas por la afluencia de público, impactó por igual a quienes asistieron y a quienes no. Los primeros seguían saboreando el regusto de lo visto. Los segundos, la alegría por una Palma viva capaz de movilizarse por algo tan ¿impopular? ¿elitista? ¿alienado? como el teatro y hasta un lugar tan atípico como una antigua prisión. Superado el shock del momento sabían que tarde o temprano regresarían.

Joan Porcel, Lydia Miranda y Albert Comas fueron los culpables de iniciar el proyecto. Las cabezas pensantes de un sector cansado y debilitado ante tanto mensaje negativo. El formato llegaba de la pionera Madrid, aunque hay quien mira más atrás para citar el teatro por horas que Antonio Riquelme ideó ya en el XIX. Al precio de tres euros por representación, el espectador asiste a microobras de entre 10 y 15 minutos que se repiten de forma continua con un descanso de cinco minutos. El tiempo justo para aplaudir, salir de la sala y buscar en otra estancia el próximo objetivo. Un buffet teatral para todos los paladares donde él, con apenas siete u ocho personas de público, se siente alguien único.

Sí. Teatríntim es un laboratorio para la interpretación. Un reto constante con un sprint de 15 minutos y un impasse de cinco. Un ensayo-error acelerado. La posibilidad, para un actor, de explorar los terrenos a los que el teatro convencional -ese de telón, escenario y platea- no llega. Pero también es un desafío para el espectador. De repente, la barrera entre quien actúa y quien mira se diluye hasta reducirse a apenas unos milímetros. Centímetros tal vez. Al pudor que provoca esa intimidad inicial le sigue el arrebato de percibir una obra con todos los sentidos. De oler el teatro. Y nunca un polvorín había olido tanto a polvorín.

Tras los ideólogos llegaron los autores. Marta Barceló, Álex Tejedor, Jaume Miró, Pere Fullana, Joan Fullana, Albert Herranz y Xavier Uriz. Siete personajes que no dudaron en sumarse al proyecto y poner una historia a cada una de las siete salas del castillo de San Carlos. Mateu Grau, Rodo Gener, Xisco Segura y Sergi Baos se añadieron en calidad de directores de siete montajes que partían de la guerra y lo militar para trazar un drama, una comedia o una historia romántica. Todo lo que pueda caber entre dos actores, siete espectadores y diez metros cuadrados.

Para los periodistas el aperitivo llega antes. La premierese de dos obras como anuncio de lo que está por venir. En lo que antes fue un aljibe y después un almacén de armas, Lluqui Herrero y Marta Barceló construyen en Germanes de sang un relato escrito sobre el límite. El que separa la vida y la muerte, la verdad de la mentira, la admiración de la envidia, la fe de la traición. Una huida en mitad de un conflicto bélico acabará por ser poco más que una excusa argumental para hablar de otras mil cosas. Marga López y Pedro Mas van a por el segundo plato con una comedia trágica de título impronunciable: Weltanshauung II. Un científico nazi y su esposa y secretaria en mitad de los estudios en un campo de concentración que pondrán en tela de juicio las prioridades del ser humano, las eternas y pequeñas miserias del día a día y cómo los problemas conyugales pueden afectar a su principal actividad: el exterminio. El espectador verá hecha añicos la barrera con el actor hasta convertirse en un sujeto más de estudio que, en mi caso, no valía "ni per fer sabó".

Ya vestidos con paraguas de domingo, sigue el trajín de platos en el castillo. Ahora son Santi Celaya y Rodo Gener quienes abren el apetito con una comedia expléndida tan costumbrista como plagada de futuribles de esos que, al final, se cumplieron. Una batería de costa es el escenario en el que dos jóvenes militares especulan con una posible invasión de Baleares por los americanos. Una historia revisionista en clave de humor, con patriotismo y franquismo de por medio, de la que Rodo se sale... ¡y por la puerta grande!

En la quiniela de la programación el plan dicta saltar al drama de la mano de Xim Vidal y Miquel Àngel Torrens. Dos personajes en el extremo y una tragedia -con guión del gran Álex Tejedor- que no deja de planear sobre la angustia aunque su contenido vaya variando de lo que se intuía a lo que es. Un capitán y un comandante, un padre y un hijo o las dos caras de la locura a la que lleva la guerra o la enfermedad. De nuevo, un brillante ejercicio sobre la verdad y la mentira con interpretaciones excelentes. Una trama de confusiones sobre la que también indagarán Juanma Falcón y David Navarro en En el niu de l'etern retorn. Un nido de ametralladora, dos hombres, dos frentes y una doble traición para recordar aquello de la relatividad del mal en tiempos de guerra.

Cuatro días después, Teatríntim vuelve a cerrar sus puertas. Crecido e independizado pero con las mismas aspiraciones que su hermanastro mayor madrileño: conseguir un local estable en el que garantizar la continuidad del proyecto y la programación. Por suerte los mallorquines aún no hablan de doblegarse, de nuevo, al sistema de la subvención. Ése que obliga a gastar antes que uno sepa, si quiera, si tiene opción a cobrar. Miro el panorama y pienso que esta bofetada al sistema tradicionalista y politizado del teatro merece y debería perpetuar su carácter titiritero. Parte de su magia reside en ver con otros ojos la ciudad que nos rodea. ¿Cuántas obras no podrían hacerse en las salas del Casal Solleric, en las del Castillo de Bellver, en Can Marqués, en la Universidad, en un supermercado o hasta en un ambulatorio en desuso? Cualquier rincón es bueno para proclamar la independencia de hacer las cosas como uno quiere. Para resguardar al malherido pero palpitante teatro.