domingo, 28 de noviembre de 2010

*+* 'Familia', o algo parecido *+*

Créditos finales de Familia con música de fondo. Lo que al principio fue un tango argentino ahora es un soniquete irónico como de La Mandrágora. La primera pregunta es una suerte de mea culpa: ¿Por qué yo no había visto esta película antes? Modesto pero soberbio debut de Fernando León de Aranoa.

"Cualquiera puede hacer con cautela sus ficciones sin que por ello dejen de ser ficciones", advirtió Inmanuel Kant. Aquel relato de Ficciones que hace años escribí bajo esa máxima filosófica estaba en el camino correcto pero no le llegaba ni a la suela del zapato a esta pequeña joya del cine español.

Familia es el teatro sin paredes de León de Aranoa. No hay bambalinas, ni telón, todo queda al descubierto. Una suerte de Dogville en la que el espectador cinematográfico es más espectador teatral que nunca.

Apenas pasan quince minutos hasta que los pilares de la historia están dados. Las armas, depuestas. Tras los primeros instantes de aparente normalidad -aunque con ceño fruncido- de la cinta, se desata la locura. Una artimañana que en manos de otro podría haber sido un fiasco monumental pero que con el que fuera Goya Revelación 1997 se convirtió en la excusa perfecta para un guión brillante. La aparente escena de desayuno familiar de cumpleaños con regalos es una farsa. Una mentira que se descubre de una manera tan tonta como maestra. Una pipa envuelta en papel de regalo desata la ira de Santiago: un hombre solo que ante la llegada de su cumpleaños, contrata una compañía de teatro para que sean, por un día, su familia.

"Ya está, ya lo has jodido todo. Una pipa. ¿Pero tú eres idiota o qué? Con lo bien que estaba saliendo todo y me vienes tú con esto. ¿De dónde ha salido este idiota? ¿Por qué no sabe que no fumo?". Y después la gran: "Yo no quería un hijo gordo, ni con gafas. Mira que lo dije. ¿Lo dije o no lo dije?". Enorme Juan Luis Galiardo, dicen que en uno de los momentos más dulces de su carrera. Desconcierto total en la sala. ¿Estamos ante un culebrón de padre déspota? ¿Un telefilm traumático de fin de semana? Los primeros cabos empiezan a aparecer pero necesitarán hasta el final de la película para atarse por completo.

Metateatro. Metacine. Ficción dentro de la ficción. No puede llevar más que al absurdo y a la confusión. Por mucho que lo advierta Kant. Guiones de una vida inexistente y memorizada: vacaciones en París, novios, traumas familiares incluidos. La línea que separa ficción y realidad es, inicialmente, abismal. Y como ella, la certeza de lo que está bien y lo que está mal en cada esfera. La línea tarda poco en difuminarse acelerada entre la compasión, el contrato laboral y la propia confusión. ¿Será posible construir durante 24 horas una obra para un único espectador? ¿Construir una familia? Las dudas se agolpan. ¿Protestará el contratista ante los gazapos ajenos? ¿Se atreverá alguien a dejar la función a medias, a lanzar un "¡Corten!" con el que todo se venga, irremediablemente, abajo?

Tensión. Ritmo. Guión. Ejes fundamentales de esta historia que comienza como el aparente drama de un hombre solitario para convertirse en una comedia de tiranos absurdos. ¿Será posible que una compañía de actores pierda el norte y llegue a confundir su propia ficción? Por supuesto. En el momento en que el juego empiece a perder la gracia. Cuando lo inventado se parece demasiado a la realidad. Si Carmen no es más que la fingida esposa de Santiago, ¿por qué se parece tanto a su tipo de mujer ideal? Todo empezará a resultar sospechoso. Sospechosamente cariñosos. Sospechosamente realista. Sospechosamente paternalista. Y el contrato laboral será demasiado poco para justificarlo. El triángulo Santiago-Carmen-Ventura (gran Chete Lera) no tiene desperdicio. La evolución de su historia habría convertido a Kant en un cinéfilo palomitero.

Luna -el personaje de Elena Anaya- será el encargado de recordarnos la dualidad a la que estamos asistiendo todo el tiempo. La única incapaz de perderse entre los trucos de la propia interpretación. Genial su conversación a solas con Santiago. Y, de nuevo, nadie capaz de romper el clímax de su propio montaje.

Divertida e ingeniosa sin duda. Quien quiera verá también críticas a la institución familiar, a la pérdida del contacto humano en esta sociedad y a la tristeza del oficio de actor. Además, Familia puede llevar a recordar películas como El experimento en cómo el ser humano se amolda al papel que le han dado -búsquese la metáfora metafísica y nihilista que se prefiera- y se olvida de que no es más que un guión del que puede salir en cualquier momento. Y si en algún momento vuelve a discernir es sólo para volver a confundirse. La perfección de su creación es tal que aún se sienten más las lagunas y los vacíos de la realidad real. Tanto que uno puede llegar a dar un zapatazo sobre la mesa y reivindicar su ficción como realidad elegida. Ojito, entonces, que no le pille Kant.

viernes, 26 de noviembre de 2010

*+* Casarse pa' echar cuentas I: Que no echar cuentas pa' casarse *+*

Se me ha casado una de esas primas que se pasó el primer cuarto de siglo de su vida jurando y perjurando que nunca se casaría. Mírala ahora. Convertida, concejal de Deportes mediante -la pareja es atleta confesa- en mujer de un marido. Y ahí está, zarpando en un crucero desde Málaga. "Vístanse de gala porque esta noche el capitán cenará con ustedes", les anuncian conscientes de su Luna de miel.

A su vuelta podrán estrenar, por fin, su casa. Un pequeño dúplex reformado -y a sólo dos calles del de su madre- en el que ya han puesto hasta los adornos y las babuchas al pie de la cama. Eso sí, aún no han dormido en ella aunque por su habitación ha pasado ya medio pueblo. En Herrera la cosa funciona así. No hay Ikea a posteriori ni "ya pondré las cortinas con calma" que valgan. Antes de la boda el futuro nidito de amor se convierte en una especie de casa museo de acceso gratuito y casi ilimitado. El color de la colcha puede haber corrido ya como la pólvora.

La historia empieza, en realidad, mucho antes. Cuando uno empieza a preparar la boda debe saber que hay dos fórmulas: echar cuentas para casarse o casarse para echar cuentas. Esta segunda vertiente -paradójica para quienes no la conozcan- surge del concepto boda=inversión. O, lo que es lo mismo, casarse a la herrereña.

Está claro. Casarse para echar cuentas es sacar la mayor rentabilidad posible al enlace. Una suerte de perversión económica del sacramento para la que hay que tener en cuenta dos principios iniciales:

1. Las invitaciones serán innecesarias salvo para familiares y/o amigos que no vivan en el lugar, porque...

2. Cualquier persona del pueblo que haya mantenido el mínimo contacto visual con la pareja, puede ir a la boda. Puede, incluso, sin haber tenido conocimiento previo de la misma. Si uno pasea frente a uno de los salones habilitados para tal fin -La Huerta del Cencerro AKA El Chino- y da con una boda se convierte, automáticamente, en invitado potencial. Circunstancia que lleva a nuevas perversiones como, por ejemplo, una barra libre que abastece el botellón juvenil callejero.

Si tras haber sopesado estas dos máximas uno sigue convencido del modelo de boda, tendrá que
empezar a pensar en los tres puntos de la rentabilidad.

1. Llegar al enlace sin números rojos. Es conveniente no tener que pagar el banquete o el vestido de novia con la propia recaudación para que todo el beneficio sea neto. Para ello, recurrir a la familia.

2. Cuantos más invitados, mejor. Razón por la que los mejores partidos son aquellas personas que trabajan de cara al público: camareros, peluqueras, empleados de banca, funcionarios, etc. Una boda con menos de 350 invitados puede ser un fracaso.

3. Un menú rentable.

Lo de la comida merece un desarrollo más amplio. ¿Cuántas veces hemos oído que el regalo ni siquiera pagó el cubierto? Para eso se inventaron las bodas a la herrereña. Reduzca su inversión al máximo de forma que el beneficio suba como la espuma. ¿Y qué había más barato que un cumpleaños infantil en casa? Pues eso. Elimine los sándwiches en triángulo y quédese con el resto. El menú será un aperitivo alargado: aceitunas, jamón -de calidad a sopesar-, almendras, paté, patatillas, gambas, etc. Eso sí, asegúrese de tener reservas porque siempre habrá quien quiera repetir. La antigüedad de este modelo de boda ha provocado ya la aparición de los invitados a la herrereña que, como usted, buscan la máxima rentabilidad.

Si el presupuesto llega, introduzca el plato principal estrella: carne en salsa. Mucha salsa, patatas y un par -castizo mejor que mallorquín- de tajadas de carne. La cocina de posguerra es la mejor consejera. mientras que el aperitivo se compartía por parejas o tríos, aquí habrá un plato por persona. Si no llega el presupuesto, salte directamente a los  postres a base de dulces y tarta nupcial. El final siempre será el puro para los caballeros, el "recuerdito", y la barra libre.

*+* Casarse pa' echar cuentas II: Recoger lo sembrado y otras paradojas *+*

En mi caso la pregunta es siempre la misma: ¿por qué se arreglan tanto para pelar gambas y comer almendras? No hay respuesta. La boda se convierte en una prueba de fuego para gafas de sol: azules metalizados, verdes metalizados, lilas metalizados, plateados, dorados, lentejuelas, drapeados... Y desde que se pusieran de moda los tocados, también. Mantenga la dignidad y el glamour incluso cuando moje sopas en la salsa.

Si usted es invitada forastera tiene dos opciones: mimetizarse con el entorno -en cuyo caso compre el vestuario en destino y no en origen- o siéntase Carla Bruni con un simple vestido de Mango.

Con las cucharitas de postre aún danzando sobre la mesa, llega el gran momento. Habrá alguien que rompa el hielo y que, decidido a marcharse, se despida de los novios previa entrega del famoso SOBRE. El modelo de la lista de bodas o la cuenta corriente no son compatibles con casarse a la herrereña.

A partir de ese primer invitado, los novios pueden olvidarse de seguir comiendo. El besamanos y el "cumplir" serán continuos hasta formar colas como las de Doña Manolita en plena Navidad. Algunas -sobre todo si la mesa de los novios está en una plataforma- llegan a asustar.

Asegúrese un lugar para guardar los sobres a buen recaudo y desconfíe de los que no lleven el nombre del remitente. La picaresca ha llevado a pagar con recortes de periódico y cupones caducados. Es el segundo principio del invitado que echa cuentas.

El tercero, lógicamente, es el de cuánto regalar. Decisión para la cual conviene recordar cuánto dio la familia que ahora se casa al último que se casó de la nuestra. Una situación para la que le habrá sido útil crear una lista con todos los invitados y sus aportaciones. Consérvela. Si se siente generoso, aplique la subida del IPC al gusto. Si a usted ya no le quedan mocitos/as casaderos/as -es decir, no habrá más rentas por bodas a la herrereña que entren en su casa- puede verse liberado del compromiso de asistir a las ajenas. La ley de la máxima rentabilidad -no pagar sin recoger nada a cambio- se lo permite. A mi madre le quedaron 35.000 pesetas limpias. Era 1967.

lunes, 15 de noviembre de 2010

*+* Oso Leone: la venganza folk de mamá Naturaleza *+*

No hace mucho que se pasearon por Madrid apenas como un dúo. Fue cuando les confundieron – no hay otra explicación- con la versión mediterránea de Kings of Convenience y colocaron a Simon & Garfunkel en su árbol genealógico. Y sólo por eso, por ver a Paco Colombàs y Xavi Marín a solas en el escenario, cubiertos por una capa de terciopelo azul y con dos guitarras como pacíficas armas. Ruspell dijo llegar para dar “empaque” a aquel proyecto, para formar una banda contundente sobre las tablas y completarla con una corona de arreglos que saltaban del estudio al directo. El viernes se encargaron de demostrarlo en Es Baluard.

El aljibe como lugar para presentar su álbum debut era sólo una pieza más en aquella cadena de casualidades que había hecho de Oso Leone el hijo pródigo de mamá Naturaleza. Una suerte de ecologismo convertido en folk. Que algún moderno malinterpretó como una lechuga asomando en una cesta de mimbre.

No hay fórmulas en Oso Leone. No hay nada lógico ni matemático en la adicción que The benben stone puede provocar. La naturalidad con la que exhiben su trabajo es tal que abruma. Como si esas dos voces hipnóticas y atmosféricas –a veces cercanas a Fink- que brotan de dos cuerpos menudos y nerviosos sobre el escenario, fueran tan fáciles de conseguir como respirar. Como si uno pudiera pedirles que no hablaran nunca más para cantar siempre. Como si fuera posible entender cómo fueron a encontrarse esos dos mallorquines que parecían hechos el uno para el otro.

S’Aljub rebosaba la noche del viernes y ya no era agua, sino gente. Con aforo completo y cola en la puerta como los grandes. Desde sus ojos, aquel túnel plagado de pupilas brillantes en la oscuridad era tan estimulante como aterrador. Paco, secando el sudor de sus manos sobre los pantalones con la mirada clavada en el público. Xavi, abstraído en otro mundo al que no alcanzan los nervios ni la duda.

El escenario, el retrato minimalista de aquella Tramuntana que les vio nacer y trabajar. Que había jugado a esconder sus canciones en la hojarasca de un bosque, en el color de una puesta de sol o en su primer rayo disparando directo contra una roca sólo para que ellos las tradujeran al pentagrama. Su introducción, un surtido de postales proyectadas de la Mallorca que un día fue.

Xavi y Paco al frente y no, no eran Kings of Convenience. No había inviernos templados en su música. Sí nostalgia y melancolía. No hay miradas a la bossa nova, sino un Fol. Construido a base de pequeños detalles. No había, tampoco, declaración de dependencia y purga de instrumentos; sino un batería capaz de transformar Lovebird en una danza contagiosa y ondulante. En bombos y tambores huecos y fuertes como sólo Oso Leone podía tener. En una sección de percusión capaz de llevar a la locura. Ese dios de las pequeñas cosas que crece sobre las tablas como tal vez ni ellos sepan y que Rafa Rigo supo llevar a los micrófonos hasta escuchar a Paco chasquear los dedos metros después.

Si se les pregunta, Xavi habla de estructuras de música africana que juegan a confundir las repeticiones siempre con una variación. Una sencillez de letanía deliciosa. El péndulo oscilante de una plácida sesión de hipnosis. De, de nuevo, cama en una habitación con las persianas bajadas.

No, no estaban los noruegos pero sí Pájaro Sunrise y los subidones de Foals. Esa manera en que, sin saber cómo, las canciones acabaron por convertirse en una fiesta, en palmas persiguiendo los ecos de un cajón flamenco. De dotar a Paper moon y Rebellion de la rabia que pedían a gritos.

El sexteto resultó tan compacto como maravilloso su directo con el consabido truco de dejar con ganas de más. Aquella revancha folk-naturalista acabó por resultar corta.

* Fotos: Es Baluard

lunes, 1 de noviembre de 2010

*+* Todos los Santos según la posguerra *+*


Una olla exprés silba sobre el fuego casi haciendo los coros a una estufa de aire que zumba bajo la mesa. En su interior, el puñado de batatas danzantes que llama a la cocina cada mes de noviembre. Y el aroma que se cuela entre el vapor tiene el mismo efecto que la magdalena proustiana.

"Eso se come de postre, ¿no?", vuelvo a preguntar un año más con la sensación de haber probado los boniatos por primera vez una decena de veces. "Sí, pero ahora no. Caliente es malo", contesta mi madre. Y vuelve a relatarme la historia de Pepillo, a quien el tito Francisco retó a comer una batata hirviendo y casi se ahoga. El puesto de la Jarrita viene justo después. Un pequeño tinglado en la puerta del banco en el que vendía castañas, nueces y demás productos otoñales. Era la Herrera de posguerra. Aquélla en que en el día de Todos los Santos no había flores en el cementerio. "No había para comer como para encima comprar adornos. Ni de trapo ni de verdad", asegura mi madre. Sólo dos faroles, uno a cada lado de la tumba, mantenían el recuerdo al difunto.

Volvemos a la cocina. "¿Tú antes no ponías velas...?", pregunto. "Claro, y las voy a poner en cuanto terminemos de comer", se apresura a contestar. Recuerda el tiempo en que en su casa había tantos muertos por recordar que llenaban de agua un lebrillo de barro. Encima, una capa de aceite sobre la que flotaban lo que mi madre sigue llamando mariposas flanqueadas por una imagen de la Virgen. Una vela por difunto. La última en fallecer había sido su madre. Una muerte que, aunque se vio venir, partió la Navidad como años después se empeñó en repetir la tía Filo. Mis tías pasaron cinco años de luto, mi madre -que tenía sólo siete años- sólo uno, el mismo que la fachada de su casa se quedó sin blanquear. Si uno tenía luto, de puertas afuera la negrura se traducía en silencio y brazos caídos. Si se barría, tenía que hacerse al alba, para que los vecinos no comentaran.


Mi madre (primera a la dcha.) con su familia. En el centro, el abuelo Manuel
"Las mariposas se encendían a las tres, cuando empezaban a doblar las campanas", cuenta. A partir de entonces, nueve horas en las que el campanario de la iglesia no dejaría de sonar como recuerdo a los muertos. El día antes, los monaguillos habían recorrido el pueblo recogiendo provisiones para la noche que les esperaba. "Una limosna para las almas del purgatorio", pedían. Y las cestas se llenaban de membrillos y nueces. "Las almas eran ellos mismos, porque los que tocaban eran los más pobres. Igual que los que llevaban los pasos de Semana Santa antes de que se pusiera de moda".

Después, comenzaban las visitas al cementerio. La miseria de la posguerra no entendía de flores. Y el farol que velaba por el alma de los difuntos debía mantenerse encendido toda la noche. De madrugada sólo iba el abuelo Manuel, aquél que escuchaba Radio Pirenaica con la oreja pegada al altavoz. El paseo no era agradable, pero en la obligación, los jóvenes se llevaban incluso a sus pretendientas. A La Leona, Juan Páez el de la bodega le pagaba para que vigilara sus velas encendidas velando toda la noche con una silla frente a las tumbas. A veces se ofrecía también a cambiar las de la abuela Nati, y custodiaba la botella de aceite bajo los pies.

A las doce de la mañana siguiente, el final de la misa y el responso del cura en la puerta del cementerio, señalaban el final de la ceremonia. Se recogían los faroles y se apagaban las últimas mariposas. "¿Y después?". "Después nos paseábamos por la carretera de Estepa, porque a la plaza uno no iba hasta por la tarde", responde.

Cuando se fue, dejó una bandeja sobre la cocina. Ya no había Virgen de telón de fondo pero sí cuatro velas que proyectaban su diminuta sombra sobre la pared. Y a mí, no me salieron las cuentas.