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viernes, 25 de febrero de 2011

Ese experimento llamado 'Elisa K'

No tenía intención de pasar por la crítica a Elisa K, pero la Setmana del Llibre en Català con Lolita Bosch -autora del libro en el que se basa el film- como invitada especial y pregonera mayor, me lo ha puesto a huevo. La película consiguió el Premio Especial del Jurado en el Festival de San Sebastián y la nominación a Mejor Guión Adaptado de los Goya. Los expertos coincidían: otra vez se premiaba la experimentación del cine por encima de la narrativa. Metacine, además, made in Cataluña. Al lado de sus responsables, los de Pa Negre se apuntaban al mismo club.

"Cine tan independiente como prescindible" titulaba Carlos Boyero su crónica de la Berlinale el mismo día en que se celebraban los Goya. Y yo me acordé de Elisa K. La culpa no era mía, sino de Judith Colell y la entrevista concedida a L'Espectador de l'Art en la que, de nuevo, confesaba que su película había sido concebida bajo el manto del cine independiente. "El sarcasmo es un signo de malestar interior. Como Boyero", me dijeron una noche. Y con malestar o sin él, me vino todo el sarcasmo.

"El panorama [del cine] español está fatal, el catalán no. En España es desolador porqué no hacen “ni chicha ni limoná”: hacen estas superproducciones que me interesan relativamente poco, aunque entiendo que deben existir y se deban hacer. A la industria de Madrid le faltan, no se por qué, estas películas mucho más libres de lenguaje que se hacen aquí", suelta la catalana y se queda tan ancha. Cualquiera que la oiga hablar de superproducciones en el cine español pensará que nos pasamos el día haciendo remakes castizos de Apocalypsis Now. Digamos que, para empezar, que me consigan convencer de que la distinción entre "cine español" y "cine catalán" no tiene nada de político, es más que imposible. Pero no contenta con lanzar piedras contra el que, le fastidie o no, es también su propio tejado, Colell encuentra incluso argumentos para defender la existencia paradisiaca del [cine] catalán.

Para la cineasta el "no tener la guillotina de la taquilla sobre nuestras cabezas" le da la libertad de hacer películas de bajo presupuesto, "de cámara y cuatro personas". Eso que, para que suene bien, han dado en llamar 'cine de autor'. Luego pasa lo que pasa, por la boca muere el pez. Desde los foros de Fotogramas -quizá sin leer su entrevista- le apuntan que gastando lo que ella gasta en actores secundarios, hace un película hasta el más pintao. Si es por barata, que no quede. Eso sí, el resultado es deplorable. Dan ganas de zarandear a esos gatos de escayola que no consiguen disfrazar de incomunicación su mala interpretación. Queridas Eva Pallarés y Carolina Bang, parece que en Cataluña tenéis un nicho de mercado cojonudo.

Y no era sólo que Judith Colell me cayera bien, con 53 días de invierno tuvo un debut más que notable. Un film un tanto recargado y al que podría ponerse algún 'pero', pero que -valga la redundancia- crece en comparación con la nueva cinta. Los objetivos de Elisa K me confunden. Para el tándem de cineastas compuesto por Jordi Cadena y Colell la frase de "dentro de unos minutos Elisa será violada y lo olvidará todo" fue clave para decidirse a adaptar el libro. Una cita con la que uno ya sabe todo lo que tiene que saber del argumento de la película -que estira hasta poco más de una hora el proceso- y que contiene dos de los supuestos pilares: la violación y el olvido. Bueno no, para la catalana la cuestión no es el hecho en sí mismo sino el síndrome -tipo la teta asustada- que arrastra. La capacidad de la mente humana para desterrar algo doloroso de la memoria y recuperarlo de repente, en un momento cualquiera. La pena es que entre lo uno y lo otro pasen apenas un par de minutos y escenas. Claro, como ya se nos dijo que lo olvidaría todo, el espectador debería poner un poquito de su parte.

Algo chirría en el fondo. La pareja se dividió el film equitativamente: "tú haces el pasado y yo hago el presente", le dijo Judith a Jordi. Él, creó un pasado en blanco y negro. Plagado de secuencias largas en las que no pasa nada. De bochornos ambientales, de incomunicación, de incongruencias, de cosas mezcladas que no tienen nada que ver. Y de una perpetua voz en off que ha debido sacar de sus casillas al señor Juan Antonio Porto. Si algo me quedó claro en sus clases de guión de cine, es que una voz en off no puede ser el audio de lo que estás viendo. En algo se tendrá que diferenciar de la página 888 del teletexto.

En esa primera parte -que tiene una herencia de Ventura Pons más que evidente- es cuando a uno ya le empieza a mosquear el tema de los secundarios e incluso de la niña protagonista que llora mal no, peor. Como aquí los indies dicen que pasan de los grandes castings... Para cuando hemos acabado el trabajo de Cadena, Elisa K sigue acordándose perfectamente de lo sucedido. Así que si el olvido se limita a una cortinilla con fundido a negro el tema presupuestario está más jodido de lo que pensaba.

Colell retoma la película. Una Elisa ya adulta que, aunque no se hayan dado cuenta, ya no recuerda nada. Lo peor es que ni siquiera lo que hace saltar el resorte queda muy claro. ¿Tiene su magdalena proustiana olor de café? A partir de ese momento se desata la locura. Una larguísima escena de rabia, autolesiones, miedo, horror, asco y un largo etcétera por los que pasa Aina Clotet en un plano secuencia digno de admirar. Tengo la sensación de que la película entera se justifica en él, y no me basta. Es más, con Clotet tengo el mismo problema que con otros tantos actores del entorno como Roger Casamajor o, ya in extremis, Oriol Vila. Lo de haberles visto pasear por TV3 hace que les mire con ojitos a los que luego su trabajo no hace justicia. Por el momento, a la única que salvo mínimamente de la quema es a Nausicaa Bonnín a la espera de que un papel como dios manda la hunda o la consagre con lo que sólo se vio a medias en 'Tres días con la familia'.
Y eso es todo. Antes de que se dé cuenta, ante sus ojos desfilarán los créditos finales. No, Elisa ni se casa ni se muestra si tiene problemas en sus relaciones sexuales ni si se volvió una psicópata por culpa de lo sucedido. No hay más. Ellos querían contar la desmemoria y la vuelta en sí. Pues para eso podrían haber hecho un corto. Más indie y más barato.

lunes, 14 de febrero de 2011

XXV Premios Goya 2: Al pan pan, y al Bardem, vino

Bueno, ya está. Los 9 goyas de los 14 posibles, situaron a Pa negre como ganadora de la noche. Era el titular más buscado. El cineasta maldito se reconcilia con la Academia. O, mejor dicho, la Academia se reconcilia con el director maldito. "Después de años de ser un bicho raro, siento que me hago un hueco en el cine y me gusta", dijo el propio Agustí Villaronga al recoger un Goya.

No se engañe, Agustí. Tenía todas las papeletas para salir tan bien como salió. Hay años que a la Academia -sobre todo con un enemigo oficial como De la Iglesia- le da por hacer buenas acciones. Lo suyo no es nuevo, tiene a Jaime Rosales y la La Soledad -zzzzzz- como precedente directo.

Villaronga tenía todos los ingredientes para que se hiciera realidad eso de la discriminación positiva: película en lengua catalana, posguerra al canto, director maldito, dos niños en el reparto... ¡Y lo bien que quedaría premiar a este film para, de paso, reconciliarnos con Cataluña! Qué políticamente correctos somos todos, oye. Reafirmémonos, como ya dije en otro post, en la idea de que España sólo vende Almódovar, dramones de tinte social y las historias con moraleja histórico-política con opción a ingrediente guerracivilista. Si me apuran, Pa negre reunía incluso las dos últimas. ¡Milagro! Háganse los Goyas.

Yo sigo dudando de esta película. De interpretaciones que no acaban de convencerme, de un guión contado a borbotones, de un doblaje pésimo... Sólo quiero agradecerle a Marina Comas que le arrebatara el goya a Carolina Bang. Gracias. Por cierto, que si Villaronga no se ha enterado aún. El Consell de Mallorca ya anda subrayando con fosforito el 'Mallorca' de su DNI. Como con Daniel Monzón. Después de no poner un duro para sus películas y de que se nos convierta en otro cineasta tránsfuga, recordamos que no, que es nuestro. Me pone enferma.

La que pareció no sucumbir a lo políticamente correcto fue Contracorriente, la película peruana. Mi querido Matías Bize le arrebató el Goya a la mejor película latinoamericana con La vida de los peces. La gala prometía también su encuentro con Julio Médem después de que éste adaptara en versión española, lésbica, situada en Roma y música de Russian Red, su En la cama y no le citara ni en los créditos. Pero del vasco no hubo ni rastro. Se dedicó a mandar a sus musas como representantes. Ambas se volvieron a casa de vacío.

Confabulados en negarle a Balada triste de trompeta que otro cine es posible -y después de que Pa negre le arrebatara a Tres metros sobre el cielo el mejor guión adaptado-, sólo Bon appétit y David Pinillos como mejor director novel desviaron mínimamente la línea de "vamos a premiar esto y punto". Sí, esa "película de amigos que se besan" tiene pinta de ser una ñoñada como pocas. Pero ojo, Tres metros sobre el cielo recaudó más que Balada, Pa negre y También la lluvia juntas. Bienvenidos sean los adolescentes al cine español. Mario Casas servirá de algo.

Y, si alguien protagonizó la gala hasta deslumbrar a Villaronga fue Javier Bardem. La tríada Almodóvar-Bardem-Cruz quiso honrarnos de nuevo con su presencia mandando al padre de familia. Qué cara de tontos se nos pone cada vez que llegan. Qué complejo de paleto tan grande. Qué panda de malpensados quienes digan que, ante la gran posibilidad de que Bardem se comiera los mocos en los Bafta gracias a El discurso del rey, era mejor recoger su Goya más seguro que el personaje del galardón y no quedar como que había preferido irse de vacío que venir a su país. ¡Qué tontorrones nos ponemos mientras le dicen "enhorabuena por todo" mientras todos sabemos lo que ese TODO engloba! Ainss, qué pereza. Papelazo en Biutiful, sí. Pero cansancio de estrellitas de Nestlé. Lástima que nos quedamos sin conocer el nombre de la criaturita. Apuesto por PEDROOOOOOOOO.

XXV Premios Goya I: El sari de Sinde, las descargas de Buenafuente y el discurso del presi

He soñado con Asier Etxeandia. No es que me moleste, ni el chaval está nada mal ni -después de 'Barroco'- dudo de su talento interpretativo. Pero creo que la cosa viene porque, dos horas y pico de Goyas después, mi subconsciente seguía atrapado en una gala que pasó del acierto a la repetición y la vergüenza ajena. Creo que el númerito musical -¿quién convenció a Luis Tosar para presentarse?- nos pilló a todos demasiado en frío como para juzgarlo con objetividad. Digamos que el gran inicio de Andreu Buenafuente mientras bajaba del cielo y decía "esto ha sido una descarga legal" fue desembocando en una sucesión de chistes malos. El momento del micro que transformaba la palabra en música -joder, ahí sí que quién coño convenció a Antonio de la Torre- fue patético.

Dice mi madre que mientras en el extranjero hacen las cosas a lo grande, aquí siempre optamos por hacer el payaso. Y la callo con un "ay, mamá!!" al tiempo que pienso que, visto lo visto en el repaso de los 25 años de Goyas, a lo poco que hemos aprendido es a mejorar los decorados.

A los que no entendemos -ni tenemos intención de hacerlo- de moda, la alfombra roja nos sirve poco más que como un critiqueo a pie de playa. Supongo que ambas están concebidas para lo mismo. Los chismorreos son los mismos que un Sálvame cinematográfico. Primero, que quién era la señora que acompañaba a Imanol Arias -duda más que razonable después de haber convertido su separación en un serial más. ¿Quién podría dejar a Antonio Alcántara?-, que qué guapísima está Aitana Sánchez Gijón y qué maravilla un flequillo-quita años, que Najwa Nimri sigue apostando por el horterismo de escote o transparencias y que, atención, Leonor Watling vuelve a estar embarazada. El matrimonio con Jorge Drexler es fructífero y no sólo en premios.

Nos vendieron la gala como la noche de la posible polémica González-Sinde VS. De la Iglesia. El jeto de ambos en el posado -pese al sari que la ministra se encasquetó en plan 'vengo en son de paz'- hablaba por sí solo. La pena es que todos sabíamos lo que iba a pasar. Primero, que TVE apenas iba a enfocar a los manifestantes convocados por Anonymous en los alrededores del Teatro Real. No, no era su noche. Es cierto. Y menos protagonismo iban a tener después de boicotear la página de la Academia y la de los Premios Goya. Desde luego, mostrar el mal uso que se puede hacer de internet no es la mejor manera de defender Cinetube. Recordemos, eso sí, las sabias palabras con las que Eduard Punset puso a Sinde en su sitio. Sólo me alegro de que el que saltara al escenario fuera el gilipollas de Jimmy Jump y no un manifestante rebelde. Hubiera sido una cagada monumental.

Para quienes seguíamos confiando en las reivindicaciones de la noche -algo, por lo menos. Qué bien que habláis todos después- nos quedaba el discurso de Álex de la Iglesia. Denigrado de su categoría de cineasta por ser el director de la Academia, podía más que suponer que su papel en la gala iba a ser más oficial que paritario. Es así. Todos habrían titulado con el tongo sobrevuela la gala de los Goya. No importa que el listado de los académicos sea casi infinito. De 15 nominaciones, Balada triste de trompeta se fue a casa con dos: maquillaje y peluquería y efectos especiales. Sí, vale. No hay premios objetivos. Pero frente a una peli más de Villaronga, análisis aparte, De la Iglesia había firmado uno de sus mejores films hasta el momento.

"Bienvenido al club de las injusticias", le podría decir alguno. Icíar Bollaín, sin ir más lejos que de 13, se quedó sólo con el pico: dirección de producción, música -siempre grande Alberto Iglesias- y actor de reparto. El Goya al señor Karra Elejalde nos regaló un momento de emoción. El actor le agradeció a Bollaín haberle sacado "de boxes". El cabezó le colocó en el puesto en el que probablemente hace tiempo que debería estar. Que se aplaudiera tanto como cualquier otro galardón -sigo sin entender porque nadie se puso de pie con Pasqual Maragall- es otra de esas cosas que tiene el ego del cine.

A De la Iglesia no le quedó más remedio que hacer todo lo posible por pasar a la posteridad por su discurso. "No le tenemos miedo a internet, es la salvación de nuestro cine". Grande. Por fin alguien se ha dado cuenta de que, con una cantidad de películas españolas inasumibles por las pantallas -siempre y cuando el sistema sea el que es- la red es una plataforma más que buena para dar a las cintas esa segunda vida que buscan. Sí, habrá que plantear "un nuevo modelo de mercado, una nueva manera de entender el negocio del cine". Eso sí, mientras se pueda elegir entre barato y gratis, la cosa está clara. El cine, consiste en una pantalla y alguien del otro lado. Lo dijo él mismo. Y, casi en homenaje a Punset, añadió "si queremos que nos respeten, tenemos que respetar primero". Lástima que con su dimisión, se acabe una de las pocas voces con sentido común y que se atreve a diferir de la línea oficial.

miércoles, 9 de febrero de 2011

'Biutiful', con 'i' de inverosímil

Quien no ha ido nunca a un Cineville, no sabe aún lo que es un moderno con el cine como principal afición. Y quien no lo ha hecho en Amsterdam, a 9 euros la entrada y con una sala poco más grande que el salón de casa, no tiene ni idea del bien que nos ha hecho Cinetube.

Los 3 euros de diferencia deben de irse en aranceles proteccionistas, distribución o en costear una pantalla protegida con un telón rojo y un servicio de bar que deja entrar a la sala con una copa de vino o una taza de café. Por las palomitas ni pregunte. Los únicos sólidos que tienen acceso son las pastas de té.

Compramos las dos últimas entradas para Biutiful. Con González Iñárritu en la dirección y Bardem como protagonista, el film ha conseguido colarse en la categoría de 'visión obligada' incluso fuera de España. Y la versión original garantiza presencia hispana en la sala.

Dos horas y pico de metraje después, decepción en nuestras dos butacas de primera fila. Biutiful es floja, muy floja. Ni el gran trabajo de Bardem logra levantar un guión pobre y surrealista. Sí, de nuevo, excelente fotografía. Brillantes escenas de los chinos en el almacén y su posterior aparición en la playa. En la carga policial, a alguien se le fue la mano.

En un ciclo sobre España y el cine, Biutiful compartiría jornada con Vicky, Cristina Barcelona. Si la segunda fue complaciente, fomentoturística y garantía de los fondos de la Generalitat, la primera es un retrato turbio de la Ciudad Condal. No es una bajada a los infiernos, sino una peregrinación monótona y continua. Como una pasarela de aeropuerto con la muerte al fondo del pasillo. Los suburbios, la droga, las mafias, la corrupción, la miseria, la enfermedad, la prostitución... ¿Fotografía real o imaginaria de lo que el turista no ve? A España hace tanto que le dio por desenmascarar sus apariencias que ya no quedan antifaces que quitar.

En el centro del microcosmos, Uxbal. Un protagonista digno de incluise en la categoría de los '¿y qué más?' El empeño por no descentrar al espectador, le ha colgado a Bardem todos los males habidos y por haber: ex drogadicto, enfermo de cáncer, mafioso, cornudo -con una mujer que no sólo le engaña con su hermano sino que además es prostituta-, pobre... Si la sobreinformación acaba por provocar el desinterés, la saturación termina por llevar a la irrealidad. No pude evitar acordarme de Diez historias de barrioprimer Premi Ciutat de Palma de Cómic. Bartolomé Seguí y Gabi Beltrán retrataban el pasado oscuro de ese enclave de calles que hoy se confunde entre Sa Gerreria, Canamunt y Ciutat Vella. Aquella década de los 80 en la que el infierno era tan completo como angustioso. No había salida posible para una generación hija de madres prostitutas y padres alcohólicos. Un panorama de droga y pobreza ante el que, un barrio ahora de moda, resulta casi un insulto. La realidad supera a la ficción, pero ahí radica la diferencia entre lo real y lo verosímil.

Por si fuera poco, González Iñárritu dota a Bardem de poderes sobrenaturales. Una suerte de comunicación con los muertos -otra vez 'Entre fantasmas'- que termina de empobrecer el guión. Ni le añade el punto mezquino de ser un timo del que aprovecharse ni le aporta la conciencia suficiente para tener remordimientos. La visita a su colega vidente ya invitaba a la españolada. ¿Ahora cómo me creo yo el resto?

Con el concepto ínfimo de España que tenemos, nos tragamos casi sin masticar una organización vertical de mafias digna de la ONU. De nuevo, Bardem como engranaje fundamental. Los chinos fabrican el material, los negros lo venden y la policía española -bajo pago- lo consiente. Pero, de nuevo... ¿Era necesaria tanta mierda junta? Sí, Iñárritu se obceca en que Biutiful acabe por ser una metáfora del caos hacia el que vamos. Dos chimeneas humeantes de fábrica y una televisión emitiendo la muerte de una decena de ballenas varadas acaban de echar el resto. ¿Quién dijo que mezclar temas era sólo cosa de De la Iglesia?

Al final -y mientras el Señor W ruega por la reconciliación del mexicano con su guionista habitual- en lo único que se convierte el film es en una cadena de historias paralelas desaprovechadas: los niños, Lilly, el matrimonio negro... El cineasta se empeñó en dejarlos en el camino. Cuando uno necesita más de dos horas de cinta para contar una historia, tiene que andarse con ojo con las sutilezas. Si nos cuenta el camino de Uxbal hasta su muerte, ¿por qué nada cambia en su entorno? ¿Por qué sigue viviendo en un nido de ratas pese a acumular más y más dinero? Es más, ¿por qué tratar la bipolaridad como una ida de olla sin más de loca con pantalla blanca y un ahora-sí-ahora-no sexual? El único acierto fue la elipsis en la escena del colchón quemado.

La película, en resumen, debería de haber acabado con el suicidio de Bardem desde el puente después de llamar a su familia. Y sí, los modernos de Amsterdam beben vino en el cine, pero también vuelcan los vasos.

miércoles, 26 de enero de 2011

'Contracorriente'. Orfeo en Brokeback Mountain

"Cuando uno despierta a un muerto, no siempre regresa el que había sido", me dice el Señor W. Cuando uno se aferra a un difunto algo tiene, por fuerza, que salir mal también. Acabo de ver el debut de Javier Fuentes-León y siento que la frase le viene como anillo al dedo. A Orfeo el rescate de Eurídice le salió mal, y la historia parece estar condenada a repetirse.

'Contracorriente' se cuela en la lista de nominados de los Goya como posible Mejor Película Latinoamericana. Su historia ha llegado a España como un murmullo de boca-orejas avalado por el premio del público en Sundance. Un film sencillo, sin grandes pretensiones ni presupuesto, que apuesta por aquello de las historias intimistas. Su origen peruano sitúa de inmediato a Fuentes-León en una odiosa comparación con Claudia Llosa. Con su referente o sin él, la cinta se queda en una especie de ensayo general que a duras penas logra remontar en la segunda mitad del metraje.

Hace un par de años le pregunté al director del Festival de Cine Gay y Lésbico de Mallorca qué necesitaba una película para entrar en una muestra como ésa. Si en Titanic o en Memorias de África hubiera habido una pareja homosexual, ¿habría bastado? No supo qué responderme. Creo que buscar un público especializado no tiene sentido. Como tampoco lo tendría un festival de cine heterosexual. La discriminación positiva tampoco funciona y la tentación de caer en el porno es demasiado evidente.

Lejos de una igualdad social absoluta, al cine con personajes homosexuales no le ha quedado más remedio que colocar su propia situación como eje de la trama. Por mucho decorado y mucho adorno que se añada, la historia acabará girando en torno a las dificultades de la homosexualidad confesa en medio de un entorno hostil.

A Javier Fuentes-León hay que reconocerle un logro: haber intentado saltar ese paso para instalarse directamente en la normalidad. Que la historia de Miguel -un pescador casado y a punto de ser padre- y Santiago -un pintor y fotógrafo tan bohemio como guapo- se trate igual que si habláramos de un hombre y una mujer. No buscar más dramatismo de la cuenta ni una pasión desenfrenada y angustiosa. Ese pulso, desde luego, se lo ha ganado a 'Brokeback Mountain'.

El cineasta reconoce en ello una manera de dirigir clásica, de aire romántico. Y, vuelta a las influencias, herencia de Rossellini y De Sica. Sin embargo, peca tanto de comedido que -escenas al estilo 'Barridos por la marea', aparte- la película se convierte en algo totalmente lineal y carente de emoción. Y la interpretación de Manolo Cardona (Miguel) no ayuda mucho. Horrible en la primera mitad de la película, hay escenas en las que de no ser por el texto, uno no sabría si ríe o llora.

La mesura del peruano tenía otro motivo. La problemática -palabra de moda- homosexual iba a estar presente, pero él miraba más allá. 'Contracorriente' habla también de la fidelidad a uno mismo. De cómo la religión se empecinó en señalar lo que estaba bien y lo que estaba mal. Habla de cobardía, de egoísmo, de valentía a destiempo. De cómo el miedo propio al qué dirán puede ser peor que el qué dirán mismo.

La historia de amor se convertirá entonces en una excusa argumental para hacer de Miguel un personaje redondo. Capaz de aceptarse, reconocerse y vivir fiel a él mismo. Para el proceso será necesario matar a Santiago. Una desaparición que el film trata con tanta ligereza que abruma. Si esto es amor -y por mucho que una horrorosa banda sonora insista en ello-, que venga Dios y lo vea... aunque luego se escandalice.

Con Santiago convertido en un espectro deambulante, la cinta amenazaba con transformarse en la fusión de 'Ghost' y 'Entre fantasmas'. Incapaz de descansar en paz hasta que den sepultura a su cuerpo, se convertirá en un espía materializado en la voz de la conciencia. Sólo Miguel podrá verle... y tocarle. Está bien. El cineasta no quiso efectos fantasmagóricos ni humos espectrales quizá para probar que aquella muerte era, en el fondo, una metáfora. Pero en la invisibilidad tangible la cosa perdió el sentido.
La memorable escena de Whoopi Goldberg haciendo de cuerpo transmisor en 'Ghost' se convierte aquí en un ocio y disfrute intergaláctico. Los amantes siguen su historia de amor y sexo igual que antes pero con el ingrediente añadido de que nadie puede ver a Santiago al lado de Miguel.

Que saque provecho de la situación es lo mínimo que podría hacer. Tanto que buscará su cuerpo en el fondo del mar para encontrarlo e intentar asegurarse de que nadie vuelva a dar con él y así, garantizar que el espíritu de su amante siga vagando a su vera. Sin embargo, las incoherencias, la falta de conciencia y contacto con la realidad, su intolerancia y su egoísmo le explotan en la cara. ¿Qué importan las voces ajenas cuando uno sigue su propio camino, el único? El mensaje era bueno, el camino no tanto. A veces hasta Cavafis se equivoca.

sábado, 22 de enero de 2011

'También la lluvia': el colonialismo según Laverty-Bollaín

El cine español se ha labrado -a base de empeño y esfuerzo- un cliché con el que venderse en el mercado internacional. Acomplejado con motivo o sin él -presupuestario seguro- por su incapacidad de crear grandes producciones, ha inventado una especie de cine de autor a la española. Dejando de lado la duda de si los tentáculos -más que garras- de Bigas Luna llegan más allá de las fronteras patrias.

El cine español vende tres cosas: Almodóvar, los dramones de tinte social y las historias con moraleja histórico-política con opción a ingrediente guerracivilista. No hay más. Así que a la hora de seleccionar una cinta que nos represente en el extranjero, se nos ve el plumero. ¿Cómo vamos a apostar por Celda 211 cuando la acción no se nos da bien? Afiancemos nuestro papel de cinematografía comprometida en la que el sello se ha convertido en topicazo.

Una llega al último film de Icíar Bollaín con el ceño fruncido. Hemos renegado del éxito de público y crítica de Celda 211 e incluso de que Estados Unidos haya comprado los derechos para hacer un remake. Hemos elegido que También la lluvia nos represente en los Óscar.

Confesemos. Al salir de la sala reconocimos que habíamos visto una buena película. Pero al intentar diseccionarla me asalta una gran duda: ¿cuánto de Paul Laverty y cuánto de Icíar Bollaín hay en la película? ¿Sirvió el colaborador de Ken Loach un guión en bandeja sobre el que la vasca realizó una magnífica dirección? ¿Cuánto hay de sus visiones del mundo y cuánto de pellizco despierta-conciencias?

Sea como fuere el matrimonio Laverty-Bollaín lo tenía difícil. Volver sus pasos sobre la colonización de América para establecer nexos -y asistir con estupor si es necesario- con el nuevo colonialismo del siglo XX. La comparación no podía ser tan burda que hiriera la inteligencia del espectador. No caer en la demagogia ni tampoco en el maniqueísmo. El equilibrio resultaba harto complicado.

Tal vez fue entonces cuando Laverty-Bollaín decidieron ponerse como los malos. Como los seres hipócritas que defienden la revisión de un personaje como Colón y que luego practican el nuevo colonialismo. La fórmula: un equipo de cine en pleno rodaje de una gran producción sobre el descubrimiento de América al que el estallido de la guerra del agua rompe todos los esquemas y planes.

Bueno, ponerse a uno mismo -sector cinematográfico- como eje del mal puede tener algo bueno: uno se ahorra las críticas de los mencionados. Pero conlleva la dificultad de jugar con el metacine, un reto que Bollaín resuelve con maestría. No hay cámaras vistas donde no debe haberlas. La huida de los indígenas, su quema aleccionadora, los discursos grandilocuentes de Colón... Un dominio combinado con una fotografía espectacular de Alejandro Catalán como ese plano del helicóptero portando la cruz entre las montañas.

El metacine permitía, además, otra cabriola. Enfrentar a esos actores de la intrapelícula a los personajes reales que deben interpretar. Entender, más de cinco siglos después, aquella forma de colonialismo. Un juego del que Karra Elejalde -el actor más que el intraactor- sale bien parado como hacía tiempo que el cine español no le permitía. Sin duda merece el Goya.

La pluralidad de visiones y opiniones debía garantizar la ausencia de un maniqueísmo que, sin embargo, sí está presente. Los malos son los malos. Tal vez porque en una conquista hay poco lugar para la duda. Pero si bien al principio los argumentos de seguir adelante con un rodaje son moralmente insuficientes para negar u obviar la situación del país, peor es luego el desenlace. Un Luis Tosar ejerciendo de productor cabronazo, Colón 2.0, convertido de repente en un alma caritativa pese al engaño de dinero. Un Karra Elejalde cediendo una lata de cerveza a los detenidos en un camión y un Gael García Bernal que, de repente, decide quedarse en el país. No a defender su película ni a luchar por los indígenas sino a no se sabe muy bien qué, junto a la frontera policial. Una escena que, de haber sido made in Hollywood, hubiera tenido el himno estadounidense de fondo.

Imagino que es de esperar que el retrato de un rodaje sea el correcto. El director obsesionado y ensimismado en su propio proyecto sin conseguir ver más allá. El productor que hace filigranas presupuestarias. Un pequeño grupo que llega con la misma superioridad con la que llegaron en 1492. Frente a las escenas más tópicas brilla la conversación telefónica de Tosar en inglés, esa comida a base de productos españoles donde quienes sirven son bolivianos o esa cena en la que el idioma indígena se convierte en divertimento. Son sutiles formas de menosprecio.

Esa supuesta supremacía se presenta también sobre los antepasados. Sin ver que los cascabeles de oro de antaño son hoy míseros sueldos como figurantes. Excelente, también, la escena con el embajador o presidente. Con el descrédito hacia la política más que instalado, se olvida que sus actitudes no son exclusivas. Después, fuera de la película una se entera de que es el propio gobierno de Evo Morales quien pagará a Juan Carlos Aduviri el billete para asistir a los Goya.

Así que el binomio Laverty-Bollaín ha compuesto una buena película aunque de esas que puede crear la inseguridad del veredicto a salir de la sala. El film ha pasado la criba de los Oscar hasta colarse en los nueve finalistas. Pero es que otro de los clichés de la España moderna es renegar de todo cuanto contenga moraleja. Seguimos llevando fatal el adoctrinamiento.

viernes, 14 de enero de 2011

I. La macedonia tarantiniana de De la Iglesia

Ha llegado el momento. Sobre todo al ver que las reacciones a las 15 candidaturas de Balada triste de trompeta para los Goya se parecen demasiado a los comentarios a pie de sala. "Creo que no estamos acostumbrados a este tipo de cine", sentenciaba una anónima dos butacas a la izquierda. Con los créditos finales aún agonizando en la pantalla, otra voz le secundaba una fila más adelante. "Un tío que tiene estas ideas en la cabeza sólo puede ser un friki".

¡Qué facilidad de crítica! Sin ni siquiera haber reposado la película tras el olor a terciopelo recalentado de las butacas. El Señor W. y yo callamos. Apenas dejamos escapar un "Buah" reusltado de haber estado cerca de dos horas pegados al respaldo casi sin pestañear y muestra de nuestra reconciliación con Álex de la Iglesia. Así, sin el desfile comercialoide de camisetas escotadas de Leonor Watling ni crímenes en Oxford, sí.

Del criterio anónimo salto a las voces expertas. El En contra de Sergi Sánchez en Fotogramas no tiene nombre. ¿Nadie ha sabido pillarle el punto al -venga, digámoslo que sino parece demagogia- presidente de la Academia? Aceptemos la sobrecarga temática. Es indudable que el cineasta quiere hablar de demasiadas cosas. Pero también que su macedonia tarantiniana aguanta hasta el final como una campeona por más elementos que le eche encima. Una funambulista más en su circo de la trompeta que se sobrepone, incluso a las lagunas en el guión.

Comencemos por el principio. Los créditos iniciales de Balada triste de trompeta son una declaración de principios de su director. El embrión de la madeja de todos los hilos que irá estirando y desarrollando. Estética, contundencia agresividad. Una introducción seguida de un prólogo igualmente arrollador con Santiago Segura y el resto de la compañía circense sorprendidos por las tropas republicanas en medio de una función. Su adhesión -más consentida que involuntaria- al ejército y su posterior enfrentamiento con el bando nacional son la exhibición del surrealismo supino que el director es capaz de conseguir. La escena de Segura rebanando cuellos cuchillo en mano mientras ondea los tirabuzones al viento es la herencia valleinclanesca que muchos ven en el cineasta. Su amor por el esperpento es, aquí, palpable.

Esa primera historia del payaso triste sienta algunas claves del film. Una pretendida sobreactuación que parece reírse en la cara de los dramas de serie B. Todos teníamos en mente una escena de un niño visitando a su padre en la cárcel. Y el diálogo no podía ser otro. Sólo que Álex de la Iglesia siempre está al acecho con su ojo mordaz. Parlamentos crueles -cercanos a la humillación- pero brillantes y de humor afilado.

Con las primeras escenas en un Valle de los Caídos en plena construcción, la película da comienzo oficial.  Pero Balada triste de trompeta no es sólo la caricatura de una historia épica encerrada en una comedia del absurdo. Sus guiños a la realidad social e histórica desdibujan lo que podría haber sido otra revisión más guerracivilista con formato de pseudo documental.

La sublevación del niño al que todos habían dado por inútil y una explosión son el desencadenante. "La venganza es un buen argumento para construir una película", asegurará luego el señor W. No lo había pensando antes pero estoy de acuerdo.

Según las críticas vistas, oídas y leídas a posteriori, el número de ampollas levantadas a esta altura de la película ya era grande. "De nuevo", me dicen, "el bando nacional como diana". Disiento. Creo que es precisamente esta actitud moscona la que De la Iglesia critica. No habla ni pone en tela de juicio a las víctimas ni juega a hablar de maniqueísmos. La cinta habla de otra cosa. Del empeño esquizofrénico de seguir arrastrando la mierda. La incapacidad de decir aquello que comentaba Claudia Llosa: "no podemos hacer nada por lo pasado pero podemos trabajar a partir de ahora".

El film es una buena muestra de lo que es situar la Guerra Civil como auténtico telón de fondo y no lo que Villaronga nos quiso vender. No pone en duda una revisión ni clama venganza contra el franquismo. Es una excusa argumental como cualquier otro posible dramático que el director ha utilizado en su favor para su película megalómana.

Con el mismo cinismo conviven en lo siguiente realidad y ficción. Ese atentado a Carrero Blanco que se cruza en medio de la historia de los personajes. Ese momento brillante de Carlos Areces preguntando a los etarras: "¿vosotros de qué circo sois?" El retrato de un Franco compasivo ante el 'pequeño salvaje' cuyo mordisco recuerda al accidente de caza que sí sufrió el Generalísimo.

Qué casualidad, eso sí, que quien encuentra al payaso triste desnudo y en medio de bosque sea el mismo geneal del Valle de los Caídos. Había que condensar tantos elementos que en algún momento los nexos y las elipsis son más que burdos. Es el mismo fallo que habla de la película como una sucesión de sketches con guión poco consistente. Los árboles no le dejaron ver el bosque. La versión positiva diría que más mérito tiene aún levantar una cinta como ésta con una historia que no es nada del otro mundo.

*+* II. Tríos, amor, odio y violencia *+*

No se equivoca Sergi Sánchez cuando habla de "amor loco". La historia del triángulo protagonista -más bien isósceles que equilátero- es otro de los pilares del film. Y, como todo, extremista. Del patetismo al esperpento con toda su escala intermedia.
Basta poco para ver la oda que De la Iglesia le ha hecho a Carolina Bang. Mala actriz y penoso busto parlante que, como dice mi jefe, "deja a Kira Miró a la altura de Bette Davis". Su personaje puede ser un juguete roto, una tía sin personalidad. Pero aunque sus escotes estén poco más justificados que los de la Watling, interpreta con la misma cara que pone Eva Pallarés. Cara de culo.

Su nominación al Goya a la Actriz Revelación no hace sino agravar la ausencia de Carlos Areces entre los candidatos. Terrible. Areces construye su personaje con una solvencia notable. Un ser patético e inútil al inicio, incapaz de cualquier cosa. Trémulo y miedoso. Pero con la semilla de la venganza y la locura creciendo en un rincón de su cabeza. Un hombre loco que encuentra en el payaso alegre el blanco perfecto para sus deseos de vendetta. Su transformación -algo así como la versión radical de El Padrino- acaba en una gloriosa escena en la que se crea una máscara de guera con la deformación de su propio rostro. La locura es absoluta. Más cuando ve la relación entre Sergio y Natalia y cambian sus parámetros sobre lo que está bien y lo que está mal. "Intentaré ser como él para gustarte", le dice en un momento. Una frase tremenda para hacer caer del guindo al más pintado. Entre el cinismo y la crudeza.
Frente a Areces tenemos al gran Antonio de la Torre. Su nominación al Mejor Actor promete no tener final feliz contra Javier Bardem y Luis Tosar. Con galardón o sin él, De la Torre puede presumir de haber sacado todo el talento que las cintas de Sánchez Arévalo no terminaban de arrancar. Tremendo actor para el drama. Si Areces era el mal justificado, Sergio es malo porque sí. Un hombre violento y maltratador en el que algunos han querido ver las cicatrices de una época convulsa e incierta.

El tratamiento de la violencia de género fue lo que me chirrió del film. Creo que De la Iglesia equivocó las formas en algunos momentos. El retrato del enganche sexual y amoroso es tan duro como verosímil. Igual que la primera paliza en el bar que deja sin habla. Acierta, también, en mantener esa relación pese a que Sergio es desfigurado.

Pero vayamos a la escena del parque de atracciones. Un golpe -antes del gran momento del martillo, por ingenio, no por otra cosa- hace que Carolina Bang patine metros y metros por el suelo. La imagen es hiperbólica. "Violencia estética", apunta el Señor W. Está en lo cierto. Como en la adaptación de un cómic se busca más la espectacularidad del golpe que no su verosimilitud. No debería ocurrir lo mismo cuando tratamos con la violencia de género. Es un tema peliagudo en el que primar lo estético puede desembocar en frivolizar el contenido.

Balada triste de trompeta sabe un rato de estética. Fotografía e iluminación acojonantes. Ese mundo del circo encorsetado en las cuatro 'paredes' de un descampado. La reconstrucción del Valle de los Caídos con escenas de gran efectismo que deberían verse como el telón de fondo -la escenografía teatral- de las acciones. El símbolo está, claro, pero no con un mensaje oculto. ´

La ópera egipcia del presidente de la Academia sólo podía tener un final realista -como el del motorista- y poco idealizado. Por no hacer caso de las advertencias de un joven Raphael que, desde una pantalla de cine, justificaba con su canción el título de la película. Para una versión española de esa especie de subgénero de famoso-aparecido-para-aleccionar-torpes, véase Buscando a Eric. Un Raphael con maquillaje de payaso, voz engolada y gesto grandilocuente bien daba el resultado.

lunes, 1 de noviembre de 2010

*+* 'Pa negre', el día que TV3 saltó a la gran pantalla *+*


Algo tuvo que pasarle a Agustí Villaronga entre una primera escena brutal y una última que debía asestar al espectador el mazazo definitivo y que, sin embargo, le dejó tibio. Quizá, como le pasa al de la butaca, fue perdiendo las ganas ante el proyecto de una tv movie más de TV3 -anunciada con esa impresionante voz en off- que saltó a la gran pantalla.

Empecemos por el final. Se lamenta Villaronga de que Cataluña no proyectara ninguna versión del film doblada al castellano. No sé cómo van las estadísticas del tripartito en bilingüismo, pero ante el pésimo doblaje de la película merecen la pena todos los esfuerzos. Una versión castellana hecha por los propios actores donde se perdió el 80% de la interpretración -salvemos a Eduard Fernández aunque sea por otras veces- y plagada de expresiones del tipo "decir la suya". Cuando se ponen sobre la mesa tal cantidad de millones -intuyo gran parte públicos- los detalles no son moco de pavo. Y de pelea con la sociolingüística, la corrección sería, cuanto menos, de agradecer.

Confieso. Me creí a pies juntillas las críticas que hablaban de "injusticia para Pa Negre" en el festival de San Sebastián. El patriotismo isleño es lo que tiene. Superada la vergüenza de que el jurado viera la misma versión en castellano que yo, dudo incluso de la Concha de Plata a Nora Navas. Repitamos: no mucho mejor que en cualquier papel anterior en televisión. Reconozcámoslo, ¿quién no llegó al cine con El laberinto del fauno en la cabeza? ¿Quién no se fue pensando que, salvo el fauno y Ariadna Gil, Del Toro ganaba de lejos? Villaronga niega. ¡Si hasta sale Roger Casamajor (con post individual pendiente), por Dios! Vale, fetiche del mallorquín pero... Negar el fichaje de Sergi López es para reírse. Eso y que Maribel Verdú tiene muchísima más fuerza.

Volvamos al inicio. Un caballo con los ojos tapados cayendo por un barranco tras aplastarle el cráneo. La sala, pegada a la butaca. Dicen que un prólogo ante el que todavía canta más el ritmo que le falta al resto de la película. Villaronga quiso contar muchas cosas y se enredó en una madeja que pretendía desentrañar con sutileza y que acabó por desanudar a lo bruto. Su primer error: definir el film por lo que no era. Pa Negre no era una película más de la Guerra Civil, tampoco de posguerra. No tenía buenos ni malos. No había apenas mención política. No había atmósfera claustrofóbica ni personajes "raros". Y, para colmo, no era ni suya sino un encargo contra el que luchó "como un jabato" para hacer suyo.

Hagamos como que Pa Negre no va de guerras ni posguerras. Expliquemos entonces qué son los ideales y qué el principio de inocencia, la fe o la confianza. "Nos interesaba ver cómo mucas veces tienen más peso las relaciones humanas en un espacio cerrado que las convenciones". No. Salvo Farriol (Roger Casamajor) en la película no hay convicciones. Con la excepción de sus monólogos con música de fondo, no hay política. Hay supervivencia. Instintos, conciencia y remordimientos. Lo que Andreu (Francesc Colomer) siente hacia sus padres es un principio de inocencia, una fe lógica. Lo que su madre traga, el orgullo.

Villaronga quiso hablar del papel de la inocencia. De su pérdida y de cómo uno puede hacer con ella una bola de papel y lanzarla lejos. Renegar de sí mismo. Hace tiempo que las películas dejaron de empeñarse en la introducción-nudo-desenlace pero lo cierto es que el mallorquín se perdió en la diversificación de pequeños clímax. "Un lento y gradual descubrimiento" ene l que las piedras angulares terminan por pasar como una roca más. La fotografía y los paisajes sostienen el relato, según Javi Álvarez, y yo coincido. Una atmósfera mejor creada que los personajes que la habitan. Una escenografía en la que los actores se mueven como buenamente pueden. Entre el mas y el colegio, el bosque. Reducto de libertad pero subterfugio de mentiras. El bosque es el camino de iniciación materializado.

"Sí, Pa Negre es una película totalmente de encargo. Pero no es mercenaria. La considero tan personal como cualquiera de las otras que he hecho", aseguraba el cineasta. Y, como tal, sí había atmósfera turbia y personajes raros. ¿Cómo definir sino a ese enfermo que sueña con tener alas y escapar? Uno de los guiños que demuestran la sutilidad metafórica de Villaronga. Igual que los pájaros enjaulados. Igual que la llegada del pan negro a la película para aclarar el título. Como esa niña mala de la escuela encargada de desvelar mentiras. Como el tópico del profesor que abusa. ¿Era necesario?

No me convence Francesc Colomer. No tiene fuerza y la sustituye por una suerte de mueca extraña que pretende ser frialdad y que va de lo contenido a lo sobreactuado. El personaje de Nuria (Marina Comas) es de esos que quedan bien, completan el significado del film, pero se desaprovechan.

Tras el análisis se me pasó el patriotismo isleño. Una película correcta que, tal vez, acumulará nominaciones en unos Goya desérticos como el palmarés de San Sebastián.