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jueves, 18 de agosto de 2011

Dime qué anuncias... El cine español en la publicidad

El atrevimiento de Bigas Luna no es el primero ni el último. "Woody Allen ridiculizó la publicidad diciendo 'si Dios existe, ¿sabrá que hay ocho tipos de aspirina?, pero él también terminó por ceder a la tentación", recuerda Carlos Reviriego en EL PAÍS. El acercamiento ha ido en paralelo. Por un lado, la publicidad hace tiempo que ha renunciado a limitarse a la simple promoción de un producto para optar por ser otra forma de arte. Un conjunto de estética, mensaje y originalidad que puede -si se quiere- tener bastante en común con el cine. Desde el ¿Te gusta conducir? llamar a la emoción ha tenido buenos resultos. Por otro, la crisis económica del cine -subvenciones y espectadores todos juntos- ha hecho que los cineastas apuesten por eso de la diversificación de su visión detrás de la cámara.



Bigas Luna. Para el propio cineasta catalán KH7 no ha sido un debut, sino una repetición. En 1992 se atrevió con el spot navideño de Freixenet protagonizado por Antonio Banderas y Sharon Stone. Dorados y burbujas símbolo de la casa y un anuncio en el que resulta difícil encontrar rasgos característicos de Bigas Luna y en el que apostó por combinar el lujo con el humor. Magreo final, eso sí, había. "Lo económico pesa, pero no es lo primero, la publicidad también te permite probar cosas nuevas y yo sólo lo he aceptado cuando hay un concepto detrás y actores", decía por entonces Luna. En realidad, también había aceptado a Cruzcampo, Caja de Barcelona o Hellmann's. "[Capote] dijo que los escritores del siglo XXI serían aquellos que hubieran practicado el relato corto. Lo mismo se puede aplicar al audiovisual", añadió luego.


Víctor Erice. Igual de navideño había estado, once años antes, Víctor Erice. Su spot para Nescafé tuvo el honor de convertirse en el primer anuncio de 1980. El mensaje de paz, simbolizado en un abeto, desfila por países españoles con olor a invierno, a nostalgia y a algo de tradicional. Por lo visto y leído en Cuéntelo en 20 segundos, el director vasco se convirtió en aquella década en uno de los más cotizados para la publicidad. Anunció también el Banco Hispano Americano y los jabones de Heno de Pravia. Sus anuncios tenían dos pilares: la sensación de nostalgia -su eslogan para Fontecelta fue "agua con morriña" sobre el regreso de un emigrante gallego- y los niños. Para entonces ya había dirigido El espíritu de la colmena y se le daba maña el trato con los más pequeños. Faltaban aún un par de años para ver El sur en la gran pantalla.


Pedro Almodóvar. Estética y ADN puso Pedro Almodóvar en su anuncio para Pastas Ardilla de 1996. La cocina se convertía en el escenario de un duelo, casi western, entre Rossy de Palma y Chus Lampreave. Spaguettis a la chistorra o a la carbonara para un gran spot que sabía crear gancho para el espectador y reconocer al director que se ocultaba, aura ochentera mediante, tras la cámara. Desde entonces, y para muchos cineastas españoles, el guiño a algunas de sus propias películas -en este caso a La flor de mi secreto- se convirtió en un tirón más para las marcas publicitadas. Un intercambio en el que ambas partes salían beneficiadas. Español era, también, el spot que Gonzalo Suárez creó para Trinaranjus después del éxito de La Reina Zanahoria "Es terrible que un niño sepa como funciona un tribunal americano y desconozca como lo hace el de su propio país. Como pasa en el supermercado, que se pueda elegir entre la Coca-Cola y el Trinaranjus, que por cierto es un refresco español", apuntaba en una entrevista. Su carrera publicista, de la que es imposible recuperar vídeos, se basó en el gag. Dicen que en cinco años llegó a rodar más de 300 anuncios. Ahí es nada. "Era una época en la que el cine que yo quería hacer no conectaba con la industria, así que dirigí anuncios para poder vivir pero también para financiar mi cine".

Suárez reconocía que, para él, contar una historia en 20 segundos era "frustrante" pero que gracias a los beneficios de la publicidad había conseguido rodar Epílogo. Según el artículo de Gabriel Cañas, un anuncio podía contar con un presupuesto de entre 3 y 5 millones de pesetas en los 80, de los cuales el realizar se quedaba con entre medio y un millón. Cifras que hicieron que Álvaro Sáenz de Heredia o Miguel Hermoso pudieran crear su propia productora. Después de unos cuantos, Suárez abandonó la búsqueda del ego: "te das cuenta de que lo mejor es no tener ideas y atenerte a lo que te piden. Más que nada porque puede ser muy frustrante".


                               


Nacho Vigalondo. Mientras busco y rebusco ese supuesto anuncio de José Luis Garci para McDonalds -la curiosidad es más que mucha-, cierro este primer post cuatro hombres -además de los Radiadores Garza que promocionó Berlanga o del spot para las Fuerzas Armadas de Daniel Calparoso- de anuncio único. El primero, Nacho Vigalondo. Lo suyo fue, además, un paso más allá: se convirtió en el protagonista de su propio spot para publicitar la llegada de ELPAÍS al ipad. Después de un making of periodístico en la web del periódico, la relación entre ambos, acabó como Cristo de la aurora. Vigalondo, cuyo humor negro ya viene desde el cortometraje 7:35, fue el primero en comprobar que Twitter -en el empeño de los periodistas por convertirlo en fuente de noticia- podía jugar malas pasadas. "Ahora que tengo más de 50.000 followers y me he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El Holocausto fue un montaje!", twitteó. A ELPAÍS la broma -que siguió con otras como "¿Cómo se llamaba la peli de Spielberg?... A todo gas"- no le hizo ni puñetera gracia. El director de Los cronocrímenes se defendió asegurando que era una "víctima" de la "volátil confluencia de redes sociales y periodismo". Los del periódico se rieron más con esto último. Y no sólo suspendieron la campaña sino que cerraron el blog cinematográfico que tenía alojado el cineasta. 



Javier Fesser. Hace un tiempo -las cuentas no acaban de salir- al director de El milagro de P. Tinto o Mortadelo y Filemón -Camino se queda fuera por razones obvias- le tocó reinventar la publicidad de La Casera. Al lema de "pedazo invento La Casera", le seguía una estética de 13 Rue del Percebe como la que el propio director leía en los cómics de su infancia. Éste fue el primero de una saga que ahora, con Fesser o sin él, continúa y añade a Karlos Arguiñano al elenco personajil. Arte y cine puros y duros que estaban más cerca del cortometraje, con un universo propio muy claro, que de la simple publicidad. El propio Francisco Ibáñez se sumaba a un proyecto, una película de 90 segundos, que atrajo tanto a los publicistas como a los paganos en la materia. Con making of incluido, consiguió -como ocurre con Coca Cola- que cada nuevo anuncio de la gaseosa despierte a los bellos durmientes del sofá.




Álex de la Iglesia. Uno de los últimos en sumarse a esta moda ha sido el ex director de la Academia de Cine. Cortometraje es, también, su spot del Jamón Indestructible para Navidul. Si Almodóvar jugaba con el western, De la Iglesia lo hace con el thriller con dosis de costumbrismo y humor que ya demostró en La comunidad, Crimen ferpecto o Balada triste de trompeta. Una historia en sí misma que puede entenderse sin más contexto que el propio. Eso sí, resulta interesante darse una vueltecita por este curioso artículo de wikipedia que le hace el balance de cuentas a la filmografía del cineasta.

 

Julio Médem. Mejor sabor de boca deja el impresionante anuncio que Julio Médem creó para Balay. El tirón de Lucía y el sexo sirvió para crear un estilo englobado bajo el mensaje Por un mundo mejor que la marca de electrodomésticos continuaría más allá del cineasta vasco. Su huella en éste primero es muy clara. Tomó el blanco y los azules de la Formentera que había grabado con Paz Vega como protagonista. Quitó las palabras y llamó a la emoción, a las sensaciones. La tranquilidad que despertaba el spot contrastaba con el producto anunciado, pero era de esos cortos que se recuerdan. Para terminar de redondearlo, Alberto Iglesias se hacía responsable de la banda sonora.

viernes, 14 de enero de 2011

I. La macedonia tarantiniana de De la Iglesia

Ha llegado el momento. Sobre todo al ver que las reacciones a las 15 candidaturas de Balada triste de trompeta para los Goya se parecen demasiado a los comentarios a pie de sala. "Creo que no estamos acostumbrados a este tipo de cine", sentenciaba una anónima dos butacas a la izquierda. Con los créditos finales aún agonizando en la pantalla, otra voz le secundaba una fila más adelante. "Un tío que tiene estas ideas en la cabeza sólo puede ser un friki".

¡Qué facilidad de crítica! Sin ni siquiera haber reposado la película tras el olor a terciopelo recalentado de las butacas. El Señor W. y yo callamos. Apenas dejamos escapar un "Buah" reusltado de haber estado cerca de dos horas pegados al respaldo casi sin pestañear y muestra de nuestra reconciliación con Álex de la Iglesia. Así, sin el desfile comercialoide de camisetas escotadas de Leonor Watling ni crímenes en Oxford, sí.

Del criterio anónimo salto a las voces expertas. El En contra de Sergi Sánchez en Fotogramas no tiene nombre. ¿Nadie ha sabido pillarle el punto al -venga, digámoslo que sino parece demagogia- presidente de la Academia? Aceptemos la sobrecarga temática. Es indudable que el cineasta quiere hablar de demasiadas cosas. Pero también que su macedonia tarantiniana aguanta hasta el final como una campeona por más elementos que le eche encima. Una funambulista más en su circo de la trompeta que se sobrepone, incluso a las lagunas en el guión.

Comencemos por el principio. Los créditos iniciales de Balada triste de trompeta son una declaración de principios de su director. El embrión de la madeja de todos los hilos que irá estirando y desarrollando. Estética, contundencia agresividad. Una introducción seguida de un prólogo igualmente arrollador con Santiago Segura y el resto de la compañía circense sorprendidos por las tropas republicanas en medio de una función. Su adhesión -más consentida que involuntaria- al ejército y su posterior enfrentamiento con el bando nacional son la exhibición del surrealismo supino que el director es capaz de conseguir. La escena de Segura rebanando cuellos cuchillo en mano mientras ondea los tirabuzones al viento es la herencia valleinclanesca que muchos ven en el cineasta. Su amor por el esperpento es, aquí, palpable.

Esa primera historia del payaso triste sienta algunas claves del film. Una pretendida sobreactuación que parece reírse en la cara de los dramas de serie B. Todos teníamos en mente una escena de un niño visitando a su padre en la cárcel. Y el diálogo no podía ser otro. Sólo que Álex de la Iglesia siempre está al acecho con su ojo mordaz. Parlamentos crueles -cercanos a la humillación- pero brillantes y de humor afilado.

Con las primeras escenas en un Valle de los Caídos en plena construcción, la película da comienzo oficial.  Pero Balada triste de trompeta no es sólo la caricatura de una historia épica encerrada en una comedia del absurdo. Sus guiños a la realidad social e histórica desdibujan lo que podría haber sido otra revisión más guerracivilista con formato de pseudo documental.

La sublevación del niño al que todos habían dado por inútil y una explosión son el desencadenante. "La venganza es un buen argumento para construir una película", asegurará luego el señor W. No lo había pensando antes pero estoy de acuerdo.

Según las críticas vistas, oídas y leídas a posteriori, el número de ampollas levantadas a esta altura de la película ya era grande. "De nuevo", me dicen, "el bando nacional como diana". Disiento. Creo que es precisamente esta actitud moscona la que De la Iglesia critica. No habla ni pone en tela de juicio a las víctimas ni juega a hablar de maniqueísmos. La cinta habla de otra cosa. Del empeño esquizofrénico de seguir arrastrando la mierda. La incapacidad de decir aquello que comentaba Claudia Llosa: "no podemos hacer nada por lo pasado pero podemos trabajar a partir de ahora".

El film es una buena muestra de lo que es situar la Guerra Civil como auténtico telón de fondo y no lo que Villaronga nos quiso vender. No pone en duda una revisión ni clama venganza contra el franquismo. Es una excusa argumental como cualquier otro posible dramático que el director ha utilizado en su favor para su película megalómana.

Con el mismo cinismo conviven en lo siguiente realidad y ficción. Ese atentado a Carrero Blanco que se cruza en medio de la historia de los personajes. Ese momento brillante de Carlos Areces preguntando a los etarras: "¿vosotros de qué circo sois?" El retrato de un Franco compasivo ante el 'pequeño salvaje' cuyo mordisco recuerda al accidente de caza que sí sufrió el Generalísimo.

Qué casualidad, eso sí, que quien encuentra al payaso triste desnudo y en medio de bosque sea el mismo geneal del Valle de los Caídos. Había que condensar tantos elementos que en algún momento los nexos y las elipsis son más que burdos. Es el mismo fallo que habla de la película como una sucesión de sketches con guión poco consistente. Los árboles no le dejaron ver el bosque. La versión positiva diría que más mérito tiene aún levantar una cinta como ésta con una historia que no es nada del otro mundo.

*+* II. Tríos, amor, odio y violencia *+*

No se equivoca Sergi Sánchez cuando habla de "amor loco". La historia del triángulo protagonista -más bien isósceles que equilátero- es otro de los pilares del film. Y, como todo, extremista. Del patetismo al esperpento con toda su escala intermedia.
Basta poco para ver la oda que De la Iglesia le ha hecho a Carolina Bang. Mala actriz y penoso busto parlante que, como dice mi jefe, "deja a Kira Miró a la altura de Bette Davis". Su personaje puede ser un juguete roto, una tía sin personalidad. Pero aunque sus escotes estén poco más justificados que los de la Watling, interpreta con la misma cara que pone Eva Pallarés. Cara de culo.

Su nominación al Goya a la Actriz Revelación no hace sino agravar la ausencia de Carlos Areces entre los candidatos. Terrible. Areces construye su personaje con una solvencia notable. Un ser patético e inútil al inicio, incapaz de cualquier cosa. Trémulo y miedoso. Pero con la semilla de la venganza y la locura creciendo en un rincón de su cabeza. Un hombre loco que encuentra en el payaso alegre el blanco perfecto para sus deseos de vendetta. Su transformación -algo así como la versión radical de El Padrino- acaba en una gloriosa escena en la que se crea una máscara de guera con la deformación de su propio rostro. La locura es absoluta. Más cuando ve la relación entre Sergio y Natalia y cambian sus parámetros sobre lo que está bien y lo que está mal. "Intentaré ser como él para gustarte", le dice en un momento. Una frase tremenda para hacer caer del guindo al más pintado. Entre el cinismo y la crudeza.
Frente a Areces tenemos al gran Antonio de la Torre. Su nominación al Mejor Actor promete no tener final feliz contra Javier Bardem y Luis Tosar. Con galardón o sin él, De la Torre puede presumir de haber sacado todo el talento que las cintas de Sánchez Arévalo no terminaban de arrancar. Tremendo actor para el drama. Si Areces era el mal justificado, Sergio es malo porque sí. Un hombre violento y maltratador en el que algunos han querido ver las cicatrices de una época convulsa e incierta.

El tratamiento de la violencia de género fue lo que me chirrió del film. Creo que De la Iglesia equivocó las formas en algunos momentos. El retrato del enganche sexual y amoroso es tan duro como verosímil. Igual que la primera paliza en el bar que deja sin habla. Acierta, también, en mantener esa relación pese a que Sergio es desfigurado.

Pero vayamos a la escena del parque de atracciones. Un golpe -antes del gran momento del martillo, por ingenio, no por otra cosa- hace que Carolina Bang patine metros y metros por el suelo. La imagen es hiperbólica. "Violencia estética", apunta el Señor W. Está en lo cierto. Como en la adaptación de un cómic se busca más la espectacularidad del golpe que no su verosimilitud. No debería ocurrir lo mismo cuando tratamos con la violencia de género. Es un tema peliagudo en el que primar lo estético puede desembocar en frivolizar el contenido.

Balada triste de trompeta sabe un rato de estética. Fotografía e iluminación acojonantes. Ese mundo del circo encorsetado en las cuatro 'paredes' de un descampado. La reconstrucción del Valle de los Caídos con escenas de gran efectismo que deberían verse como el telón de fondo -la escenografía teatral- de las acciones. El símbolo está, claro, pero no con un mensaje oculto. ´

La ópera egipcia del presidente de la Academia sólo podía tener un final realista -como el del motorista- y poco idealizado. Por no hacer caso de las advertencias de un joven Raphael que, desde una pantalla de cine, justificaba con su canción el título de la película. Para una versión española de esa especie de subgénero de famoso-aparecido-para-aleccionar-torpes, véase Buscando a Eric. Un Raphael con maquillaje de payaso, voz engolada y gesto grandilocuente bien daba el resultado.