martes, 18 de octubre de 2011

Uto Palace, el hotel fantasma

Una mole de cristales duerme en un rincón de Joan Miró. Donde antes hubo banderas, sólo queda un puñado de mástiles apuntando al cielo. Una entrada antigua, de esas de columnas y toldo roído, lo anuncia. A simple vista, el Uto Palace parece un hotel inmerso en el letargo del fin de temporada. Pero sus cuatro estrellas desteñidas hablan de su estancamiento en el olvido turístico. Una mirada a través de su puerta principal, flanqueada por un cámara de seguridad que ya nadie vigila, muestra las impresionantes vistas al mar de un establecimiento que ha pasado de encarnar el lujo a ser un símbolo más en la degradación creciente de Cala Major.

En la calle perpendicular, una valla azul que algún día colocó la policía local parece anunciar la escalera que se esconde detrás. Las ramas secas llenan los escalones de un camino al que la maleza dejó sin vistas. En apenas un par de metros, la vieja terraza queda al descubierto. Reducida a un charco, la piscina acumula latas de bebida, hamacas, cajas y botes. Enfrente, el acceso directo al mar -que aún aprovecha algún bañista atrevido- del que un día presumió el Uto Palace. La plataforma de piedra que hace años le enfrentaron a la Demarcación de Costas, sigue convirtiéndose en escombro. A uno y otro lado, las terrazas de hoteles y apartamentos vecinos siguen mirando impasibles al Mediterráneo. Nadie parece preocuparse por la agonía del gigante turístico.

Volver la espalda al mar es descubrir el Uto Palace en toda su envergadura. La naturaleza ha recuperado el espacio que olvidó el hombre. Sus dos edificios, con más de una decena de plantas, se alzan por detrás del follaje. Como los restos de un Pripyat reconquistado por el verde. Un enorme ficus oculta entre sus ramas bajas lo que antes fue la zona infantil. Dos columpios oxidados y unas paralelas junto al camino de piedra recuerdan su pasado.

A un lado, tras las ventanas rotas, se abre la cafetería y el comedor, pero habrá que regresar de nuevo a la piscina y bordearla para tener acceso. Sólo el vuelo de las palomas y el viento golpeando los balcones de las habitaciones rompen el silencio.

¿Qué pasó con el Uto Palace? ¿Cuándo quedó obsoleto el lujo de sus 4 estrellas? ¿Se anticipó el hotel a una crisis que ya presagiaba? Sobre la barra de la cafetería se acumulan las pocas pistas que deja el edificio. Una carta con los precios de los platos para la barbacoa recuerda que en 2005 seguía abierto. A su alrededor, posavasos, servilleteros y portacartas repiten una y otra vez el logo del hotel. Bajo los pies, cascotes y bricks de leche vacíos y abandonados. Por encima de la cabeza asoman los restos de los cables que alguien arrancó a través de un agujero en el techo.

Unos pasos más y una nueva puerta lleva al comedor. Sus ventanas apuntan directas a la vegetación que ha crecido fuera como si la sala estuviera interna en la misma selva. No hay mesas, ni bandejas o vasos olvidados. Sólo una silla apostada en un rincón y la entrada a la cocina, que precede un ventanuco alargado. En su alféizar de madera se acumulan, cubiertas de polvo, las cartas de vino. Dentro, los muebles metalizados ennegrecidos dibujan la sombra entre los restos de azulejos blancos.

Una barra de madera divide el salón. A su espalda, entre restos de tierra y sacos rotos, se desparraman restos de las flores y las plantas de plástico que sirvieron de adorno. Maceteros de piedra se erigen como obstáculos hasta el mueble cercano. En sus cajones aún quedan los menús de la pizzería Barbarroja. Allí, junto al cartel que recuerda los horarios de desayuno, comida y cena, termina la cara amable del hotel. El espacio que un valiente mediocre se atrevería a cruzar.

Al salir y cruzar la frontera, el pasillo se bifurca. Enfrente, un ramo de rosas blancas de plástico yace a medio camino entre el comedor y la pared del fondo. Dos estrechos y antiguos ascensores se levantan al final. A la izquierda aún aparece un tercero con las puertas abiertas y un letrero que indica que la recepción está en el piso superior.

El pasillo de la derecha, en el que aún resta aparcado un antiguo carro metálico para bandejas, se intuye más corto antes de la próxima bifurcación. A un lado, los indicadores de los baños. Al otro, la cristalera de entrada a la piscina climatizada. El hueco de su puerta entreabierta y un agujero en los cristales estallados permiten espiar en su interior. De nuevo, ventanales blindados por la naturaleza y una piscina construida como una terma: con unas rocas sobre la esquina y un paisaje pintado como telón de fondo. A la espalda, una puerta anuncia la entrada a la sauna. Dentro, sólo una nueva puerta se acierta a ver entre la oscuridad. Es allí, plagada de incertidumbres, donde acaba la primera visita. Quedan puertas por abrir y los vestigios de las antiguas habitaciones por explorar.

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lunes, 3 de octubre de 2011

Agnès Llobet y la 'Prova' superada

Tiene el cuerpo menudo, la cara redondeada y los ojos profundos y oscuros. Como de ángel atormentado. Y dudo, desde el atrevimiento que da la ignorancia, que Agnès Llobet hubiera tenido antes la oportunidad de enfrentarse a un personaje de este calibre. Un texto de David Auburn -con Premio Pulitzer y Tony- no es garantía suficiente a la hora de que Prova se estrene en los escenarios mallorquines. Una débil estructura y todo el peso de ese gran texto caería sobre los hombros de su reparto como un castillo de naipes. En manos de Agnès Llobet, Catherine se convierte en el pilar de una obra que crece a cada minuto. Que desgarra en el drama para aterrizar después en la leve comedia. Que finge ser tan actual y natural como el vecino de cualquiera para luego instaurarse con toda la gravedad de un personaje histórico. Con tantos matices y riquezas como este montaje que va de las cuestiones más pequeñas a las eternas dudas de siempre.

Caía el telón y Agnès Llobet seguía llorando. Hacía rato que los focos habían revelado que la actriz mallorquina se había esfumado del escenario. Que ya sólo había personaje. Un personaje capaz, incluso, de enfrentarse a un flashback teatral. ¿Y cómo hacerlo con la única herramienta del propio cuerpo? Cuando la obra comienza en el borde mismo del abismo y lo que sigue no parece más que una caída. Recomponerse, desde el fondo del drama, para salir a la superficie y contar cómo comenzó la historia.

A apenas un kilómetro del centro de souvenirs y restaurantes de quinta categoría, el Auditori de Peguera acoge el estreno del nuevo montaje de TIC Teatre. No son compañía. Sólo una productora que confía en actores y directores cada nuevo proyecto que presenta. Es Emilià Carilla quien afronta la dirección del texto de Auburn. El argumento parece, tal vez, sencillo. Catherine y Claire tienen que enterrar a su padre, un eminente matemático, después de una agonía mental. Hall, discípulo ejemplar del padre, busca cualquier material que pueda iluminar su reputación académica. Pero eso es solo el resorte del resto.

Prova es una enorme madeja de la que no dejan de salir hilos. La delgada línea entre el talento, la capacidad intelectual y la locura. Esa mente maravillosa que, de repente, se desconecta y desvaría. Esa caída en picado otorga a Miquel Gelabert los mejores momentos de una interpretación que, en la primera escena y embutido en un traje, se antoja encorsetada. La escena de su escritura obsesiva a la intermperie y tapado únicamente por una sábana es simplemente brillante. Ese momento en que un gran hombre no es nada más que un enfermo indefenso. La verdad y la mentira serán terreno resbaladizo en su poder. Habrá un momento en el que nos haga creer que tras su relevancia se esconde un tirano que sólo aparece cuando cruza la puerta de su casa.

El otro vértice masculino será Hall, el discípulo que estudia ese legado loco del maestro a la búsqueda de algo brillante. ¿Por el agradecimiento debido o por la gloria propia? Pedro Mas encarna a este personaje que se mueve entre la constante desconfianza del público. Su nerviosismo y su dulzura le hacen ganar el favor de un espectador que después recula y le ve capaz de cualquier cosa con tal de lograr el triunfo profesional. El éxito. Un lugar en la posteridad de las matemáticas aunque sea a costa de dejar la ética enterrada en un cajón. A costa del engaño y de la seducción.

Agnès Llobet y Caterina Alorda componen el otro gran grueso de Prova. Las hermanas Catherine y Claire analizadas desde la muerte de su padre hacia el pasado. Hacia ese momento de prioridades y sacrificios en el que alguien optó por situar los intereses propios en primer lugar. Una decisión que, con la muerte del padre, toma el color de un reproche enquistado. Excelente la interpretación de Caterina que puede llevarnos del prejuicio a la realidad como un mazazo en la nuca. Envuelta en esa aura de superficialidad parece haber nacido con el personaje escrito desde la cuna.

Por último, toda la grandeza de Llobet. La que comienza como una criatura rota, con el horror a la posibilidad de una locura heredada, se transforma en una Hipatia en la sombra. En la hermana de Shakespeare que narró Virginia Woolf.  El hallazgo de una prueba matemática en el despacho del célebre matemático será el desencadenante de un nuevo juego de mentiras, de intereses de sentimientos en duda. Catherine es el eje central pero olvidado. Relegado a un papel secundario casi de observador paciente. Todo parece volar por encima de su cabeza. Y la angustia crece, se agarra, se desborda. Y Llobet, entre aplausos, silbidos y ramos de flores, sigue llorando.

Fotos: Fan Teatre

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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Malick: ¿poesía del árbol caído?

Ha nacido un genio. Pero no se llama Terrence Malick, sino Luis Martínez. Un par de búsquedas a la actualidad cinematográfica bastan para descubrir a este compañero de medio que llega al Festival de San Sebastián después de pasar por Cannes y otros tantos. Un cronista de esos que sigue creyendo en hacer literatura desde el periodismo, pero no que no duda a la hora de afilar el lápiz cuando la crítica lo requiere. Su estoque literario apuntaba el lunes a Los pasos dobles, el documental bifronte de Isaki Lacuesta con/de/desde/sobre (como escribía él mismo) Miquel Barceló. El gesto torcido de los espectadores sólo empezaba a recomponerse cuando en la rueda de prensa sus autores explicaban lo exhibido. Mal asunto cuando el cine necesita manual de instrucciones. Así que cuando a mitad de película de El árbol de la vida uno no piensa más que en teclear el título en Google de vuelta a casa, algo falla.

Los triunfos de Celda 211 o REC lo confirman. A la sala hay que llegar virgen. Con un ligero boca-boca que aliente el visionado, poco más. Porque después las declaraciones leídas martillean la sién como el clásico "te lo dije" maternal. Las palabras de José Luis Alcaine sobrevolaban mi butaca ahora sí y luego también cuando el cine comenzó a desalojarse como en un concierto del Metal Machine Trio de Lou Reed. "Se entra en la historia por sus aspectos visuales, y la última de Terrence Malick se soporta por ellos", señalaba el director de fotografía -el mismo al que Cannes premió por La piel que habito- en una entrevista de Matías Vallés. ¿Qué quería decir Alcaine? ¿Que volvíamos a estar ante la película-exposición? No, esta vez se riza el rizo. Estamos ante la película-poesía.

La duda es más que razonable. "¿Obra maestra o gran fraude?", se preguntaba Luis Martínez en el inicio de su crítica desde Cannes. Si uno entra al cine virgen en la filmografía de Malick, sale pensando que sabe aún menos de su obra. El espectador se transforma en un ser acomplejado porque se siente incapaz de atar el millón de cabos sueltos que se le presentan. Más cuando lee que la película puede hacerse pesada por las excesivas referencias bibliográficas o que las siglas de su protagonista, Jack O'Brien, no son más que... ¡EL SANTO JOB! 

"En El árbol de la vida [Malick] ya ha renunciado a su muy liviano interés por la narrativa en posesión de un orden, por una sucesión de cosas con principio, desarrollo y final", escribe Carlos Boyero. Y que -no como motivo, sino como añadido- como el mayor enemigo del análisis es la poesía, el cineasta convierte su cinta en un poema de sensaciones. Evoca, sugiere, apunta... Todo desde una sutileza tal que uno no sabe si lo que entiende es lo correcto, lo erróneo o simplemente una posibilidad más. Cuanto menos, la película parece pretendidamente ambigua. Y, de nuevo, la pregunta. ¿Obra maestra o fraude? El árbol de la vida es, otra vez, un hermoso papel de regalo. Una capa estética de planos y fotografía intachables pero tan etéreos... Y el envoltorio tarda demasiado en abrirse.

Desvelémoslo ya. Hay un momento en el que el "esto sobra" de costumbre se hace realmente intenso. Digamos que es como si Malick se hubiera sentado sobre el mando a distancia y la pantalla hubiera conectado con La 2, Discovery Channel o National Geographic. La recreación del mundo. El Big Bang. El origen de la vida. Los dinosaurios. El meteorito -ése que medía lo mismo que del Observatorio de Costitx a Inca- que acabó con ellos. Explosiones solares. Sinfonías. Coros operísticos. No. No ha sido un fallo del exhibidor. Parece que el cineasta haya condensado en veinte minutos -que se hacen cuarenta- las escenas de los mejores documentales de televisión. Hay quien se acordó de Carl Sagan. Parece que el espectador debería de haber pensado en 2001: una Odisea del espacio de Kubrick. Sin embargo a esa sensación general de estupidez sólo se suma el saber que estamos ante una enorme, densa y larga, muy larga, metáfora. ¿De qué? Es un misterio. Tal vez su presentación como "un himno a la vida, que busca las respuestas a las más intrincadas y personales preguntas a través de un caleidoscopio desde lo más íntimo al cosmos", fuera algo literal. El paralelismo es, de nuevo, tan sutil que no termina de cuajar. "Malick está convencido de que el exceso de claridad resta profundidad", insiste Martínez. Y el film se convierte en un abismo por el que resbalan las decenas de espectadores que empiezan a abandonar la sala.

La paciencia, como en la vida, tiene su recompensa. No en vano una cita de Job abre la cinta. "De repente, la película se detiene, baja el ritmo lírico y se ilumina. Por fin, aparece el director obsesivo y profundo en la descripción de personajes", lo describe Luis Martínez. La historia de crecimiento-degradación-crecimiento de una familia americana en los años 50. El reverso de los aclamados Mad Men o el pulso que no logró Revolutionary Road. La esfera luminosa que rodea a los cinco miembros de la familia comenzará a oscurecerse paulatinamente. Nada es perfecto. Y los cimientos son débilos hilos que apenas se sostienen. Una apariencia de placidez que esconde el horror y la tensión y que Malick, aquí sí, desarrolla con un talento abrumador. Descubrimos a un Brad Pitt convertido en un padre autoritario con una personalidad distinta dentro y fuera de casa, y que en realidad es un fracasado frustrado ante todos los que lograron el éxito. Su mujer y sus hijos serán quienes paguen las consecuencias.

El personaje femenino, encarnado por Jessica Chastain, pierde aquí fuerza para delegarla en los hijos. Ella es la luz en sí misma. Es la magia, la perfección. En realidad, poco más que una bisagra entre dos mundos. Una sirviente dócil incapaz de reaccionar. Incapaz, si quiera, del grito. Será el hijo mayor quien maneje la historia. Cómo se forma la personalidad, cuánto influye ese trato recibido en el hogar. Ese maltrato. La progresiva pérdida de la inocencia y la conciencia de ello. "¿Cuándo fue que dejé de ser como ellos?", se pregunta en referencia a sus hermanos. Un relato duro capaz de despertar todos los fantasmas que uno arrastre hasta la sala. ¿Es inevitable convertirse en el reflejo de lo vivido? Uno se acuerda, o por lo menos yo lo hice, de Al este del edén.

Pero de nuevo, un fallo. Esta vez Malick sí nos da una excusa para iniciar todo ese viaje al pasado. Una muerte sirve de resorte para hablar del inicio de la vida. También del cósmico. Un suicidio que nunca llega a aclararse y que obsesiona en un dato mencionado: los 19 años. Al parecer, el cineasta también tuvo un hermano que se suicidó con esa misma edad, y confiesa que esta es, pues, su película más autobiográfica. En una crítica descubro, para mi sorpresa, que ni siquiera se suicida el personaje que yo pensaba. E

La búsqueda de respuestas a esa muerte se convierte en uno de los ejes de la historia. Una respuesta que se busca en la religión. Por momentos El árbol de la vida parece estar a punto de convertirse en una especie de Camino que no terminamos de ubicar a favor o encontrar del fervor religioso. "La voz en 'off' le otorga al cuadro un cierto olorcillo Juan Salvador Gaviota", apuntaba E. Rodríguez Marchante para ABC. La cosa se entiende si tomamos una de las primeras frases de la película. A la madre la enseñaron que la vida puede basarse en lo espiritual o en la naturaleza. Y su familia, con la primera como pilar, apenas se sostiene con el mazazo de una muerte. ¿Cómo se explica entonces la voluntad de Dios? El desconcierto es lo único que hace comprensible esa continua conversación con Dios -cercana al sectarismo- que sería capaz de convertir al más ateo. Cuanto menos para que pidiera explicaciones al Santísimo.

Situémonos en la época. Para los protagonistas la caída -entendiendo por caída la decepción, el fracaso- de la familia y la Iglesia o la religión como pilares, es la destrucción de los propios cimientos. Tal vez habría que entender El árbol de la vida como un enorme Big Bang. Un meteorito que lo mismo que destruye crea vida después. De ahí los paralelismos entre lo terrenal y lo cósmico. Para Antonio Sánchez-Marrón, el film de Malick y el ya citado de Kubrick "constituyen un binomio fílmico que se debería vender junto a La Biblia y El origen de las especies", afirma. A Martínez no le cuela. "No basta con ahuecar la voz y poner de fondo una sinfonía de Mahler para construir una teoría del mundo. La filosofía, pese a lo que enseñan en Bachillerato, no tiene nada que ver con los ojos en blanco", subraya.

Cada vez que suena el coro, los espectadores se echan a temblar. Otra media hora de National Geographic sería insoportable. Así que el final del film -donde ya conocemos a un hijo ya adulto al que da vida Sean Penn- es otra desbarrada. Un desierto, una puerta en mitad de la arena. Una playa, un montón de gente. La familia al completo. Si uno pensaba en el Más Allá y en ese cielo en el que se reúnen todos, la cosa parece descartada. Fíjese. No todos los personajes que aparecen están muertos. ¿De qué va entonces la cosa? ¿Sean Penn se reconcilia, también metafóricamente, con su pasado? Dejemos que hable, de nuevo, el genio Martínez. "¿Cómo se quedan? Y de repente, un largo puente hacia... ¿la eternidad? ¿el cielo? ¿el más allá? ¿un seguro de vida Mapfre? ¡Qué fraude es éste! ¿Es esto todo lo que tiene que interpretar el espectador?
Definitivamente, Malick, de pura ambición autoindulgente, se estrella, pero hacia arriba. Como darse de bruces contra el cielo".

domingo, 11 de septiembre de 2011

Goodbye Almodóvar, o 'La piel que evito'

  1. Etapa experimental: Folle, folle, fólleme... Tim, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón y Laberinto de pasiones
  2. Etapa con influencia de Fellini: Entre tinieblas y ¿Qué he hecho yo para merecer esto?.
  3. Etapa con influencia de los maestros: Matador, La ley del deseo, Mujeres al borde de un ataque de nervios, ¡Átame! y Tacones lejanos.
  4. Etapa autobiográfica: Todo sobre mi madre y Volver.
  5. Etapa noir: La mala educación, Los abrazos rotos y La piel que habito
Visto así, analizado como si de un pintor del expresionismo español se tratase, Almodóvar parece un cineasta coherente. El autor de una trayectoria que ha sido capaz de evolucionar adaptándose a los nuevos tiempos. Pero los apuntes se quedan cortos. No hablan del peñazo nostálgico que en realidad era Volver, ni del intento de resurrección de Los abrazos rotos con el que adorna y versiona el Un final made in Hollywood de Woody Allen. Y mucho menos de la realidad de La piel que habito: un pastiche inverosímil, exceso de metraje que no entiende de géneros ni de coherencias.

La piel que habito, ensayo para ballet, debería haber sido el nombre de una película que después de casi dos horas, se reduce a una sucesión de coreografías y planos en busca del aprobado estético de la cámara. Tal vez de ahí viniera lo de la epidermis. De la superficialidad absoluta de un film que parece dar por perdido aquel viejo intento de lograr, si no la identificación, sí la implicación del espectador. Una alienación a la que contribuyen, para empezar, las interpretaciones de un trío que va de la falsedad al patetismo de puro encorsetado. Si Elena Anaya parece Leonor Watling tras el coma de Hable con ellla, Antonio Banderas pinta de frialdad lo que en realidad es un superhéroe al que le acaba de caer un drama. En manos de este ocaso almodovariano, Marisa Paredes queda reducida a un fantoche ¿brasileño? con ceño fruncido y boca entreabierta. De ahí que no la saquen. Llegó el declive de Huma Rojo, el que presagiaba ya La flor de mi secreto.

El manchego-más-internacional quería rendir homenaje al cine negro. Alguien debería haberle dicho que pare eso hacía falta algo más que los artificiales rizos de la Paredes, el peinado engominado a lo Bogart y el photoshopeado de los colores de la cinta. Lo único que tiene del Vértigo de Hitchcock sólo tiene la lentitud en la historia que a veces roza el clásico. El embalaje de Almodóvar es bueno. Los pasos perfectos y preciosistas de un ballet científico que avanza entre jeringas y probetas. La sucesión de cuadros en una exposición móvil. Bella pero nada innovadora. Hasta el juego de pantallas dobles -el cuerpo y el rostro inmenso de Elena Anaya ante los ojos espías de Banderas- y ficciones aparentes -el asalto a la casa seguido por las cámaras de seguridad como si fuera una película dentro de otra- ya se utilizó en El amante menguante.

En La piel que habito no hay giros brillantes de guión ni ruptura de géneros. Uno puede concebir su película lejos de etiquetas, pero entendiendo que los elementos del conjunto deben sumar en paralelo y no unos sobre otros hasta formar un pastiche. Una mousaka de difícil digestión.

Una revisión al mito de Pigmalión y Galatea, al del doctor Jekyll y Mr. Hide. Una versión light de El ciempiés humano. Ni thriller, ni drama, ni terror. Veinte años decía Antonio Banderas que iba a tardar España en entender esta película de tan innovadora como es. Pero no es cierto. El film no innova, vuelve sus pasos sobre los tópicos más manidos de Almodóvar como si se tratara de una nueva novela de Lucía Etxebarria. Sólo que esta vez nos faltó la droga. Uno de sus mayores fallos es hacer pasar por costumbrista una historia que no sólo es surrealista e inverosímil sino que no cuaja. Un conglomerado de juntas débiles.

Y ni siquiera hay tensión en esa casa en la que aparecen tipos disfrazados de tigre y cremas lubricantes como si aquello fuera American Pie. Desastroso hasta provocar la risa. Un bordillo en el que de tanto transitar al límite del absurdo, Almodóvar tropieza. A ojos del espectador, las esculturas claustrofóbicas y dolorosas de Louise Bourgeois o las referencias a Alice Murray quedan engullidas por los cameos de Concha Buika -esa mallorquina que debía de hacer la comunión la última vez que concedió una entrevista a un medio mallorquín- o del propio Agustín Almodóvar. Ése debía de ser el único humor que el manchego perseguía con esta cinta hasta que concebió persecuciones estúpidas de poco creíbles o una banda sonora con sello de Alberto Iglesias que va perdiendo fuelle según suena. ¿Dónde está la tensión que el compositor supo imprimir a Todo sobre mi madre y a Lucía y el sexo?

El otro gran fallo es el exceso de metraje empeñado en atar cabos a base de flashbacks hasta lo innecesario. En manos del manchego, deja escapar una vuelta de tuerca que hubiera aportado algo de maldad y sentido: que todo hubiera sido fruto de la culpabilidad del padre. Que el malo hubiera sido Antonio Banderas. Eso y que echara mano del reverb en eso de "Mamá, soy Vicente". 

jueves, 25 de agosto de 2011

¿Los periodistas no generamos empleo?

De pequeña quería ser escritora. Fue justo después de tomar conciencia de que un veterinario con miedo a los gatos tenía poco futuro y de que lo de qué-quieres-ser-de-mayor también implicaba las habilidades de uno. Luego quise ser del mundo del cine. Ni actriz, ni cineasta. Más bien algo intermedio. Producción. Pero acabé por estudiar periodismo. Algo pragmático, pensé entonces. Un sueldo asegurado a fin de mes para después satisfacer los escarceos literariocinematográficos. Algo absurdo, reconozco ahora. Con la bohemia podría haber aspirado, por lo menos, a subvenciones.

Los actores, reunidos con el director en funciones de IB3, son los últimos en sumarse al extraño mundo del orgullo y la reivindicación cultural. Antes estaban los editores, los libreros, y los diseñadores y artistas-galeristas encabezando el ránking. Todos consideran denigrante que las instituciones no apoyen económicamente su sector. "Los diseñadores generamos negocio", "los actores creamos empleo". Y los periodistas, ¿qué hacemos?

"Periodistas, os damos de comer y luego nos la metéis doblada por la espalda", me espeta Rossy de Palma en medio de una bronca por una entrevista que, medio pollo después, reconoce no haber leído. "No dejes que te digan eso, que por ser periodista eres basura y pueden tratarte como quieran", me aconseja mi director en un ataque de orgullo dolorido por el gremio. Somos el último mono de la estirpe, una mota de excremento en la cadena alimenticia. Observadores y narradores de un mundo del que parecemos no formar parte. Nuestra profesión nada en un limbo que a nadie parece preocuparle. ¿Cuándo fue la última inspección de Trabajo en un periódico? ¿Cuándo se obligó a contratar a medio centenar de empleados con contrato de becario ad eternum? ¿Quién se preocupa por las plantillas encubiertas que van más allá de la construcción y los talleres textiles clandestinos? El mensajero, como ente indefinido, no tiene derecho a queja.

"Salimos de la escuela y no tenemos ayuda. Deberían existir subvenciones para crear talleres o nuestra primera colección", protestan diseñadores recién licenciados. Los galeristas, henchidos de orgullo, subrayan hasta la extenuación que su Nit de l'Art se celebra sin ayuda institucional. Eso justo después de reclamar los pagos no realizados. Como si todo tuviera que estar subvencionado. Como, por desgracia, se mantiene medio mundo de la cultura y otros tantos ramos. Empresas privadas que, de no público, sólo tienen el NIF. Que se venden al mejor postor, que empalman proyecto subvencionado con proyecto subvencionado. Donde el criterio de la calidad entre en conflicto con el amiguismo. Un festival, un concierto, un intercambio... Todo cultural. Porque la cultura genera negocio y empleo. Pero, así, lo que no genera es dinero.

Nunca pensé que al salir de la facultad alguien tuviera que fundar un periódico en el que darme empleo. Nunca se me ocurrió escribir artículos en mi casa y convertirme en una freelance a la que tuvieran que venir a llamar a su puerta. No pedimos subvenciones. No nos quejamos de que ni el Día del Periodista tengamos libre. Tampoco de convenios con horas estipuladas que son la mitad de las reales. Ni las empresas pantalla o los conglomerados con tantas pequeñas empresas dentro como tipos de contrato diferentes. Ni de que, en realidad, Rossy de Palma no nos dé de comer. Ni siquiera a sus paisanos. De que no haya palmaditas en la espalda, "de que cuentes la verdad y te digan que lo tuyo ha sido una pataleta". De ser transmisores de un montón de quejicas que cobran subvenciones incluso cuando son incompatibles. 

Defiendo una cultura con mesura. En crisis y sin ella. Un mundo, en general, independiente. Capaz de sostenerse mínimamente. Un paro agrícola que no sirva para esconder un pluriempleo sin contrato. Ciudadanos con conciencia dispuestos a no vivir de las arcas públicas. Las mismas que, tras un cambio de gobierno, no ofertaron sus plazas para responsables de prensa. Tal vez nos habría interesado prostituirnos durante cuatro años al poder político. Pero el primer anuncio fue el de las personas contratadas. El dedazo es a la contratación en España lo que el agosto a la falta de productividad. Hasta el 15M ha puesto el grito en el cielo contra los terribles y diabólicos periodistas. Sin el apoyo y seguimiento de muchos de ellos, como el de Asier Vera, su voz hace tiempo que se habría apagado. Ya lo decían en Facebook: el becario que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Por el momento, el periodista sólo genera indiferencia.